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El hombre
mediocre – José Igenieros
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I. LA EMOCIÓN
DEL IDEAL
Cuando pones la proa
visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible,
afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte
misterioso de un Ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes
acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella
muere en ti, quedas inerte: fría bazofia humana. Sólo vives por esa
partícula de ensueño que te sobrepone a lo real. Ella es el lis de tu blasón,
el penacho de tu temperamento. Innumerables signos la revelan: cuando se te
anuda la garganta al recordar la cicuta impuesta a Sócrates, la cruz izada
para Cristo y la hoguera encendida a Bruno; -cuando te abstraes en lo
infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de Montaigne o un discurso
de Helvecio; -cuando el corazón se te estremece pensando en la desigual
fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente, el Romeo de tal
Julieta y el Werther de tal Carlota; -cuando tus sienes se hielan de emoción
al declamar una estrofa de Musset que rima acorde con tu sentir; y cuando,
en suma, admiras la mente preclara de los genios, la sublime virtud de los
santos, la magna gesta de los héroes, inclinándote con igual veneración ante
los creadores de Verdad o de Belleza.
Todos no se extasían,
como tú, ante un crepúsculo, no sueñan frente a una aurora o cimbran en una
tempestad; ni gustan de pasear con Dante, reír con Moliére, temblar con
Shakespeare, crujir con Wagner; ni enmudecer ante el David, la Cena o el
Partenón. Es de pocos esa inquietud de perseguir ávidamente alguna quimera,
venerando a filósofos, artistas y pensadores que fundieron en síntesis
supremas sus visiones del ser y de la eternidad, volando más allá de lo
real. Los seres de tu estirpe, cuya imaginación se puebla de ideales y cuyo
sentimiento polariza hacia ellos la personalidad entera, forman raza aparte
en la humanidad: son idealistas.
Definiendo su propia
emoción, podría decir quien se sintiera poeta: el Ideal es un gesto del
espíritu hacia alguna perfección.
II. DE UN
IDEALISMO FUNDADO EN EXPERIENCIA
Los filósofos del
porvenir, para aproximarse a formas de expresión cada vez menos inexactas,
dejarán a los poetas el hermoso privilegio del lenguaje figurado; y los
sistemas futuros, desprendiéndose de añejos residuos místicos y dialécticos,
irán poniendo la Experiencia como fundamento de toda hipótesis legítima.
No es arriesgado
pensar que en la ética venidera florecerá un idealismo moral, independiente
de dogmas religiosos y de apriorismos metafísicos: los ideales de
perfección, fundados en la experiencia social y evolutivos como ella misma,
constituirán la íntima trabazón de una doctrina de la perfectibilidad
indefinida, propicia a todas las posibilidades de enaltecimiento humano.
Un ideal no es una
fórmula muerta, sino una hipótesis perfectible; para que sirva, debe ser
concebido así, actuante en función de la vida social que incesantemente
deviene. La imaginación, partiendo de la experiencia, anticipa juicios
acerca de futuros perfeccionamientos: los ideales, entre todas las
creencias, representan el resultado más alto de la función de pensar.
La evolución humana
es un esfuerzo continuo del hombre para adaptarse a la naturaleza, que
evoluciona a su vez. Para ello necesita conocer la realidad ambiente y
prever el sentido de las propias adaptaciones: los caminos de su perfección.
Sus etapas refléjanse en la mente humana como ideales. Un hombre, un grupo o
una raza son idealistas porque circunstancias propicias determinan su
imaginación a concebir perfeccionamientos posibles.
Los ideales son
formaciones naturales. Aparecen cuando la porque circunstancias propicias
determinan su imaginación puede anticiparse a la experiencia. No son
entidades misteriosamente infundidas en los hombres, ni nacen del azar. Se
forman como todos los fenómenos accesibles a nuestra observación. Son
efectos de causas, accidentes en la evolución universal investigada por las
ciencias y resumidas por las filosofías. Y es fácil explicarlo, si se
comprende. Nuestro sistema solar es un punto en el cosmos; en ese punto es
un simple detalle el planeta que habitamos; en ese detalle la vida es un
transitorio equilibrio químico de la superficie; entre las complicaciones de
ese equilibrio viviente la especie humana data de un período brevísimo; en
el hombre se desarrolla la función de pensar como un perfeccionamiento de la
adaptación al medio; uno de sus modos es la imaginación que permite
generalizar los datos de la experiencia, anticipando sus resultados posibles
y abstrayendo de ella idea les de perfección.
Así la filosofía del
porvenir, en vez de negarlos, permitirá afirmar su realidad como aspectos
legítimos de la función de pensar y los reintegrará en la concepción natural
del universo. Un ideal es un punto y un momento entre los infinitos posibles
que pueblan el espacio y el tiempo.
Evolucionar es
variar. En la evolución humana el pensamiento varía incesantemente. Toda
variación es adquirida por temperamentos predispuestos; las variaciones
útiles tienden a conservarse. La experiencia determina la formación natural
de conceptos genéricos, cada vez más sintéticos; la imaginación abstrae de
éstos ciertos caracteres comunes, elaborando ideas generales que pueden ser
hipótesis acerca del incesante devenir: así se forman los ideales que, para
el hombre, son normativos de la conducta en consonancia con sus hipótesis.
Ellos no son apriorísticos, sino inducidos de una vasta experiencia; sobre
ella se empina la imaginación para prever el sentido en que varía la
humanidad. Todo ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el
pasado y el porvenir.
Los ideales pueden
no ser verdades; son creencias. Su fuerza estriba en sus elementos
efectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en que lo creemos.
Por eso la representación abstracta de las variaciones futuras adquiere un
valor moral: las más provechosas a la especie son concebidas como
perfeccionamientos. Lo futuro se identifica con lo perfecto. Y los ideales,
por ser visiones anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y
con el instrumento natural de todo progreso humano.
Mientras la
instrucción se limita a extender las nociones que la experiencia actual
considera más exactas, la educación consiste en sugerir los ideales que se
presumen propicios a la perfección.
El concepto de lo
mejor es un resultado natural de la evolución misma. La vida tiende
naturalmente a perfeccionarse. Aristóteles enseñaba que la actividad es un
movimiento del ser hacia la propia "entelequia": su estado de perfección.
Todo lo que existe persigue su entelequia, y esa tendencia se refleja en
todas las otras funciones del espíritu; la formación de ideales está
sometida a un determinismo, que, por ser complejo, no es menos absoluto. No
son obra de una libertad que escapa a las leyes de todo lo universal, ni
productos de una razón pura que nadie conoce. Son creencias aproximativas
acerca de la perfección venidera. Lo futuro es lo mejor de lo presente,
puesto que sobreviene en la selección natural: los ideales son un "élan"
hacia lo mejor, en cuanto simples anticipaciones del devenir.
A medida que la
experiencia humana se amplía, observando la realidad, los ideales son
modificados por la imaginación, que es plástica y no reposa jamás.
Experiencia e imaginación siguen vías paralelas, aunque va muy retardada
aquélla respecto de ésta. La hipótesis vuela, el hecho camina; a veces el
ala rumbea mal, el pie pisa siempre en firme; pero el vuelo puede
rectificarse, mientras el paso no puede volar nunca.
La imaginación es
madre de toda originalidad; deformando lo real hacia su perfección, ella
crea los ideales y les da impulso con el ilusorio sentimiento de la
libertad: el libre albedrío es un error útil para la gestación de los
ideales. Por eso tiene, prácticamente, el valor de una realidad. Demostrar
que es una simple ilusión, debida a la ignorancia de causas innúmeras, no
implica negar su eficacia. Las ilusiones tienen tanto valor para dirigir la
conducta, como las verdades más exactas; puede tener más que ellas, si son
intensamente pensadas o sentidas. El deseo de ser libre nace del contraste
entre dos móviles irreductibles: la tendencia a perseverar en el ser,
implicada en la herencia, y la tendencia a aumentar el ser, implicada en la
variación. La una es principio de estabilidad, la otra de progreso.
En todo ideal, sea
cual fuere el orden a cuyo perfeccionamiento tienda, hay un principio de
síntesis y de continuidad: "es una idea fija o una emoción fija". Como
propulsores de la actividad humana, se equivalen y se implican
recíprocamente, aunque en. la primera predomina el razonamiento y en la
segunda la pasión. "Ese principio de unidad, centro de atracción y punto de
apoyo de todo trabajo de la imaginación creadora, es decir, de una síntesis
subjetiva que tiende a objetivarse, es el ideal" dijo Ribot. La imaginación
despoja a la realidad de todo lo malo y la adorna con todo lo bueno,
depurando la experiencia, cristalizándola en los moldes de perfección que
concibe más puros. Los ideales son, por ende, reconstrucciones imaginativas
de la realidad que deviene.
Son siempre
individuales. Un ideal colectivo es la coincidencia de muchos individuos en
un mismo afán de perfección. No es que una "idea" los acomune, sino que
análoga manera de sentir y de pensar convergen hacia un "ideal" común a
todos ellos. Cada era, siglo o generación puede tener su ideal; suele ser
patrimonio de una selecta minoría, cuyo esfuerzo consigue imponerlo a las
generaciones siguientes.
Cada ideal puede
encarnarse en un genio; al principio, mientras él lo define o lo plasma,
sólo es comprendido por el pequeño núcleo de espíritus sensibles al ritmo de
la nueva creencia.
El concepto
abstracto de una perfección posible toma su fuerza de la Verdad que los
hombres le atribuyen: todo ideal es una fe en la posibilidad misma de la
perfección. En su protesta involuntaria contra lo malo se revela siempre una
indestructible esperanza de lo mejor; en su agresión al pasado fermenta una
sana levadura de porvenir.
No es un fin, sino
un camino. Es relativo siempre, como toda creencia. La intensidad con que
tiende a realizarse no depende de su verdad efectiva sino de la que se le
atribuye. Aun cuando interpreta erróneamente la perfección venidera, es
ideal para quien cree sinceramente en su verdad o su excelsitud.
Reducir el idealismo
a un dogma de escuela metafísica equivale a castrarlo; llamar idealismo a
las fantasías de mentes enfermizas o ignorantes, que creen sublimizar así su
incapacidad de vivir y de ilustrarse, es una de tantas ligerezas alentadas
por los espíritus palabristas. Los más vulgares diccionarios filosóficos
sospechan este embrollo deliberado: "Idealismo: palabra muy vaga que no debe
emplearse .sin explicarla".
Hay tantos
idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas y tantos
idealistas como hombres aptos para concebir perfecciones y capaces de vivir
hacia ellas. Debe rehusarse el monopolio de los ideales y cuantos lo
reclaman en nombre de escuelas filosóficas, sistema de moral, credos de
religión, fanatismo de secta o dogma de estética.
El "idealismo" no es
privilegio de las doctrinas espiritualistas que desearían oponerlo al
"materialismo", llamando así, despectivamente, a todas las demás; ese
equívoco, tan explotado por los enemigos de las Ciencias -tenidas justamente
como hontanares de Verdad y de Libertad-, se duplica al sugerir que la
materia es la antítesis de la idea, después de confundir al ideal con la
idea y a ésta con el espíritu, como entidad trascendente y ajena al mundo
real. Se trata, visiblemente, de un juego de palabras, secularmente repetido
por sus beneficiarios, que transportan a las doctrinas filosóficas el
sentido que tienen los vocablos idealismo y materialismo en el orden moral.
El anhelo de perfección en el conocimiento de la Verdad puede animar con
igual ímpetu al filósofo monista y al dualista, al teólogo y al ateo, al
estoico y al pragmatista.
El particular ideal
de cada uno concurre al ritmo total de la perfección posible, antes que
obstar al esfuerzo similar de los demás.
Y es más estrecha,
aún, la tendencia a confundir el idealismo, que se refiere a los ideales,
con las tendencias metafísicos que así se denominan porque consideran a las
"ideas" más reales que la realidad misma, o presuponen que ellas son la
realidad única, forjada por nuestra mente, como en el sistema hegeliano.
"Ideólogos" no puede ser sinónimo de "idealistas", aunque el mal uso induzca
a creerlo.
No podríamos
restringirlo al pretendido idealismo de ciertas escuelas estéticas, porque
todas las maneras del naturalismo y del realismo pueden constituir un ideal
de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel Ángel, Ticiano, Flaubert o Wagner;
el esfuerzo imaginativo de los que persiguen una ideal armonía de ritmos, de
colores, de líneas o de sonidos, se equivale, siempre que su obra
transparente un modo de belleza o una original personalidad.
No le confundiremos,
en fin, con cierto idealismo ético que tiende a monopolizar el culto de la
perfección en favor de alguno de los fanatismos religiosos predominantes en
cada época, pues sobre no existir un único e inevitable. Bien ideal,
difícilmente cabría en los catecismos para mentes obtusas. El esfuerzo
individual hacia la virtud puede ser tan magníficamente concebido y
realizado por el peripatético como por el cirenaico, por el cristiano como
por el anarquista, por el filántropo como por el epicúreo, pues todas las
teorías filosóficas son igualmente incompatibles con la aspiración
individual hacia el perfeccionamiento humano. Todos ellos pueden ser
idealistas, si saben iluminarse en su doctrina; y en todas las doctrinas
pueden cobijarse dignos y buscavidas, virtuosos y sin vergüenza. El anhelo y
la posibilidad de la perfección no es patrimonio de ningún. credo: recuerda
el agua de aquella fuente, citada por Platón, que no podía contenerse en
ningún vaso.
La experiencia, sólo
ella, decide sobre la legitimidad de los ideales, en cada tiempo y lugar. En
el curso de la vida social se seleccionan naturalmente; sobreviven los más
adaptados, los que mejor prevén el sentido de la evolución; es decir, los
coincidentes con el perfecciona miento efectivo. Mientras la experiencia no
da su fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo. Y es útil por
su fuerza de contraste; si es falso muere solo, no daña. Todo ideal, por ser
una creencia, puede contener una parte de error, o serlo totalmente; es una
visión remota y, por lo tanto, expuesta a ser inexacta. Lo único malo es
carecer de ideales y esclavizarse a las contingencias de la vida práctica
inmediata, renunciando a la posibilidad de la perfección moral.
Cuando un filósofo
enuncia ideales, para el hombre o para la sociedad, su comprensión inmediata
es tanto más difícil cuanto más se elevan sobre los prejuicios y el
palabrismo convencionales en el ambiente que le rodea; lo mismo ocurre con
la verdad del sabio y con el estilo del poeta. La sanción ajena es fácil
para lo que concuerda con rutinas secularmente practicadas; es difícil
cuando la imaginación no pone mayor originalidad en el concepto o en la
forma.
Ese desequilibrio
entre la perfección concebible y la realidad practicable, estriba en la
naturaleza misma de la imaginación, rebelde al tiempo y al espacio. De ese
contraste legítimo no se infiere que los ideales lógicos, estéticos o
morales deban ser contradictorios entre sí, aunque sean heterogéneos y
marquen el paso a desigual compás, según los tiempos: no hay una Verdad
amoral o fea, ni fue nunca la Belleza absurda o nociva, ni tuvo el Bien sus
raíces en el error o la desarmonía.
De otro modo
concebiríamos perfecciones imperfectas.
Los caminos de
perfección son convergentes. Las formas infinitas del ideal son
complementarias: jamás contradictorias, aunque lo parezca. Si el ideal de la
ciencia es la Verdad, de la moral el Bien y del arte la Belleza, formas
preeminentes de toda excelsitud, no se concibe que puedan ser antagonistas.
Los ideales están en
perpetuo devenir, como las formas de la realidad a que se anticipan. La
imaginación los construye observando la naturaleza, como un resultado de la
experiencia; pero una vez formados ya no están en ella, son anticipaciones
de ella, viven sobre ella para señalar su futuro. Y cuando la realidad
evoluciona hacia un ideal antes previsto, la imaginación se aparta
nuevamente de la realidad, aleja de ella al ideal, proporcionalmente. La
realidad nunca puede igualar al ensueño en esa perpetua persecución de la
quimera. El ideal es un "límite": toda realidad es una "dimensión variable"
que puede acercársele indefinidamente, sin alcanzarlo nunca. Por mucho que
lo "variable" se acerque a su "límite", se concibe que podría acercársele
más; sólo se confunden en el infinito.
Todo ideal es
siempre relativo a una imperfecta realidad presente.
No los hay
absolutos. Afirmarlo implicaría abjurar de su esencia misma, negando la
posibilidad infinita de la perfección. Erraban los viejos moralistas al
creer que en el punto donde estaba su espíritu en ese momento, convergían
todo el espacio y todo el tiempo; para la ética moderna, libre de esa grave
falacia, la relatividad de los ideales es un postulado fundamental. Sólo
poseen un carácter común: su permanente transformación hacia
perfeccionamientos ilimitados.
Es propia de gentes
primitivas toda moral cimentada en supersticiones y dogmatismos. Y es
contraria a todo idealismo, excluyente de todo ideal. En cada momento y
lugar la realidad varía; con esa variación se desplaza el punto de
referencia de los ideales. Nacen y mueren, convergen o se excluyen,
palidecen o se acentúan; son, también ellos, vivientes como los cerebros en
que germinan o arraigan, en un proceso sin fin. No habiendo un esquema final
e insuperable de perfección, tampoco lo hay de los ideales humanos. Se
forman por cambio incesante; evolucionan siempre; su palingenesia es eterna.
Esa evolución de los
ideales no sigue un ritmo uniforme en el curso de la vida social o
individual. Hay climas morales, horas, momentos, en que toda una raza, un
pueblo, una clase, un partido, una secta concibe un ideal y se esfuerza por
realizarlo. Y los hay en la evolución de cada hombre, aisladamente
considerado.
Hay también climas,
horas y momentos en que los ideales se murmuran apenas o se callan: la
realidad ofrece inmediatas satisfacciones a los apetitos y la tentación del
hartazgo ahoga todo afán de perfección.
Cada época tiene
ciertos ideales que presienten mejor el porvenir, entrevistos por pocos,
seguidos por el pueblo o ahogados por su indiferencia, ora predestinados a
orientarlo como polos magnéticos, ora a quedar latentes hasta encontrar la
gloria en momento y clima propicio.
Y otros ideales
mueren, porque son creencias falsas: ilusiones que el hombre se forja acerca
de si mismo o quimeras verbales que los ignorantes persiguen dando manotadas
en la sombra.
Sin ideales sería
inexplicable la evolución humana. Los hubo y los habrá siempre. Palpitan
detrás de todo esfuerzo magnífico realizado por un hombre o por un pueblo.
Son faros sucesivos en la evolución mental de los individuos y de las razas.
La imaginación los enciende sobrepasando continuamente a la experiencia,
anticipándose a sus resultados. Ésa es la ley del devenir humano: los
acontecimientos, yermos de suyo para la mente humana, reciben vida y calor
de los ideales, sin cuya influencia yacerían inertes y los siglos serían
mudos.
Los hechos son
puntos de partida; los ideales son faros luminosos que de trecho en trecho
alumbran la ruta. La historia de la civilización muestra una infinita
inquietud de perfecciones, que grandes hombres presienten, anuncian o
simbolizan. Frente a esos heraldos, en cada momento de la peregrinación
humana se advierte una fuerza que obstruye todos los senderos: la
mediocridad, que es una incapacidad de ideales.
Así concebido,
conviene reintegrar el idealismo en toda futura filosofía científica. Acaso
parezca extraño a los que usan palabras sin definir su sentido y a los que
temen complicarse en las logomaquias de los verbalistas.
Definido con
claridad, separado de sus malezas seculares, será siempre el privilegio de
cuantos hombres honran, por sus virtudes, a la especie humana. Como doctrina
de la perfectibilidad, superior a toda afirmación dogmática, el idealismo
ganará, ciertamente. Tergiversado por los miopes y los fanáticos, se rebaja.
Yerran los que miran al pasado, poniendo el rumbo hacia prejuicios muertos y
vistiendo al idealismo con andrajos que son su mortaja; los ideales viven de
la Verdad, que se va haciendo; ni puede ser vital ninguno que lo contradiga
en su punto del tiempo. Es ceguera oponer la imaginación de lo futuro a la
experiencia de lo presente, el Ideal a la Verdad, como si conviniera apagar
las luces del camino para no desviarse de la meta. Es falso; la imaginación
y la experiencia van de la mano. Solas, no andan.
Al idealismo
dogmático que los antiguos metafísicos pusieron en las "ideas" absolutas y
apriorísticas, oponemos un idealismo experimental que se refiere a los
"ideales" de perfección, incesantemente renovados, plásticos, evolutivos
como la vida misma.
II
LOS TEMPERAMENTOS IDEALISTAS
Ningún Dante podría
elevar a Gil Bles. Sancho y Tartufo hasta el rincón de su paraíso donde
moran Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos mundos morales, dos razas, dos
temperamentos: Sombras y Hombres. Seres desiguales no pueden pensar de igual
manera. Siempre habrá evidente contraste entre el servilismo y la dignidad,
la torpeza y el genio, la hipocresía y la virtud. La imaginación dará a unos
el impulso original hacia lo perfecto; la imitación organizará en otros los
hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres.
El perfeccionamiento
humano se efectúa con ritmo diverso en las sociedades y en los individuos.
Los más poseen una experiencia sumisa al pasado: rutinas, prejuicios,
domesticidades. Pocos elegidos varían, avanzando sobre el porvenir; al revés
de Anteo, que tocando el suelo cobraba alientos nuevos, los toman clavando
sus pupilas en las constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible. Esos
hombres, predispuestos a emanciparse de su rebaño, buscando alguna
perfección más allá de lo actual, son los "idealistas". La unidad del género
no depende del contenido intrínseco de sus ideales sino de su temperamento:
se es idealista persiguiendo las quimeras más contradictorias, siempre que
ellas impliquen un sincero afán de enaltecimiento. Cualquiera. Los espíritus
afiebrados por algún ideal son adversarios de la mediocridad: soñadores
contra los utilitarios, entusiastas contra los apáticos, generosos contra
los calculistas, indisciplinados contra los dogmáticos. Son alguien o algo
contra los que no son nadie ni nada. Todo idealista es un hombre
cualitativo: posee un sentido de las diferencias que le permite distinguir
entre lo malo que observa, y lo mejor que imagina. Los hombres sin ideales
son cuantitativos; pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen
lo mejor de lo peor.
Sin ideales sería
inconcebible el progreso. El culto del "hombre práctico", limitado a las
contingencias del presente, importa un renunciamiento. a toda imperfección.
El hábito organiza la rutina y nada crea hacia el porvenir; sólo de los
imaginativos espera la ciencia sus hipótesis, el arte su vuelo, la moral sus
ejemplos, la historia sus páginas luminosas. Son la parte viva y dinámica de
la humanidad; los prácticos no han hecho más que aprovecharse de su
esfuerzo, vegetando en la sombra. Todo porvenir ha sido una creación de los
hombres capaces de presentirlo, concretándolo en infinita sucesión de
ideales. Más ha hecho la imaginación construyendo sin tregua, que el cálculo
destruyendo sin descanso. La excesiva prudencia de los mediocres ha
paralizado siempre las iniciativas más fecundas. Y no quiere esto decir que
la imaginación excluya la experiencia: ésta es útil, pero sin aquélla es
estéril. Los idealistas aspiran a conjugar en su mente la inspiración y la
sabiduría; por eso, con frecuencia, viven trabados por su espíritu crítico
cuando los caldea una emoción lírica y ésta les nubla la vista cuando
observan la realidad. Del equilibrio entre la inspiración y la sabiduría
nace el genio. En las grandes horas de una raza o de un hombre, la
inspiración es indispensable para crear; esa chispa se enciende en la
imaginación y la experiencia la convierte en hoguera. Todo idealismo es, por
eso, un afán de cultura intensa: cuenta entre sus enemigos más audaces a la
ignorancia, madrastra de obstinadas rutinas.
La humanidad no
llega hasta donde quieren los idealistas en cada perfección particular; pero
siempre llega más allá de donde habría ido sin su esfuerzo. Un objetivo que
huye ante ellos conviértese en estímulo para perseguir nuevas quimeras. Lo
poco que pueden todos, de pende de lo mucho que algunos anhelan. La
humanidad no poseería sus bienes presentes si algunos idealistas no los
hubieran conquistado viviendo con la obsesiva aspiración de otros mejores.
En la evolución
humana, los ideales mantiénense en equilibrio inestable. Todo mejoramiento
real es precedido por conatos y tanteos de pensadores audaces, puestos en
tensión hacia él, rebeldes al pasado, aunque sin la intensidad necesaria
para violentarlo; esa lucha es un reflujo perpetuo entre lo más concebido y
lo menos realizado. Por eso los idealistas son forzosamente inquietos, como
todo lo que vive, como la vida misma; contra la tendencia apacible de los
rutinarios, cuya estabilidad parece inercia de muerte. Esa inquietud se
exacerba en los grandes hombres, en los genios mismos si el medio es hostil
a sus quimeras, como es frecuente. No agita a los hombres sin ideales,
informe argamasa de humanidad.
Toda juventud es
inquieta. El impulso hacia lo mejor sólo puede esperarse de ella: jamás de
los enmohecidos y de los seniles. Y sólo es juventud la sana e iluminada, la
que mira al frente y no a la espalda; nunca los decrépitos de pocos años,
prematuramente domesticados por las supersticiones del pasado: lo que en
ellos parece primavera es tibieza otoñal, ilusión de aurora que es ya un
apagamiento de crepúsculo. Sólo hay juventud en los que trabajan con
entusiasmo para el porvenir; por eso en los caracteres excelentes puede
persistir sobre el apeñuscarse de los años.
Nada cabe esperar de
los hombres que entran a la vida sin afiebrarse por algún ideal; a los que
nunca fueron jóvenes, paréceles descarriado todo ensueño. Y no se nace
joven: hay que adquirir la juventud.
Y sin un ideal no se
adquiere.
Los idealistas
suelen ser esquivos o rebeldes a los dogmatismos sociales que los oprimen.
Resisten la tiranía del engranaje nivelador, aborrecen toda coacción,
sienten el peso de los honores con que se intenta domesticarlos y hacerlos
cómplices de los intereses creados, dóciles- maleables, solidarios,
uniformes en la común mediocridad.
Las fuerzas
conservadoras que componen el subsuelo social pretenden amalgamar a los
individuos, decapitándolos; detestan las diferencias, aborrecen las
excepciones, anatematizan al que se aparta en busca de su propia
personalidad. El original, el imaginativo, el creador no teme sus odios: los
desafía, aun sabiéndolos terribles porque son irresponsables. Por eso todo
idealista es una viviente afirmación del individualismo, aunque persiga una
quimera social; puede vivir para los demás, nunca de los demás. Su
independencia es una reacción hostil a todos los dogmáticos. Concibiéndose
incesantemente perfectibles, los temperamentos idealistas quieren decir en
todos los momentos de su vida, como Don Quijote: "yo sé quién soy". Viven
animados de ese afán afirmativo. En sus ideales cifran su ventura suprema y
su perpetua desdicha. En ellos caldean la pasión. que anima su fe; ésta, al
estrellarse contra la realidad social, puede parecer desprecio, aislamiento,
misantropía: la clásica "torre de marfil" reprochada a cuantos se erizan al
contacto de los obtusos. Diríase que de ellos dejó escrita una eterna imagen
Teresa de Ávila: "Gusanos de seda somos, gusanillos que hilamos la seda de
nuestras vidas y en el capullito de la seda nos encerramos para que el
gusano muera y del capullo salga volando la mariposa".
Todo idealismo es
exagerado, necesita serlo. Y debe ser cálido su idioma, como si desbordara
la personalidad sobre lo impersonal; el pensamiento sin calor es muerto,
frío, carece de estilo, no tiene firma.
Jamás fueron tibios
los genios, los santos y los héroes. Para crear una partícula de Verdad, de
Virtud o de Belleza, se requiere un esfuerzo original y violento contra
alguna rutina o prejuicio; como para dar una lección de dignidad hay que
desgoznar algún servilismo. Todo ideal es, instintivamente, extremoso; debe
serlo a sabiendas, si es menester, pues pronto se rebaja al refractarse en
la mediocridad de los más.
Frente a los
hipócritas que mienten con viles objetivos, la exageración de los idealistas
es, apenas, una verdad apasionada. La pasión es su atributo necesario, aun
cuando parezca desviar de la verdad; lleva a la hipérbole, al error mismo; a
la mentira nunca. Ningún ideal es falso para quien lo profesa: lo cree
verdadero y coopera a su advenimiento, con fe, con desinterés. El sabio
busca la Verdad por buscarla y goza arrancando a la naturaleza secretos para
él inútiles o peligrosos. Y el artista busca también la suya, porque la
Belleza es una verdad animada por la imaginación, más que por la
experiencia. Y el moralista la persigue en el Bien, que es una recta lealtad
de la conducta para consigo mismo y para con los demás. Tener un ideal es
servir a su propia Verdad. Siempre.
Algunos ideales se
revelan como pasión combativa y otros como pertinaz obsesión; de igual
manera distínguense dos tipos de idealistas, según predomine en ellos el
corazón o el cerebro. El idealismo sentimental es romántico: la imaginación
no es inhibida por la crítica y los ideales viven de sentimiento. En el
idealismo experimental los ritmos afectivos son encarrilados por la
experiencia y la crítica coordina la imaginación: los ideales tórnanse
reflexivos y serenos. Corresponde el uno a la juventud y el otro a la
madurez. El primero es adolescente, crece, puja y lucha; el segundo es
adulto, se fija, resiste, vence.
El idealista
perfecto sería romántico a los veinte años y estoico a los cincuenta; es tan
anormal el estoicismo en la juventud como el romanticismo en la edad madura.
Lo que al principio enciende su pasión, debe cristalizarse después en
suprema dignidad: ésa es la lógica de su temperamento.
III. EL
IDEALISMO ROMÁNTICO
Los idealistas
románticos son exagerados porque son insaciables.
Sueñan lo más para
realizar lo menos; comprenden que todos los ideales contienen una partícula
de utopía y pierden algo al realizarse: de razas o de individuos, nunca se
integran como se piensan. En pocas cosas el hombre puede llegar al Ideal que
la imaginación señala: su gloria está en marchar hacia él, siempre
inalcanzado e inalcanzable.
Después de iluminar su
espíritu con todos los resplandores de la cultura humana, Goethe muere
pidiendo más luz; y Musset quiere amar incesantemente después de haber
amado, ofreciendo su vida por una caricia y su genio por un beso. Tonos los
románticos parecen preguntarse, con el poeta: "¿Por qué no es infinito el
poder humano, como el deseo?" Tienen una curiosidad de mil ojos, siempre
atenta para no perder la más imperceptible titilación del mundo que la
solicita. Su sensibilidad es aguda, plural, caprichosa, artista, como si los
nervios hubieran centuplicado su impresionabilidad. Su gesto sigue
prontamente el camino de las nativas inclinaciones: entre diez partidos
adoptan aquel subrayado por el latir más intenso de su corazón. Son
dionisiacos. Sus aspiraciones se traducen por esfuerzos activos sobre el
medio social o por una hostilidad contra todo lo que se opone a sus
corazonadas y ensueños. Construyen sus ideales sin conceder nada a la
realidad, rehusándose al contralor de la experiencia, agrediéndola si ella
los contraría. Son ingenuos y sensibles, fáciles de conmoverse, accesibles
al entusiasmo y a la ternura; con esa ingenuidad sin doblez que los hombres
prácticos ignoran. Un minuto les basta para decidir de toda una vida. Su
idea cristaliza en firmezas inequívocas cuando la realidad los hiere con más
saña.
Todo romántico está
por Don Quijote contra Sancho, por Cyrano contra Tartufo, por Stockmann
contra Gil Blas; por cualquier ideal contra toda mediocridad. Prefiere la
flor al fruto, presintiendo que éste no podría existir jamás sin aquélla.
Los temperamentos acomodaticios saben que la vida guiada por el interés
brinda provechos materiales; los románticos creen que la suprema dignidad se
incuba en el ensueño y la pasión. Para ellos un beso de tal mujer vale más
que cien tesoros de Golconda.
Su elocuencia está
en su corazón: disponen de esas "razones que la razón ignora", que decía
Pascal. En ellas estriba el encanto irresistible de los Musset y los Byron:
su estuosidad apasionada nos estremece, ahoga como si una garra apretara el
cuello, sobresalta las venas, humedece los párpados, entrecorta el aliento.
Sus heroínas y sus protagonistas pueblan los insomnios juveniles, como si
los describieran con una vara mágica entintada en el cáliz de una poetisa
griega: Safo, por caso, la más lírica. Su estilo es de luz y de color,
siempre encendido, ardiente a veces. Escriben como hablan los temperamentos
apasionados, con esa elocuencia de las voces enronquecidas por un deseo o
por un exceso, esa "voce calda" que enloquece a las mujeres finas y hace un
Don Juan de cada amador romántico. Son ellos los aristócratas del amor, con
ellos sueñan todas las Julietas e Isoldas. En vano se confabulan en su
contra las embozadas hipocresías mundanas; los espíritus zafios desearían
inventar una balanza para pesar la utilidad inmediata de sus inclinaciones.
Como no la poseen, renuncian a seguirlas.
El hombre incapaz de
alentar nobles pasiones esquiva el amor como si fuera un abismo; ignora que
él acrisola todas las virtudes y es el más eficaz de los moralistas. Vive y
muere sin haber aprendido a amar. Caricaturiza a este sentimiento guiándose
por las sugestiones de sórdidas conveniencias. Los demás le eligen primero
las queridas y le imponen después la esposa. Poco le importa la fidelidad de
las primeras, mientras le sirvan de adorno; nunca exige inteligencia en la
otra, si es un escalón en su mundo. Musset le parece poco serio y encuentra
infernal a Byron; habría quemado a Jorge Sand y la misma Teresa de Avila
resúltale un poco exagerada. Se persigna si alguien sospecha que Cristo pudo
amar a la pecadora de Magdala. Cree firmemente que Werther, Joselyn, Mimí,
Rolla y Manón son símbolos del mal, creados por la imaginación de artistas
enfermos. Aborrece la pasión honda y sentida, detesta los) manticismos
sentimentales. Prefiere la compra tranquila a la conquista comprometedora.
Ignora las supremas virtudes del amor, que es ensueño, anhelo, peligro, toda
la imaginación convergiendo al embellecimiento del instinto, y no simple
vértigo brutal de los sentidos.
En las eras de
rebajamiento, cuando está en su apogeo la mediocridad, los idealistas se
alinean contra los dogmatismos sociales, sea cual fuere el régimen
dominante. Algunas veces, en nombre del romanticismo político, agitan un
ideal democrático y humano. Su amor a todos los que sufren es justo encono
contra los que oprimen su propia individualidad. Diríase que llegan hasta
amar a las víctimas para protestar contra el verdugo indigno; pero siempre
quedan fuera de toda hueste, sabiendo que en ella puede incubarse una
coyunda para el porvenir.
En todo lo
perfectible cabe un romanticismo; su orientación varía con los tiempos y con
las inclinaciones. Hay épocas en que más florece, como en las horas de
reacción que siguieron al sacudimiento libertario de la revolución francesa.
Algunos románticos se creen providenciales y su imaginación se revela por un
misticismo constructivo, como en Fourier y Lamennais, precedidos por
Rousseau, que fue un Marx calvinista, y seguidos por Marx, que fue un
Rousseau judío.
En otros, el lirismo
tiende, como en Byron y Ruskin, a convertirse en religión estática. En
Mazzini y Kossouth toma color político. Habla en tono profético y
trascendente por boca de Lamartine y de Hugo. En Stendhal acosa con ironía
los dogmatismos sociales y en Vigny los desdeña amargamente. Se duele en
Musset y desespera en Amiel. Fustiga a la mediocridad con Flaubert y Barbey
d'Aurevilly. Y en otros conviértese en rebelión abierta contra todo lo que
amengua y domestica al individuo, como en Émerson, Stirner, Guyau, lbsen o
Nietzsche.
V EL
IDEALISMO ESTOICO
Las rebeldías
románticas son embotadas por la experiencia: ella enfrena muchas
impetuosidades falaces y da a los ideales más sólida firmeza. Las lecciones
de la realidad no matan al idealista: lo educan.
Su afán de
perfección tórnase más centrípeto y digno, busca los caminos propicios,
aprende a salvar las asechanzas que la mediocridad le tiende. Cuando la
fuerza de las cosas se sobrepone a su personal inquietud y los dogmatismos
sociales cohiben sus esfuerzos por enderezarlos, su idealismo tórnase
experimental. No puede doblar la realidad a sus ideales, pero los defiende
de ella, procurando salvarlos de toda mengua o envilecimiento. Lo que antes
se proyectaba hacia afuera, polarizase en el propio esfuerzo, se
interioriza. "Una gran vida escribió Vigny- es un ideal de la juventud
realizado en la edad madura". Es inherente a la primera ilusión de imponer
sus ensueños, rompiendo las barreras que les opone la realidad; cuando la
experiencia advierte que la mole no cae, el idealista atrincherándose en
virtudes intrínsecas, custodiando sus ideales, realizándolos en alguna
medida, sin que la solidaridad pueda conducirle nunca a torpes
complicidades.
El idealismo
sentimental y romántico se transforma en idealismo experimental y estoico;
la experiencia regula la imaginación haciéndolo ponderado y reflexivo. La
serena armonía clásica reemplaza a la pujanza impetuosa: el Idealismo
dionisiaco se convierte en Idealismo apolíneo.
Es natural que así
sea. Los romanticismos no resisten a la experiencia crítica: si duran hasta
pasados los límites de la juventud, su ardor no equivale a su eficiencia.
Fue error de Cervantes la avanzada edad en que Don Quijote emprende la
persecución de su quimera. Es más lógico Don Juan, casándose a la misma
altura en que Cristo muere; los personajes que Mürger creó en la vida
bohemia, detiénense en ese limbo de la madurez. No puede ser de otra manera.
La acumulación de los contrastes acaba por coordinar la imaginación,
orientándola sin rebajarla.
Y si el idealista es
una mente superior, su ideal asume formas definitivas: plasma la Verdad, la
Belleza o la Virtud en crisoles más perennes, tiende a fijarse y durar en
obras. El tiempo lo consagra y su esfuerzo tórnase ejemplar. La posteridad
lo juzga clásico. Toda clasicidad proviene de una selección natural entre
ideales que fueron en su tiempo románticos y que han sobrevivido a través de
los siglos.
Pocos soñadores
encuentran tal clima y tal ocasión que les encumbren a la genialidad. Los
más resultan exóticos e inoportunos; los sucesos cuyo determinismo no pueden
modificar, esteriliza sus esfuerzos. De ahí cierta aquiescencia a las cosas
que no dependen del propio mérito, la tolerancia de toda indesvariable
fatalidad. Al sentir la coerción exterior no se rebajan ni contaminan: se
apartan, se refugian en sí mismos para encumbrarse en la orilla desde donde
miran el fangoso arroyo que corre murmurando, sin que en su murmullo se oiga
un grito.
Son los jueces de su
época: ven de dónde viene y cómo corre el turbión encenagado. Descubren a
los omisos que se dejan opacar por el limo, a los que persiguen esos
encumbramientos falaces reñidos con el mérito y con la justicia.
El idealista estoico
mantiénese hostil a su medio, lo mismo que el romántico. Su actitud es de
abierta resistencia a la mediocridad organizada, resignación desdeñosa o
renunciamiento altivo, sin compromisos.
Impórtale poco
agredir el mal que consienten los otros; más le sirve estar libre para
realizar toda perfección que sólo depende de su propio esfuerzo. Adquiere
una "sensibilidad individualista" que no es egoísmo vulgar ni desinterés por
los ideales que agitan a la sociedad en que vive. Son notorias las
diferencias entre el individualismo doctrinario y el sentimiento
individualista; el uno es teoría y el otro es actitud. En Spencer, la
doctrina individualista se acompaña de sensibilidad social; en Bakunin, la
doctrina social coexiste con una sensibilidad individualista. Es cuestión de
temperamento y no de ideas; aquél es la base del carácter. Todo
individualismo, como actitud, es una revuelta contra los dogmas y los
valores falsos respetados en las mediocracias; revela energías anhelosas de
esparcirse, contenidas por mil obstáculos opuestos por el espíritu gregario.
El temperamento individualista llega a negar el principio de autoridad, se
substrae a los prejuicios, desacata cualquiera imposición, desdeña las
jerarquías independientes del mérito. Los partidos, sectas y facciones le
son indiferentes por igual, mientras no descubre en ellos ideales
consonantes con los suyos propios. Cree más en las virtudes firmes de los
hombres que en la mentira escrita de los principios teóricos; mientras no se
reflejan en las costumbres las mejores leyes de papel no modifican la
tontería de quienes las admiran ni el sufrimiento de quienes las aguantan.
La ética del
idealista estoico difiere radicalmente de esos individualismos sórdidos que
reclutan las simpatías de los egoístas. Dos morales esencialmente distintas
pueden nacer de la estimación de sí mismo. El digno elige la elevada, la de
Zenón o la de Epicuro; el mediocre opta siempre por la inferior y se
encuentra con Aristipo. Aquél se refugia en sí para acrisolarse; éste se
ausenta de los demás para zambullirse en la sombra. El individualismo es
noble si un ideal lo alienta y lo eleva; sin ideal, es una caída a más bajo
nivel que la mediocridad misma.
En la Cirenaica
griega, cuatro siglos antes del evo cristiano, Aristipo anunció que la única
regla de la vida era el placer máximo, buscado por todos los medios, como si
la naturaleza dictara al hombre el hartazgo de los sentidos y la ausencia de
ideal. La sensualidad erigida en sistema, llevaba al placer tumultuoso, sin
seleccionarlo. Llegaron los cirenaicos a despreciar la vida misma; sus
últimos pregoneros encomiaron el suicidio. Tal ética, practicada
instintivamente por los escépticos y los depravados de todos los tiempos, no
fue lealmente erigida en sistema después de entonces. El placer -como simple
sensualidad cuantitativa- es absurdo e imprevisor; no puede sustentar una
moral. Sería erigir a los sentidos en jueces. Deben ser otros. ¿Estaría la
felicidad en perseguir un interés bien ponderado? Un egoísmo prudente y
cualitativo, que elija y calcule, reemplazaría a los apetitos ciegos. En vez
del placer basto tendríase el deleite refinado, que prevé, coordina,
prepara, goza antes e infinitamente más, pues la inteligencia gusta de
centuplicar los goces futuros con sabias alquimias de preparación. Los
epicúreos se apartan ya del cirenaísmo. Aristipo refugiaba la dicha en los
burdos goces materiales; Epicuro la encumbra a la mente, la idealiza por la
imaginación. Para aquél valen todos los placeres y se buscan de cualquier
manera, desatados sin freno; para éste, deben ser elegidos y dignificados
por un sello de armonía. La originaria moral de Epicuro es toda
refinamiento: su creador vivió una vida honorable y pura. Su ley fue buscar
la dicha y huir del dolor, prefiriendo las cosas que dejan un saldo a favor
de la primera. Esa aritmética de las emociones no es incompatible con la
dignidad, el ingenio y la virtud, que son perfecciones ideales; permite
cultivarlas, si en ellas puede encontrarse una fuente de placer.
Es en otra moral
helénica, sin embargo, donde encuentra sus moldes perfectos el idealismo
experimental. Zenón dio ala humanidad una suprema doctrina de virtud
heroica. La dignidad se identifica con el ideal; no conoce la historia más
bellos ejemplos de conducta. Séneca, digno de la corte del propio Nerón,
además de predicar con arte exquisito su doctrina, la aplicó con bello
coraje en la hora extrema. Solamente Sócrates murió mejor que él, y ambos
más dignamente que Jesús. Son las tres grandes muertes de la historia.
La dignidad estoica
tuvo su apóstol en Epicteto. Una convincente elocuencia de sofista caldeaba
su palabra de liberto. Vivió como el más humilde, satisfecho con lo que
tenía. durmiendo en casa sin puertas.
entregado a meditar
y educar, hasta el decreto que proscribió de Roma a los filósofos. Enseñó a
distinguir, en toda cosa, lo que depende y lo que no depende de nosotros. Lo
primero nadie puede cohibirlo; lo demás está subordinado a fuerzas extrañas.
Colocar el Ideal en lo que depende de nosotros y ser indiferente a lo demás:
he ahí una fórmula para el idealismo i experimental.
Es desdeñable todo
lo que suele desear o temer el egoísta. Si las resistencias en el camino de
la perfección dependen de otros, conviene hacer de ellas caso omiso, como si
no existiesen, y redoblar el esfuerzo enaltecedor. Ningún contratiempo
material desvía al idealista. Si deseara influir de inmediato sobre cosas
que de él no dependen, encontraría obstáculos en todas partes; contra esa
hostilidad de su ambiente sólo puede rebelarse con la imaginación, mirando
cada vez más hacia su interior. El que sirve a un ideal, vive de él; nadie
le forzará a soñar lo que no quiere ni le impedirá ascender hacia su sueño.
Esta moral no es una
contemplación pasiva; renuncia solamente a participar del alma. Su
asentimiento a lo inevitable no es apatía ni inercia. Apartarse no es morir;
es, simplemente, esperar la posible hora de hacer, apresurándola con la
predicación o con el ejemplo. Si la hora llega, puede ser afirmación
sublime, como lo fue en Marco Aurelio, nunca igualado en regir destinos de
pueblos: sólo él pudo inspirar las páginas más hondas de Renán y las más
líricas de Paul de Saint-Victor.
Delicado y
penetrante, su estoicismo fue más propicio para templar caracteres que para
consolar corazones. Con él alcanzó el pensamiento antiguo su más tranquila
nobleza. Entre perversos e ingratos que la circuían, enseñó a dar sus
racimos, como la viña, sin reclamar precio alguno, preparándose para cargar
otros en la vendimia futura. Los idealistas estoicos son hombres de su
estirpe: diríase que ignoran el bien que hacen a sus propios enemigos.
Cuando arrecia el encanallamiento de los domesticados, cuando más sofocante
tórnase el clima de las mediocracias, ellos crean un nuevo ambiente moral
sembrando ideales: una nueva generación, aprendiendo a amarlos, se
ennoblece.
Frente a las
burguesías afiebradas por remontar el nivel del bienestar material ignorando
que su mayor miseria es la falta de cultura-, ellos concentran sus esfuerzos
para aquilatar el respeto de las cosas del espíritu y el culto de todas las
originalidades descollantes. Mientras la vulgaridad obstruye las vías del
genio, de la santidad y del heroísmo, ellos concurren a restituirlas,
mediante la sugestión de ideales, preparando el advenimiento de esas horas
fecundas que caracterizan la resurrección de las razas: el clima del genio.
Toda ética idealista
transmuta los valores y eleva el rango del mérito; las virtudes y los vicios
trocan sus matices, en más o en menos, creando equilibrios nuevos. Ésa es,
en el fondo, la obra de los moralistas: su originalidad está en cambios de
tono que modifican las perspectivas de un cuadro cuyo fondo es casi
imperturbable. Frente a la chatura común, que empuja a ser vulgares, los
caracteres dignos afirman con vehemencia su ideal. Una mediocracia sin
ideales -como un individuo o un grupo- es vil y escéptica, cobarde: contra
ella cultivan hondos anhelos de perfección. Frente a la ciencia hecho
oficio, la Verdad como un culto; frente a la honestidad de conveniencia, la
Virtud desinteresada; frente al arte lucrativo de los funcionarios, la
Armonía inmarcesible de la línea, de la forma y del color; frente a las
complicidades de la política mediocrática, las máximas expansiones del
Individuo dentro de cada sociedad. Cuando los pueblos se domestican y
callan, los grandes forjadores de ideales levantan su voz. Una ciencia, un
arte, un país, una raza, estremecidos por su eco, pueden salir de su cauce
habitual. El Genio es un guión que pone el destino entre dos párrafos de la
historia. Si aparece en los orígenes, crea o funda; si en los
resurgimientos, transmuta o desorbita. En ese instante remontan su vuelo
todos los espíritus superiores, templándose en pensamientos altos y para
obras perennes.
VI
SÍMBOLO
En el vaivén eterno de
las eras, el porvenir es siempre de los visionarios. La interminable
contienda entre el idealismo y la mediocridad tiene su símbolo: no pudo
Cellini clavarlo en más digno sitio que la maravillosa plaza de Florencia.
Nunca mano de orfebre plasmó un concepto más sublime. Perseo exhibiendo la
cabeza de Medusa, cuyo cuerpo agitase en contorsiones de reptil bajo sus
pies alados. Cuando los temperamentos idealistas se detienen ante el
prodigio de Benvenuto, anímase el metal, revive su fisonomía, sus labios
parecen articular palabras perceptibles.
Y dice a los jóvenes
que toda brega por un Ideal es santa, aunque sea ilusorio el resultado; que
es loable seguir su temperamento y pensar con el corazón, si ello
contribuirá a crear una personalidad firme; que todo germen de romanticismo
debe alentarse, para enguirnaldar de aurora la única primavera que no vuelve
jamás.
Y a los maduros,
cuyas primeras canas salpican de otoño sus más vehementes quimeras,
instígalos a custodiar sus ideales bajo el palio de la más severa dignidad,
frente a las tentaciones que conspiran para encenagarlos en la Estigia donde
se abisman los mediocres.
Y en el gesto del
bronce parece que el Idealismo decapitara a la Mediocridad, entregando su
cabeza al juicio de los siglos.
CAPÍTULO I
EL HOMBRE MEDIOCRE
Cacciarli i ciel per
non esser men belli, Né lo profondo Inferno li riceve...
DANTE, Inferno,
Canto III.
EL HOMBRE MEDIOCRE
I ¿"Áurea Mediocritas"?
- II. Los hombres sin personalidad. III. En torno del hombre mediocre. -
IV. Concepto social de la mediocridad. - V. El espíritu conservador. - VI.
Peligros sociales de la mediocridad. - VII. La vulgaridad.
I
¿"ÁUREA MEDIOCRITAS"?
Hay cierta hora en que
el pastor ingenuo se asombra ante la naturaleza que le envuelve. La penumbra
se espesa, el color de las cosas se uniforma en el gris homogéneo de las
siluetas, la primera humedad crepuscular levanta de todas las hierbas un
vaho de perfume, aquiétase el rebaño para echarse a dormir, la remota
campana tañe su aviso vesperal. La impalpable claridad lunar se emblanquece
al caer sobre las cosas; algunas estrellas inquietan con su titilación el
firmamento y un lejano rumor de arroyo brincante en las breñas parece
conversar de misteriosos temas. Sentado en la piedra menos áspera que
encuentra al borde del camino, el pastor contempla y enmudece, invitado en
vano a meditar por la convergencia del sitio y de la hora. Su admiración
primitiva es simple estupor:. La poesía natural que le rodea, al reflejarse
en su imaginación, no se convierte en poema. Él es, apenas, un objeto en el
cuadro, una pincelada; un accidente en la penumbra. Para él todas las cosas
han sido siempre así y seguirán siéndolo, desde la tierra que pisa hasta el
rebaño que apacienta.
La inmensa masa de
los hombres piensa con la cabeza de ese ingenuo pastor; no entendería el
idioma de quien le explicara algún misterio del universo o de la vida, la
evolución eterna de todo lo conocido, la posibilidad de perfeccionamiento
humano en la continua adaptación del hombre a la naturaleza. Para concebir
una perfección se requiere cierto nivel ético y es indispensable alguna
educación intelectual. Sin ellos pueden tenerse fanatismos y supersticiones;
ideales, jamás.
Los que viven debajo
de ese nivel y no adquieren esa educación permanecen sujetos a dogmas que
otros les imponen, esclavos de fórmulas paralizadas por la herrumbre del
tiempo. Sus rutinas y sus prejuicios parécenles eternamente invariables; su
obtusa imaginación no concibe perfecciones pasadas ni venideras; el estrecho
horizonte de su experiencia constituye el límite forzoso de su mente No
pueden formarse un ideal. Encontraran en los ajeno: una chispa capaz de
encender sus pasiones; serán sectarios pueden serlo. Y no advertirán
siquiera la ironía de cuanto les invitan a arrebañarse en nombre de ideales
que pueden servir, no comprender. Todo ensueño seguido por muchedumbres,
sólo es pensado por pocos visionarios que sor sus amos.
La desigualdad
humana no es un descubrimiento moderno. Plutarco escribió, ha siglos, que
"los animales de una misma especie difieren menos entre si que unos hombres
de otros" (Obras morales, vol. ).
Montaigne suscribió
esa opinión: "Hay más distancia entre tal y tal hombre, que entre tal hombre
y tal bestia: es decir, que el más excelente animal está más próximo del
hombre menos inteligente, que este último de otro hombre grande y excelente"
(Ensayos, vol. I, cap. XLII).
No pretenden decir
más los que siguen afirmando la desigualdad humana: ella será en el porvenir
tan absoluta como en tiempos de Plutarco o de Montaigne.
Hay hombres
mentalmente inferiores al término -asedio de su raza, de su tiempo y de su
clase social; también los hay superiores. Entre unos y otros fluctúa una
gran masa imposible de caracterizar por inferioridades o excelencias.
Los psicólogos no
han querido ocuparse de estos últimos; el arte los desdeña por incoloros; la
historia no sabe sus nombres. Son poco interesantes; en vano buscaríase en
ellos la arista definida, la pincelada firme, el rasgo característico. De
igual desdén les cubren los moralistas; individualmente no merecen el
desprecio, que fustiga a los perversos, ni la apología, reservada a los
virtuosos.
Su existencia es,
sin embargo, natural y necesaria. En todo lo que ofrece grados hay
mediocridad; en la escala de la inteligencia humana ella representa el
claroscuro entre el talento y la estulticia.
No diremos, por eso,
que siempre es loable. Horacio no dijo aurea mediocritas en el sentido
general y absurdo que proclaman los incapaces de sobresalir por su ingenio,
por sus virtudes o por sus obras.
Otro fue el parecer
del poeta: poniendo en la tranquilidad y en la independencia el mayor
bienestar del hombre, enalteció los goces de un vivir sencillo que dista por
igual de la opulencia y la miseria, llamando áurea a esa mediocridad
material. En cierto sentido epicúreo, su sentencia es verdadera y confirma
el remoto proverbio árabe: "Un mediano bienestar tranquilo es preferible a
la opulencia llena de preocupaciones".
Inferir de ello que
la mediocridad moral, intelectual y de carácter es digna de respetuoso
homenaje, implica torcer la intención misma de Horacio: en versos memorables
(Ad Pis., ) menospreció a los poetas mediocres: Mediocribus esse poetis Non
di, non homines, non concessere columnae. Y es lícito extender su dicterio a
cuantos hombres lo son de espíritu. ¿Por qué subvertiríamos el sentido de
aurea mediocritas clásico? ¿Por qué suprimir desniveles entre los hombres y
las sombras, como si rebajando un poco a los excelentes y puliendo un poco a
los bastos se atenuaran las desigualdades creadas por la naturaleza? No
concebimos el perfeccionamiento social como un producto de la uniformidad de
todos los individuos, sino como la combinación armónica de originalidades
incesantemente multiplicadas, Todos los enemigos de la diferenciación vienen
a serlo del progreso; es natural, por ende, que consideren la originalidad
como un defecto imperdonable.
Los que tal
sentencian inclínanse a confundir el sentido común con el buen sentido, como
si enmarañando la significación de los vocablos quisieran emparentar las
ideas correspondientes. Afirmemos que son antagonistas. El sentido común es
colectivo, eminentemente retrógrado y dogmatista; el buen sentido es
individual, siempre innovador y libertario. Por la obsecuencia al uno o al
otro se reconocen la servidumbre y la aristocracia naturales. De esa
insalvable heterogeneidad nace la intolerancia de los rutinarios frente a
cualquier destello original; estrechan sus filas para defenderse, como si
fueran crímenes las diferencias. Esos desniveles son un postulado
fundamental de la psicología. Las costumbres y las leyes pueden establecer
derechos y deberes comunes a todos los hombres; pero éstos serán siempre tan
desiguales como las olas que erizan la superficie de un océano.
II
LOS HOMBRES SIN PERSONALIDAD
Individualmente
considerada, la mediocridad podrá definirse como una ausencia de
características personales que permitan distinguir al individuo en su
sociedad. Ésta ofrece a todos un mismo fardo de rutinas, prejuicios y
domesticidades; basta reunir cien hombres para que ellos coincidan en lo
impersonal: "Juntad mil genios en un Concilio y tendréis el alma de un
mediocre". Esas palabras denuncian lo que en cada hombre no pertenece a él
mismo y que, al sumarse muchos, se revela por el bajo nivel de las opiniones
colectivas.
La personalidad
individual comienza en el punto preciso donde cada uno se diferencia de los
demás; en muchos hombres ese punto es simplemente imaginario. Por ese
motivo, al clasificar los caracteres humanos, se ha comprendido la necesidad
de separar a los que carecen de rasgos característicos: productos
adventicios del medio, de las circunstancias, de la educación que se les
suministra, de las personas que los tutelan, de las cosas que los rodean.
"Indiferentes" ha llamado Ribot a los que viven sin que se advierta su
existencia. La sociedad piensa y quiere por ellos. No tienen voz, sino eco.
No hay líneas definidas ni en su propia sombra, que es, apenas, una
penumbra.
Cruzan el mundo a
hurtadillas, temerosos de que alguien pueda reprocharles esa osadía de
existir en vano, como contrabandistas de la vida.
Y lo son. Aunque los
hombres carecemos de misión trascendental sobre la tierra, en cuya
superficie vivimos tan naturalmente como la rosa y el gusano, nuestra vida
no es digna de ser vivida sino cuando la ennoblece algún ideal: los más
altos placeres son inherentes a proponerse una perfección y perseguirla. Las
existencias vegetativas no tienen biografía: en la historia de su sociedad
sólo vive el que deja rastros en las cosas o en los espíritus. La vida vale
por el uso que de ella hacemos, por las obras que realizamos. No ha vivido
más el que cuenta más años, sino el que ha sentido mejor un ideal; las canas
denuncian la vejez, pero no dicen cuánta juventud la precedió. La medida
social del hombre está en la duración de sus obras: la inmortalidad es el
privilegio de quienes las hacen sobrevivientes a los siglos, y por ellas se
mide.
El poder que se
maneja, los favores que se mendigan, el dinero que se amasa, las dignidades
que se consiguen, tienen cierto valor efímero que puede satisfacer los
apetitos del que no lleva en sí mismo, en sus virtudes intrínsecas, las
fuerzas morales que embellecen y califican la vida; la afirmación de la
propia personalidad y la cantidad de hombría puesta en la dignificación de
nuestro yo. Vivir es aprender, para ignorar menos; es amar, para vincularnos
a una parte mayor de humanidad; es admirar, para compartir las excelencias
de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse, un
incesante afán de elevación hacia ideales definidos.
Muchos nacen; pocos
viven. Los hombres sin personalidad son innumerables y vegetan moldeados por
el medio, como cera fundida en el cuño social. Su moralidad de catecismo y
su inteligencia cuadriculada los constriñen a una perpetua disciplina del
pensar y de la conducta; su existencia es negativa como unidades sociales.
El hombre de fino
carácter es capaz de mostrar encrespamientos sublimes, como el océano; en
los temperamentos domesticados todo parece quieta superficie, como en las
ciénagas. La falta de personalidad hace, a éstos, incapaces de iniciativa y
de resistencia. Desfilan inadvertidos, sin aprender ni enseñar, diluyendo en
tedio su insipidez, vegetando en la sociedad que ignora su existencia: ceros
a la izquierda que nada califican y para nada cuentan. Su falta de robustez
moral háceles ceder a la más leve presión, sufrir todas las influencias,
altas y bajas, grandes y pequeñas, transitoriamente arrastrados a la altura
por el más leve céfiro o revolcados por la ola menuda de un arroyuelo.
Barcos de amplio
velamen, pero sin timón, no saben adivinar su propia ruta: ignoran si irán a
varar en una playa arenosa o a quedarse estrellados contra un escollo.
Están en todas
partes, aunque en vano buscaríamos uno solo que se reconociera; si lo
halláramos sería un original, por el simple hecho de enrolarse en la
mediocridad. ¿Quién no se atribuye alguna virtud, cierto talento o un firme
carácter? Muchos cerebros torpes se envanecen de su testarudez. confundiendo
la parálisis con la firmeza, que es don de pocos elegidos; los bribones se
jactan de su bigardía y desvergüenza, equivocándolas con el ingenio; los
serviles y los parapoco pavonéanse de honestas, como si la incapacidad del
mal pudiera en caso alguno confundirse con la virtud.
Si hubiera de
tenerse en cuenta la buena opinión que todos los hombres tienen de sí
mismos, sería imposible discurrir de los que se caracterizan por la ausencia
de personalidad. Todos creen tener una; y muy suya. Ninguno advierte que la
sociedad le ha sometido a esa operación aritmética que consiste en reducir
muchas cantidades a un denominador común: la mediocridad.
Estudiemos, pues, a
los enemigos de toda perfección, ciegos a los astros. Existe una vastísima
bibliografía acerca de los inferiores e insuficientes desde el criminal y el
delirante hasta el retardado y el idiota; hay también una rica literatura
consagrada a estudiar el genio y el talento, amén de que la historia y el
arte convergen a mantener su culto.
Unos y otros son,
empero, excepciones. Lo habitual no es el genio ni el idiota, no es el
talento ni el imbécil. El hombre que nos rodea a millares, el que prospera y
se reproduce en el silencio y en la tiniebla, es el mediocre.
Toca al psicólogo
disecar su mente con firme escalpelo, como a los cadáveres el profesor
eternizado por Rembrandt en la Lección de anatomía: sus ojos parecen
iluminarse al contemplar las entrañas mismas de la naturaleza humana y sus
labios palpitan de elocuencia serena al decir su verdad a cuantos le rodean.
¿Por qué no tendemos
al hombre sin ideales sobre nuestra mesa de autopsias, hasta saber qué es,
cómo es, qué hace, qué piensa, para qué sirve? Su etopeya constituirá un
capítulo básico de la psicología y de la moral.
III
EN TORNO DEL HOMBRE MEDIOCRE
Con diversas
denominaciones, y desde puntos de vista heterogéneos, se ha intentado
algunas veces definir al hombre sin personalidad.
La filosofía, la
estadística, la antropología, la psicología. la estética y la moral han
contribuido a la determinación de tipos más o menos exactos; no se ha
advertido, sin embargo, el valor esencialmente social de la mediocridad. El
hombre mediocre -como, en general, la personalidad humana- sólo puede
definirse en relación a la sociedad en que vive, y por su función social.
Si pudiéramos medir
los valores individuales, graduarían-, se ellos en escala continua, de lo
bajo a lo alto. Entre los tipos extremos y escasos, observaríamos una masa
abundante de sujetos, más o menos equivalentes, acumulados en los grados
centrales de la serie. Vana ilusión sería la de quien pretendiera buscar
allí el hipotético arquetipo de la humanidad, el Hombre normal que buscara
ya Aristóteles; siglos más tarde la peregrina ocurrencia reapareció en el
torbellinesco espíritu de Pascal. Medianía, en efecto, no es sinónimo de
normalidad. El hombre normal no existe; no puede existir. La humanidad, como
todas las especies vivientes, evoluciona sin cesar; sus cambios opéranse
desigualmente en numerosos agregados sociales, distintos entre sí. El hombre
normal en una sociedad no lo es en otra; el de ha mil años no lo sería hoy,
ni en el porvenir.
Morel se equivocaba,
por olvidar eso, al concebirlo como un ejemplar de la "edición princeps" de
la Humanidad, lanzada a la circulación por el Supremo Hacedor. Partiendo de
esa premisa definía la degeneración, en todas sus formas, como una
divergencia patológica del perfecto ejemplar originario. De eso al culto por
el hombre primitivo había un paso; alejáronse, felizmente, de tal prejuicio
los antropólogos contemporáneos. El hombre -decimos ahora- es un animal que
evoluciona en las más recientes edades geológicas del planeta; no fue
perfecto en su origen, ni consiste su perfección en volver a las formas
ancestrales, surgidas de la animalidad simiesca. De no creerlo así,
renovaríamos las divertidísimas leyendas del ángel caído, del árbol del bien
y del mal, de la tentadora serpiente, de la manzana aceptada por Adán y del
paraíso perdido...
Quételet pretendió
formular una doctrina antropológica o social acerca del Hombre medio: su
ensayo es una inquisición estadística complicada por inocentes aplicaciones
del abusado in medio stat virtus.
No incurriremos en
el yerro de admitir que los hombres mediocres pueden reconocerse por
atributos físicos o morales que representen un término medio de los
observados en la especie humana. En ese sentido sería un producto abstracto,
sin corresponder a ningún individuo de existencia real.
El concepto de la
normalidad humana sólo podría ser relativo a determinado ambiente social;
¿serían normales los que mejor "marcan el paso", los que se alinean con más
exactitud en las filas de un convencionalismo social? En este sentido,
hombre normal no sería sinónimo .de hombre equilibrado, sino de Hombre
domesticado; la pasividad no es un equilibrio, no es complicada resultante
de energías, sino su ausencia. ¿Cómo confundir a los grandes equilibrados, a
Leonardo y a Goethe, con los amorfos? El equilibrio entre dos platillos
cargados no puede compararse con la quietud de una balanza vacía. El hombre
sin personalidad no es un modelo, sino una sombra; si hay peligros en la
idolatría de los héroes y los hombres representativos, a la manera de
Carlyle o Émerson, más los hay en repetir esas fábulas que permitirían mirar
como una aberración toda excelencia del carácter, de la virtud y del
intelecto. Bovio ha señalado este grave yerro, pintando al hombre medio con
rasgos psicológicos precisos: "Es dócil, acomodaticio a todas las pequeñas
oportunidades, adaptabilísimo a todas las temperaturas de un día variable,
avisado para los negocios, resistente a las combinaciones de los astutos;
pero dislocado de su mediocre esfera y ungido por una feliz combinación de
intrigas, él se derrumba siempre, en seguida, precisamente porque es un
equilibrista y no lleva en sí las fuerzas del equilibrio. Equilibrista no
significa equilibrado. Ése es el prejuicio más grave, del hombre mediocre
equilibrado y del genio desequilibrado".
En sus más
indulgentes comentaristas, ese pretendido equilibrio se establece entre
cualidades poco dignas de admiración, cuya resultante provoca más lástima
que envidia. Alguna vez recibió Lombroso un telegrama decididamente
norteamericano. Era, en efecto, de un gran diario, y solicitaba una extensa
respuesta telegráfica a la pregunta presentada con la sugerente
recomendación de un cheque: "¿Cuál es el hombre normal?" La respuesta
desconcertó, sin duda, a los lectores.
Lejos de alabar sus
virtudes, trazaba un cuadro de caracteres negativos y estériles: "Buen
apetito, trabajador, ordenado, egoísta, aferrado a sus costumbres,
misoneísta, paciente, respetuoso de toda autoridad, animal doméstico". O, en
más breves palabras, (ruges consumere natus, que dijo el poeta latino.
Con ligeras
variantes, esa definición evoca la del Filisteo: "Producto de la costumbre,
desprovisto de fantasía, ornado por todas las virtudes de la mediocridad,
llevando una vida honesta gracias a la moderación de sus exigencias,
perezoso en sus concepciones intelectuales, sobrellevando con paciencia
conmovedora todo el fardo de prejuicios que heredó de sus antepasados". En
estas líneas refléjanse las invectivas, ya clásicas, de Heine contra la
mentalidad que él creía corriente entre sus compatriotas. Por su parte,
Schopenhauer, en sus Aforismos, definió el perfecto filisteo como un ser que
se deja engañar por las apariencias y toma en serio todos los dogmatismos
sociales: constantemente ocupado de someterse a las farsas mundanas.
A esas definiciones
del hombre medio pueden aproximarse otras de carácter intelectual o
estético, no exentas de interés, aunque unilaterales. Para algunos, la
mediocridad consistiría en la ineptitud para ejercitar las más altas
cualidades del ingenio; para otros, sería la inclinación a pensar a ras de
tierra. Mediocre correspondería a Burgués, por contraposición a Artista.
Flaubert lo definió como "un hombre que piensa bajamente". Juzgado con ese
criterio, le parece detestable.
Tal resulta en la
magnífica silueta de Hello, traspapelado prosista católico que nos enseñó a
admirar Rubén Darío. Distingue al mediocre del imbécil; éste ocupa un
extremo del mundo y el genio ocupa el otro; el mediocre está en el centro.
¿Será, entonces, lo que en filosofía, en política o en literatura, se llama
un ecléctico, un justo medio? De ninguna manera, contesta. El que es
justo-medio lo sabe, tiene la intención de serlo; el hombre mediocre es
justo-medio sin sospecharlo. Lo es por naturaleza, no por opinión; por
carácter, no por accidente. En todo minuto de su vida, y en cualquier estado
de ánimo, será siempre mediocre. Su rasgo característico, absolutamente
inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás. No habla nunca;
repite siempre.
Juzga a los hombres
como los oye juzgar. Reverenciará a su más cruel adversario, si éste se
encumbra; desdeñará a su mejor amigo si nadie lo elogia. Su criterio carece
de iniciativas. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son
oficiales. Esa definición descriptiva -análoga a las que repitiera Barbey
D'Aurevilly-, posee muy sugestiva elocuencia, aunque parte de premisas
estéticas para llegar a conclusiones morales.
El "hombre normal"
de Bovio y Lombroso, corresponde al "filisteo" de Heine y de Schopenhauer,
aproximándose ambos al "burgués" antiartístico de Flaubert y Barbey
D'Aurevilly. Pero, fuerza es reconocerlo, tales definiciones son inseguras
desde el punto de vista de la psicología social; conviene buscar una más
exacta e inequívoca, abordando el problema por otros caminos.
IV
CONCEPTO SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD
Ningún hombre es
excepcional en todas sus aptitudes; pero no podría afirmarse que son
mediocres, a carta cabal, los que no descuellan en ninguna. Desfilan ante
nosotros como simples ejemplares de historia natural, con tanto derecho como
los genios y los imbéciles.
Existen: hay que
estudiarlos. El moralista dirá, después, si la mediocridad es buena o mala;
al psicólogo, por ahora, le es indiferente; observa los caracteres en el
medio social en que viven, los describe, los compara y los clasifica de
igual manera que otras naturalistas observan fósiles en un lecho de río o
mariposas en la corola de una flor.
No obstante las
infinitas diferencias individuales, existen grupos de hombres que pueden
englobarse dentro de tipos comunes; tales clasificaciones, simplemente
aproximativas, constituyen la ciencia de los caracteres humanos, la
Etología, que reconoce en Teofrasto su legítimo progenitor. Los antiguos
fundábanla sobre los temperamentos; los modernos buscan sus bases en la
preponderancia de ciertas funciones psicológicas. Esas clasificaciones,
admisibles desde algún punto de vista especial, son insuficientes para el
nuestro.
Si observamos
cualquier sociedad humana, el valor de sus componentes resulta siempre
relativo al conjunto: el hombre es un valor social.
Cada individuo es el
producto de dos factores: la herencia y la educación. La primera tiende a
proveerle de los órganos y las funciones mentales que le transmiten las
generaciones precedentes; la segunda es el resultado de las múltiples
influencias del medio social en que el individuo está obligado a vivir. Esta
acción educativa es, por consiguiente, una adaptación de las tendencias
hereditarias a la mentalidad colectiva: una continua aclimatación del
individuo en la sociedad.
El niño desarróllase
como un animal de la especie humana, hasta que empieza a distinguir las
cosas inertes de los seres vivos y a reconocer entre éstos a sus semejantes.
Los comienzos de su educación son, entonces, dirigidos por las personas que
le rodean, tornándose cada vez más decisiva la influencia del medio; desde
que ésta predomina, evoluciona como un miembro de su sociedad y sus hábitos
se organizan mediante la imitación. Más tarde, las variaciones adquiridas en
el curso de su experiencia individual pueden hacer que el hombre se
caracterice como una persona diferenciada dentro de la sociedad en que vive.
La imitación
desempeña un papel amplísimo, casi exclusivo, en la formación de la
personalidad social; la invención produce, en cambio, las variaciones
individuales. Aquélla es conservadora y actúa creando hábitos; ésta es
evolutiva y se desarrolla mediante la imaginación. La diversa adaptación de
cada individuo a su medio depende del equilibrio entre lo que imita y lo que
inventa. Todos no pueden inventar o imitar de la misma manera, pues esas
aptitudes se ejercitan sobre la base de cierta capacidad congénita,
inicialmente desigual, recibida mediante la herencia psicológica.
El predominio de la
variación determina la originalidad. Variar es ser alguien, diferenciarse es
tener un carácter propio, un penacho, grande o pequeño: emblema, al fin, de
que no se vive como simple reflejo de los demás. La función capital del
hombre mediocre es la paciencia imitativa; la del hombre superior es la
imaginación creadora.
El mediocre aspira
a. confundirse en los que le rodean; el original tiende a diferenciarse de
ellos. Mientras el uno se concreta a pensar con la cabeza de la sociedad, el
otro aspira a pensar con la propia. En ello estriba la desconfianza que
suele rodear a los caracteres originales: nada parece tan peligroso como un
hombre que aspira a pensar con su cabeza.
Podemos
recapitular. Considerando a cada individuo con relación a su medio, tres
elementos concurren a formar su personalidad: la herencia biológica, la
imitación social y la variación individual.
Todos, al nacer,
reciben como herencia de la especie los elementos para adquirir una
personalidad específica.
El hombre inferior
es un animal humano; en su mentalidad enseñoréanse las tendencias
instintivas condensadas por la herencia y que constituyen el "alma de la
especie". Su ineptitud para la imitación le impide adaptarse al medio social
en que vive; su personalidad no se desarrolla hasta el nivel corriente,
viviendo por debajo de la moral o de la cultura dominantes, y en muchos
casos fuera de la legalidad. Esa insuficiente adaptación determina su
incapacidad para pensar como los demás y compartir las rutinas comunes.
Los más, mediante la
educación imitativa, copian de las personas que los rodean una personalidad
social perfectamente adaptada.
El hombre mediocre
es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y está
perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las rutinas,
prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticidad. Así
como el inferior hereda el "alma de la especie", el mediocre adquiere el
"alma de la sociedad". Su característica es imitar a cuantos le rodean:
pensar con cabeza ajena y ser incapaz de formarse ideales propios.
Una minoría, además
de imitar la mentalidad social, adquiere variaciones propias, una
personalidad individual, netamente diferenciada.
El hombre superior
es un accidente provechoso para la evolución humana. Es original e
imaginativo, desadaptándose del medio social en la medida de su propia
variación. Ésta se sobrepone a atributos hereditarios del "alma de la
especie" y a las adquisiciones imitativas del "alma de la sociedad",
constituyendo las aristas singulares del "alma individual", que le
distinguen dentro de la sociedad. Es precursor de nuevas formas de
perfección, piensa mejor que el medio en que vive y puede sobreponer ideales
suyos a las rutinas de los demás.
V EL
ESPIRITU CONSERVADOR
Todo lo que existe es
necesario. Cada hombre posee un valor de contraste, si no lo tiene de
afirmación; es un detalle necesario en la infinita evolución del
proto-hombre al super-hombre. Sin la sombra ignoraríamos el valor de la luz.
La infamia nos induce a respetar la virtud; la miel no sería dulce si el
acíbar no enseñara a paladear la amargura; admiramos el vuelo del águila
porque conocemos el arrastramiento de la oruga; encanta más el gorjeo del
ruiseñor cuando se ha escuchado el silbido de la serpiente. El mediocre
representa un progreso, comparado con el imbécil, aunque ocupa su rango si
lo comparamos con el genio: sus idiosincrasias sociales son relativas al
medio y al momento en que actúa. De otra manera, si fuera intrínsecamente
inútil, no existiría: la selección natural habríale exterminado. Es
necesario para la sociedad, como las palabras lo son para el estilo. Pero no
bastaría, para crearlo, alinear todos los vocablos que yacen en el
diccionario; el estilo comienza donde aparece la originalidad individual.
Todos los hombres de
personalidad firme y de mente creadora, sea cual fuere su escuela filosófica
o su credo literario, son hostiles a la mediocridad. Toda creación es un
esfuerzo original; la historia conserva el nombre de pocos iniciadores y
olvida a innúmeros secuaces que los imitan. Los visionarios de verdades
nuevas, los apóstoles de moral, los innovadores de belleza -desde Renán y
Hugo hasta Guyau y Flaubert-, la miran como un obstáculo con que el pasado
obstruye el advenimiento de su labor renovadora.
Ante la moral
social, sin embargo, los mediocres encuentran una justificación, como todo
lo que existe por necesidad. El eterno contraste de las fuerzas que pujan en
las sociedades humanas, se traduce por la lucha entre dos grandes actitudes,
que agitan la mentalidad colectiva: el espíritu conservador o rutinario y el
espíritu original o de rebeldía.
Bellas páginas le
consagró Dorado. Cree imposible dividir la humanidad en dos categorías de
hombres, los unos rebeldes en todo y los otros en todo rutinarios; si así
fuera, no sabría decirse cuáles interpretan mejor la vida. No es factible un
vivir inmóvil de gentes todas conservadoras, ni lo es un inestable ajetreo
de rebeldes e insumisos, para quienes nada existente sea bueno y ningún
sendero digno de seguirse.
Es verosímil que
ambas fuerzas sean igualmente imprescindibles.
Obligados a elegir,
¿daríamos preferencia a una actitud conservadora? La originalidad necesita
un contrapeso robusto que prevenga sus excesos; habría ligereza en fustigar
a los hombres metódicos y de paso tardío, si ellos constituyeran los tejidos
sociales más resistentes, soporte de los otros. Lo mismo que en los
organismos, los distintos elementos sociales se sirven mutuamente de sostén;
en vez de mirarse como enemigos debieran considerarse cooperadores de una,
obra única, pero complicada. Si en el mundo no hubiera más que rebeldes, no
podría marchar; tornárase imposible la rebeldía si faltara contra quien
rebelarse. Y, sin los innovadores, ¿quién empujaría el carro de la vida
sobre el que van aquéllos tan satisfechos? En vez de combatirse, ambas
partes debieran entender que ninguna tendría motivo de existir como la otra
no existiese. El conservador sagaz puede bendecir al revolucionario, tanto
como éste a él. He aquí una nueva base para la tolerancia: cada hombre
necesita de su enemigo.
Si tuvieran igual
razón de ser los imitadores y los originales, como arguye el pensador
español, su justificación estaría hecha. Ser mediocre no es una culpa;
siéndolo, su conducta es legítima. ¿Aciertan los que sacan a su vida el
mayor jugo y procuran pasar lo mejor posible sus cortos días sobre la
tierra, sin consagrar una hora a su propio perfeccionamiento moral, sin
preocuparse de sus prójimos ni de las generaciones posteriores? ¿Es pecado
obrar de ese modo? ¿Pecan, tal vez, los que piensan en sí y viven para los
demás: los abnegados y los altruistas, los que sacrifican sus goces y
fuerzas en beneficio ajeno, renunciando a sus comodidades y aun a su vida,
como suele ocurrir? Por indefectible que sea pensar en el mañana y dedicarle
cierta parte de nuestros esfuerzos, es imposible dejar de vivir en el
presente, pensando en él, siquiera en parte. Antes que las generaciones
venideras están las actuales; otrora fueron futuras y para ellas trabajaron
las pasadas.
Este razonamiento,
aunque un tanto sanchesco, sería respetable, si colocáramos el problema en
el terreno abstracto del hombre extrasocial, es decir, fuera de toda sanción
presente y futura. Evidentemente, cada hombre es como es y no podría ser de
otra manera; haciendo abstracción de toda moralidad, tendría tan poca culpa
de su delito el asesino como de su creación el genio. El original y el
rutinario, el holgazán y el laborioso, el malo y el bueno, el generoso y el
avaro, todos lo son a pesar suyo; no lo serían si el equilibrio entre su
temperamento y la sociedad lo impidiesen.
¿Por qué, entonces, la
humanidad admira a los santos, a los genios y a los héroes, a todos los que
inventan, enseñan o plasman, a los que piensan en el porvenir, lo encarnan
en un ideal o forjan un imperio, a Sócrates y a Cristo, a Aristóteles y a
Bacon, a César y a Washington? Los aplaude, porque toda la sociedad tiene,
implícita, una moral, una tabla propia de valores que aplica para juzgar a
cada uno de sus componentes, no ya según las conveniencias individuales,
sino según su utilidad social. En cada pueblo y en cada época la medida de
lo excelso está en los ideales de perfección que se denominan genio,
heroísmo y santidad.
La imitación
conservadora debe, pues, ser juzgada por su función de resistencia,
destinada a contener el impulso creador de los hombres superiores y las
tendencias destructivas de los sujetos antisociales. En el prolegómeno de su
ensayo sobre el genio y el talento, Nordau hace su elogio irónico; para toda
mente elevada el filisteo es la bestia negra y en esa hostilidad ve una
evidente ingratitud. Le parece útil; con un poco de benevolencia llegaría a
concederle esa relativa belleza de las cosas perfectamente adaptadas a su
objeto. Es el fondo de perspectiva en el paisaje social. De su exigüidad
estética depende todo el relieve adquirido por las figuras que ocupan el
primer plano. Los ideales de los hombres superiores permanecerían en estado
de quimeras si no fueren recogidos y realizados por filisteos, desprovistos
de iniciativas personales, que viven esperando -con encantadora ausencia de
ideas propias -los impulsos y las sugestiones de los cerebros luminosos. Es
verdad que el rutinario no cede fácilmente a las instigaciones de los
originales; pero. su misma inercia es garantía de que sólo recoge las ideas
de probada conveniencia para el bienestar social. Su gran culpa consiste en
que se le encuentra sin necesidad de buscarlo; su número es inmenso.
A pesar de todo, es
necesario; constituye el público de esta comedia humana en que los hombres
superiores avanzan hasta las candilejas, buscando su aplauso y su sanción.
Nordau llega hasta decir con fina ironía: "Cada vez que algunos hombres de
genio se encuentren reunidos en torno de una mesa de cervecería, su primer
brindis, en virtud del derecho y de la moral, debiera ser para el filisteo".
Es tan exagerado ese
criterio irónico que proclama su conspicuidad, como el criterio estético que
lo relega a la más baja esfera mental, confundiéndolo con el hombre
inferior. Individualmente considerado a través del lente moral estético, es
una entidad negativa; pero tomados los mediocres en su conjunto, puede
reconocérseles funciones de lastre, indispensables para el equilibrio de la
sociedad.
Merecen esa
justicia. ¿La continuidad de la vida social sería posible sin esa compacta
masa de hombres puramente imitativos, capaces de conservar los hábitos
rutinarios que la sociedad les transfunde mediante la educación? El mediocre
no inventa nada, no crea, no empuja, no rompe, no engendra; pero, en cambio,
custodia celosamente la armazón de automatismos, prejuicios y dogmas
acumulados durante siglos, defendiendo ese capital común contra la asechanza
de los inadaptables. Su rencor a los creadores compénsase por su resistencia
a los destructores. Los hombres sin ideales desempeñan en la historia humana
el mismo papel que la herencia en la evolución biológica: conservan y
transmiten las variaciones útiles para la continuidad del grupo social.
Constituyen una fuerza destinada a contrastar el poder disolvente de los
inferiores y a contener las anticipaciones atrevidas de los visionarios. La
cohesión del conjunto los necesita, como un mosaico bizantino al cemento que
lo sostiene. Pero -hay que decirlo- el cemento no es el mosaico.
Su acción sería nula
sin el esfuerzo fecundo de los originales, que inventan lo imitado después
por ellos. Sin los mediocres no habría estabilidad en las sociedades; pero
sin los superiores no puede concebirse el progreso, pues la civilización
sería inexplicable en una raza constituida por hombres sin iniciativa.
Evolucionar es variar; solamente se varía mediante la invención. Los hombres
imitativos limítanse a atesorar las conquistas de los originales; la
utilidad del rutinario está subordinada a la existencia del idealista, como
la fortuna de los libreros estriba en el ingenio de los escritores. El "alma
social" es una empresa anónima que explota las creaciones de las mejores
"almas individuales", resumiendo las experiencias adquiridas y enseñadas por
los innovadores.
Son la minoría,
éstos; pero son levaduras de mayorías venideras.
Las rutinas
defendidas hoy por los mediocres son simples glosas colectivas de ideales,
concebidos ayer por hombres originales. El grueso del rebaño social va
ocupando, a paso de tortuga, las posiciones atrevidamente conquistadas mucho
antes por sus centinelas perdidos en la distancia; y éstos ya están muy
lejos cuando la masa cree asentar el paso a su retaguardia. Lo que ayer fue
ideal contra una rutina, será mañana rutina, a su vez, contra otro ideal.
Indefinidamente, porque la perfectibilidad es indefinida.
Si los hábitos
resumen la experiencia pasada de pueblos y de hombres, dándoles unidad, los
ideales orientan su experiencia venidera y marcan su probable destino. Los
idealistas y los rutinarios son factores igualmente indispensables, aunque
los unos recelen de los otros. Se complementan en la evolución social,
magüer se miren con oblicuidad.
Si los primeros
hacen más para el porvenir, los segundos interpretan mejor el pasado. La
evolución de una sociedad, espoleada por el afán de perfección y contenida
por tradiciones difícilmente removibles, detendríase para siempre sin el uno
y sufriría sobresaltos bruscos sin las otras.
VI
PELIGROS SOCIALES DE LA MEDIOCRIDAD
La psicología de los
hombres mediocres caracterizase por un riesgo común: la incapacidad de
concebir una perfección, de formarse un ideal.
Son rutinarios,
honestos y mansos; piensan con la cabeza de los demás, comparten la ajena
hipocresía moral y ajustan su carácter a las domesticidades convencionales.
Están fuera de su
órbita el ingenio, la virtud y la dignidad, privilegios de los caracteres
excelentes; sufren de ellos y los desdeñan. Son ciegos para las auroras;
ignoran la quimera del artista, el ensueño del sabio y la pasión del
apóstol. Condenados a vegetar, no sospechan que existe el infinito más allá
de sus horizontes.
El horror de lo
desconocido los ata a mil prejuicios, tornándolos timoratos e indecisos:
nada aguijonea su curiosidad; carecen de iniciativa y miran siempre al
pasado, como si tuvieran los ojos en la nuca.
Son incapaces de
virtud; no la conciben o les exige demasiado esfuerzo. Ningún afán de
santidad alborota la sangre en su corazón; a veces no delinquen por cobardía
ante el remordimiento.
No vibran a las
tensiones más altas de la energía; son fríos, aunque ignoren la serenidad;
apáticos sin ser previsores; acomodaticios siempre, nunca equilibrados. No
saben estremecerse de escalofrío bajo una tierna caricia, ni abalanzarse de
indignación ante una ofensa.
No viven su vida
para sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en la opinión de sus
similares. Carecen de línea; su personalidad se borra como un trazo de
carbón bajo el esfumino, hasta desaparecer.
Trocan su honor por
una prebenda y echan llave a su dignidad por evitarse un peligro;
renunciarían a vivir antes que gritar la verdad frente al error de muchos.
Su cerebro y su corazón están entorpecidos por igual, como los polos de un
imán gastado.
Cuando se arrebañan
son peligrosos. La fuerza del número suple a la febledad individual:
acomúnanse por millares para oprimir a cuantos desdeñan encadenar su mente
con los eslabones de la rutina.
Substraídos a la
curiosidad del sabio por la coraza de su insignificancia, fortifícanse en la
cohesión del total; por eso la mediocridad es moralmente peligrosa y su
conjunto es nocivo en ciertos momentos de la historia: cuando reina el clima
de la mediocridad.
Épocas hay en que el
equilibrio social se rompe en su favor. El ambiente tórnase refractario a
todo afán de perfección; los ideales se agostan y la dignidad se ausenta;
los hombres acomodaticios tienen su primavera florida. Los estados
conviértense en mediocracias; la falta de aspiraciones que mantengan alto el
nivel de moral y de cultura, ahonda la ciénaga constantemente.
Aunque aislados no
merezcan atención, en conjunto constituyen un régimen, representan un
sistema especial de intereses inconmovibles. Subvierten la tabla de los
valores morales, falseando nombres, desvirtuando conceptos: pensar es un
desvarío, la dignidad es irreverencia, es lirismo la justicia, la sinceridad
es tontera, la admiración una imprudencia, la pasión ingenuidad, la virtud
una estupidez.
En la lucha de las
conveniencias presentes contra los ideales futuros, de lo vulgar contra lo
excelente, suele verse mezclado el elogio de lo subalterno con la difamación
de lo conspicuo, sabiendo que el uno y la otra conmueven por igual a los
espíritus arrocinados. Los dogmatistas y los serviles aguzan sus silogismos
para falsear los valores en la conciencia social; viven en la mentira, comen
de ella, la siembran, la riegan, la podan, la cosechan. Así crean un mundo
de valores ficticios que favorece la culminación de los obtusos; así tejen
su sorda telaraña en torno de los genios, los santos y los héroes,
obstruyendo en los pueblos la admiración de la gloria. Cierran el corral
cada vez que cimbra en las cercanías el aletazo inequívoco de un águila.
Ningún idealismo es
respetado. Si un filósofo estudia la verdad, tiene que luchar contra los
dogmatistas momificados; si un santo persigue la virtud se astilla contra
los prejuicios morales del hombre acomodaticio; si el artista sueña nuevas
formas, ritmos o armonías, ciérranle el paso las reglamentaciones oficiales
de la belleza; si el enamorado quiere amar escuchando su corazón, se
estrella contra las hipocresías del convencionalismo; si un juvenil impulso
de energía lleva a inventar, a crear, a regenerar, la vejez conservadora
atájale el paso; si alguien, con gesto decisivo, enseña la dignidad, la
turba de los serviles le ladra; al que toma el camino de las cumbres, los
envidiosos le carcomen la reputación con saña malévola; si el destino llama
a un genio, a un santo o a un héroe para reconstituir una raza o un pueblo,
las mediocracias tácitamente regimentadas le resisten para encumbrar sus
propios arquetipos. Todo idealismo encuentra en esos climas su Tribunal del
Santo Oficio.
VII
LA VULGARIDAD
La vulgaridad es el
aguafuerte de la mediocridad. En la ostentación de lo mediocre reside la
psicología de lo vulgar; basta insistir en los rasgos suaves de la acuarela
para tener el aguafuerte.
Diríase que es una
reviviscencia de antiguos atavismos. Los hombres se vulgarizan cuando
reaparece en su carácter lo que fue mediocridad en las generaciones
ancestrales: los vulgares son mediocres de razas primitivas: habrían sido
perfectamente adaptados en sociedades salvajes, pero carecen de la
domesticación que los confundiría con sus contemporáneos. Si conserva una
dócil aclimatación en su rebaño, el mediocre puede ser rutinario, honesto y
manso, sin ser decididamente vulgar. La vulgaridad es una acentuación de los
estigmas comunes a todo ser gregario; sólo florece cuando las sociedades se
desequilibran en desfavor del idealismo. Es el renunciamiento al pudor de lo
innoble.
Ningún ajetreo
original la conmueve. Desdeña el verbo altivo y los romanticismos
comprometedores. Su mueca es fofa, su palabra muda, su mirar opaco. Ignora
el perfume de la flor, la inquietud de las estrellas, la gracia de la
sonrisa, el rumor de las alas. Es la inviolable trinchera opuesta al
florecimiento del ingenio y del buen gusto; es el altar donde oficia Panurgo
y cifra su ensueño Bertoldo en servirle de monaguillo.
La vulgaridad es el
blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos de su mediocridad; la
custodian como al tesoro el avaro. Ponen su mayor jactancia en exhibirla,
sin sospechar que es su afrenta. Estalla inoportuna en la palabra o en el
gesto, rompe en un solo segundo el encanto preparado en muchas horas,
aplasta bajo su zarpa toda eclosión luminosa del espíritu. Incolora, sorda,
ciega, insensible, nos rodea y nos acecha; deléitase en lo grotesco, vive en
lo turbio, se agita en las tinieblas. Es a la mente lo que son al cuerpo los
defectos físicos, la cojera o el estrabismo: es incapacidad de pensar y de
amar, incomprensión de lo bello, desperdicio de la vida, toda la sordidez.
La conducta, en sí misma, no es distinguida ni vulgar; la intención
ennoblece los actos, los eleva, los idealiza y, en otros casos, determina su
vulgaridad.
Ciertos gestos, que
en circunstancias ordinarias serían sórdidos, pueden resultar poéticos,
épicos; cuando Cambronne, invitado por el enemigo a rendirse, responde su
palabra memorable, se eleva a un escenario homérico y es sublime.
Los hombres vulgares
querrían pedir a Circe los brebajes con que transformó en cerdos a los
compañeros de Ulises, para recetárselos a todos los que poseen un ideal. Los
hay en todas partes y siempre que ocurre un recrudecimiento de la
mediocridad: entre la púrpura lo mismo que entre la escoria, en la avenida y
en el suburbio, en los parlamentos y en las cárceles, en las universidades y
en los pesebres. En ciertos momentos osan llamar ideales a sus apetitos,
como si la urgencia de satisfacciones inmediatas pudiera confundirse con el
afán de perfecciones infinitas. Los apetitos se hartan; los ideales nunca.
Repudian las cosas
líricas porque obligan a pensamientos muy altos y a gestos demasiado dignos.
Son incapaces de estoicismos: su frugalidad es un cálculo para gozar más
tiempo de los placeres, reservando mayor perspectiva de goces para la vejez
impotente. Su generosidad es siempre dinero dado a usura. Su amistad es una
complacencia servil o una adulación provechosa. Cuando creen practicar
alguna virtud, degradan la honestidad misma, afeándola con algo de miserable
o bajo que la macula.
Admiran el
utilitarismo egoísta, inmediato, menudo, al contado.
Puestos a elegir,
nunca seguirán el camino que les indique su propia inclinación, sino el que
les marcaría el cálculo de sus iguales. Ignoran que toda grandeza de
espíritu exige la complicidad del corazón. Los ideales irradian siempre un
gran calor; sus prejuicios, en cambio, son fríos, porque son ajenos. Un
pensamiento no fecundado por la pasión es como los soles de invierno;
alumbran pero, bajo sus rayos se puede morir helado. La bajeza del propósito
rebaja el mérito de todo esfuerzo y aniquila las cosas elevadas. Excluyendo
el ideal queda suprimida la posibilidad de lo sublime. La vulgaridad es un
cierzo que hiela todo germen de poesía capaz de embellecer la vida.
El hombre sin
ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un comercio, de la filosofía
un instrumento, de la virtud una empresa, de la caridad una fiesta, del
placer un sensualismo. La vulgaridad transforma el amor de la vida en
pusilanimidad, la prudencia en cobardía, el orgullo en vanidad, el respeto
en servilismo. Lleva a la ostentación. a la avaricia, a la falsedad, a la
avidez, a la simulación; detrás del hombre mediocre asoma el antepasado
salvaje que conspira en su interior acosado por el hambre de atávicos
instintos y sin otra aspiración que el hartazgo.
En esas crisis,
mientras la mediocridad tórnase atrevida y militante, los idealistas viven
desorbitados, esperando otro clima. Enseñan a purificar la conducta en el
filtro de un ideal; imponen su respeto a los que no pueden concebirlo. En el
culto de los genios, de los santos y de los héroes, tienen su arma;
despertándolo, señalando ejemplos a las inteligencias y a los corazones,
puede amenguarse la omnipotencia de la vulgaridad, porque en toda larva
sueña, acaso, una mariposa. Los hombres que vivieron en perpetuo
florecimiento de virtud, revelan con su ejemplo que la vida puede ser
intensa y conservarse digna; dirigirse a la cumbre, sin encharcarse en
lodazales tortuosos; encresparse de pasión, tempestuosamente, como el
océano, sin que la vulgaridad enturbie las aguas cristalinas de la ola, sin
que el rutilar de sus fuentes sea opacado por el limo.
En la meditación de
viaje, oyendo silbar el viento entre las jarcias, la humanidad nos pareció
como un velero que cruza el tiempo infinito, ignorando su punto de partida y
su destino remoto. Sin velas, sería estéril la pujanza del viento; sin
viento, de nada servirían las lonas más amplias. La mediocridad es el
complejo velamen de las sociedades, las resistencias que éstas oponen al
viento para utilizar su pujanza; la energía que infla las velas, y arrastra
el buque entero, y lo conduce, y lo orienta, son los idealistas: siempre
resistidos por aquélla. Así resistiéndolos, como las velas al viento-, los
rutinarios aprovechan el empuje de los creadores. El progreso humano es la
resultante de ese contraste perpetuo entre masas inertes y energías
propulsoras.
CAPÍTULO II
LA MEDIOCRIDAD
INTELECTUAL
I. El hombre
rutinario. - II. Los estigmas de la mediocridad intelectual.
- III. La
maledicencia: una alegoría de Bottlcelli. - IV. El sendero de la gloria.
I EL
HOMBRE RUTINARIO
La Rutina es un
esqueleto fósil cuyas piezas resisten a la carcoma de los siglos. No es hija
de la experiencia; es su caricatura. La una es fecunda y engendra verdades;
estéril la otra y las mata.
En su órbita giran
los espíritus mediocres. Evitan salir de ella y cruzar espacios nuevos;
repiten que es preferible lo malo conocido a lo bueno por conocer. Ocupados
en disfrutar lo existente, cobran horror a toda innovación que turbe su
tranquilidad y les procure desasosiegos.
Las ciencias, el
heroísmo, las originalidades, los inventos, la virtud misma, parécenles
instrumentos del mal, en cuanto desarticulan los resortes de sus errores:
como en los salvajes, en los niños y en las clases incultas.
Acostumbrados a
copiar escrupulosamente los prejuicios del medio en que viven, aceptan sin
contralor las ideas destiladas en el laboratorio social: como esos enfermos
de estómago inservible que se alimentan con substancias ya digeridas en lo
frascos de las farmacias.
Su impotencia para
asimilar ideas nuevas los constriñe a frecuentar las antiguas.
La Rutina, síntesis
de todos los renunciamientos, es el hábito de renunciar a pensar. En los
rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia aherrumbra su inteligencia.
Cada hábito es un riesgo, porque la familiaridad aviene a las cosas
detestables y a las personas indignas. Los actos que al principio provocaban
pudor, acaban por parecen naturales; el ojo percibe los tonos violentos como
simples matices, el oído escucha las mentiras con igual respeto que las
verdades, el corazón aprende a no agitarse por torpes acciones.
Los prejuicios son
creencias anteriores a la observación; los juicios, exactos o erróneos, son
consecutivos a ella. Todos los individuos poseen hábitos mentales; los
conocimientos adquiridos facilitan los venideros y marcan su rumbo. En
cierta medida nadie puede substraérseles. No son exclusivos de los hombres
mediocres; pero en ellos representan siempre una pasiva obsecuencia al error
ajeno. Los hábitos adquiridos por los hombres originales son genuinamente
suyos, le son intrínsecos: constituyen su criterio cuando piensan y su
carácter cuando actúan; son individuales e inconfundibles. Difieren
substancialmente de la Rutina, que es colectiva y siempre perniciosa,
extrínseca al individuo, común al rebaño: consiste en contagiarse los
prejuicios que infestan la cabeza de los demás. Aquéllos caracterizan a los
hombres; ésta empaña a las sombras. El individuo se plasma los primeros; la
sociedad impone la segunda. La educación oficial involucra ese peligro:
intenta borrar toda originalidad poniendo iguales prejuicios en cerebros
distintos. La acechanza persiste en el inevitable trato mundano con hombres
rutinarios. El contagio mental flota en la atmósfera y acosa por todas
partes; nunca se ha visto un tonto originalizado por contigüidad y es
frecuente que un ingenio se amodorre entre pazguatos.
Es más contagiosa la
mediocridad que el talento.
Los rutinarios
razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por el deseo ajeno,
encalónanse en su casillero social y se catalogan como reclutas en las filas
de un regimiento. Son dóciles a la presión del conjunto, maleables bajo el
peso de la opinión pública que los achata como un inflexible laminador.
Reducidos a vanas sombras, viven del juicio ajeno; se ignoran a sí mismos,
limitándose a creerse como los creen los demás. Los hombres excelentes, en
cambio, desdeñan la opinión ajena en la justa proporción en que respetan la
propia, siempre más severa, o la de sus iguales.
Son zafios, sin
creerse por ello desgraciados. Si no presumieran de razonables, su
absurdidad enternecería. Oyéndoles hablar una hora parece que ésta tuviese
mil minutos. La ignorancia es su verdugo, como lo fue otrora del siervo y lo
es aún del salvaje; ella los hace instrumentos de todos los fanatismos,
dispuestos a la domesticidad, incapaces de gestos dignos. Enviarían en
comisión a un lobo y un cordero, sorprendiéndose sinceramente si el lobo
volviera solo. Carecen de buen gusto y de aptitud para adquirirlo. Si el
humilde guía de museo no los detiene con insistencia, pasan indiferentes
junto a una madona del Angélico o un retrato de Rembrandt; a la salida se
asombran ante cualquier escaparate donde haya oleografías de toreros
españoles o generales americanos.
Ignoran que el
hombre vale por su saber; niegan que la cultura es la más honda fuente de la
virtud. No intentan estudiar; sospechan, acaso, la esterilidad de su
esfuerzo, como esas mulas que por la costumbre de marchar al paso han
perdido el uso del galope. Su incapacidad de meditar acaba por convencerles
de que no hay problemas difíciles y cualquier reflexión paréceles un
sarcasmo; prefieren confiar en su ignorancia para adivinarlo todo. Basta que
un prejuicio sea inverosímil para que lo acepten y lo difundan; cuando creen
equivocarse, podemos jurar que han cometido la imprudencia de pensar. La
lectura les produce efectos de envenenamiento. Sus pupilas se deslizan
frívolamente sobre centones absurdos; gustan de los más superficiales, de
esos en que nada podría aprender un espíritu claro, aunque resultan bastante
profundos para empantanar al torpe. Tragan sin digerir, hasta el empacho
mental: ignoran que el hombre no vive de lo que engulle, sino de lo que
asimila. El atascamiento puede convertirlos en eruditos y la repetición
darles hábitos de rumiante. Pero, apiñar datos no es aprender; tragar no es
digerir. La más intrépida paciencia no hace de un rutinario un pensador; la
verdad hay que saberla amar y sentir. Las nociones mal digeridas sólo sirven
para atorar el entendimiento.
Pueblan su memoria
con máximas de almanaque y las resucitan de tiempo en tiempo, como si fueran
sentencias. Su celebración precaria tartamudea pensamientos adocenados,
haciendo gala de simplezas que son la espuma inocente de su tontería.
Incapaces de espolear su propia cabeza, renuncian a cualquier sacrificio,
alegando la inseguridad del resultado; no sospechan que "hay más placer en
marchar hacia la verdad que en llegar a ella".
Sus creencias,
amojonadas por los fanatismos de todos los credos, abarcan zonas
circunscritas por supersticiones pretéritas. Llaman ideales a sus
preocupaciones, sin advertir que son simple rutina embotellada, parodias de
razón, opiniones sin juicio. Representan el sentido común desbocado, sin el
freno del buen sentido.
Son prosaicos. No
tienen afán de perfección: la ausencia de ideales impídeles poner en sus
actos el grano de sal que poetiza la vida.
Satúrales esa humana
tontería que obsesionaba a Flaubert insoportablemente. La ha descrito en
muchos personajes, tanta parte tiene en la vida real. Homais y Gournisieu
son sus prototipos; es imposible juzgar si es más tonto el racionalismo
acometido del boticario librepensador o la casuística untuosa del
eclesiástico profesional. Por eso los hizo felices, de acuerdo con su
doctrina: "Ser tonto, egoísta, y tener una buena salud, he ahí las tres
condiciones para ser feliz. Pero si os falta la primera todo está perdido".
Sancho Panza es la
encarnación perfecta de esa animalidad humana: resume en su persona las más
conspicuas proporciones de tontería, egoísmo y salud. En hora para él
fatídica llega a maltratar a su amo, en una escena que simboliza el
desbordamiento villano de la mediocridad sobre el . idealismo. Horroriza
pensar que escritores españoles, creyendo mitigar con ello los estragos de
la quijotería, hanse tornado apologistas del grosero Panza. oponiendo su
bastardo sentido práctico a los quiméricos ensueños del caballero; hubo
quien lo encontró cordial, fiel, crédulo, iluso, en grado que¡ lo hiciera un
símbolo ejemplar de pueblos. ¿Cómo no distinguir que el uno tiene ideales y
el otro apetitos, el uno dignidad y el otro servilismo, el uno fe y el otro
credulidad, el uno delirios originales de su cabeza y el otro absurdas
creencias imitadas de la ajena? A todos respondió con honda emoción el autor
de la Vida de Don Quijote y Sancho, donde el conflicto espiritual entre el
señor y el lacayo se resuelve en la evocación de las palabras memorables
pronunciadas por el primero: "asno eres y asno has de ser y en asno has de
parar cuando se te acabe el curso de la vida"; dicen los biógrafos que
Sancho lloró, hasta convencerse de que para serlo faltábale solamente la
cola. El símbolo es cristiano. La moraleja no lo es menor: frente a cada
forjador de ideales se alinean impávidos mil Sanchos, como si para contener
el advenimiento de la verdad hubieran de complotarse todas las huestes de la
estulticia.
El resol de la
originalidad ciega al hombre rutinario. Huye de los pensadores alados,
albino ante su luminosa reverberación. Teme embriagarse con el perfume de su
estilo. Si estuviese en su poder los proscribiría en masa, restaurando la
Inquisición o el Terror: aspectos equivalentes de un mismo celo dogmatista.
Todos los rutinarios
son intolerantes; su exigua cultura los condena a serlo. Defienden lo
anacrónico y lo absurdo; no permiten que sus opiniones sufran el contralor
de la experiencia. Llaman hereje al que busca una verdad o persigue un
ideal; los negros queman a Bruno y Servet, los rojos decapitan a Lavoisier y
Chenier. Ignoran la sentencia de Shakespeare: "El hereje no es el que arde
en la hoguera, sino el que la enciende". La tolerancia de los ideales ajenos
es virtud suprema en los que piensan. Es difícil para los semicultos;
inaccesible. Exige *un perpetuo esfuerzo de equilibrio ante el error, de
lo.; demás; enseña a soportar esa consecuencia legítima (le la falibilidad
de todo juicio humano. El que se ha fatigado mucho para formar sus
creencias, sabe respetar las de los demás. La tolerancia es el respeto en
los otros de una virtud propia; la firmeza de las convicciones,
reflexivamente adquiridas, hace estimar en los mismos adversarios un mérito
cuyo precio se conoce.
Los hombres
rutinarios desconfían de su imaginación, santiguándose cuando ésta les
atribula con heréticas tentaciones. Reniegan de la verdad y de la virtud si
ellas demuestran el error de sus prejuicios; muestran grave inquietud cuando
alguien se atreve a perturbarlos.
Astrónomos hubo que
se negaron a mirar el cielo a través del telescopio, temiendo ver
desbaratados sus errores más firmes.
En toda nueva idea
presienten un peligro; si les dijeran que sus prejuicios son ideas nuevas,
llegarían a creerlos peligrosos. Esa ilusión les hace decir paparruchas con
la solemne prudencia de augures que temen desorbitar al mundo con sus
profecías. Prefieren el silencio y la inercia; no pensar es su única manera
de no equivocarse. Sus cerebros son casas de hospedaje, pero sin dueño; los
demás piensan por ellos, que agradecen en lo íntimo ese favor.
En todo lo que no
hay prejuicios definitivamente consolidados, los rutinarios carecen de
opinión. Sus ojos no saben distinguir la luz de la sombra, coro los palurdos
no distinguen el oro del dublé: confunden la, tolerancia con la cobardía, la
discreción con el servilismo, la complacencia con la indignidad, la
simulación con el mérito. Llaman insensatos a los que suscriben mansamente
los errores consagrados y conciliadores a los que renuncian a tener
creencias propias: la originalidad en el pensar les produce escalofríos.
Comulgan en todos los altares, apelmazando creencias incompatibles y
llamando eclecticismo a sus chafarrinadas; creen, por eso, descubrir una
agudeza particular en el arte de no comprometerse con juicios decisivos. No
sospechan que la duda del hombre superior fue siempre de otra especie, antes
ya de que lo explicara Descartes: es afán de rectificar los propios errores
hasta aprender que toda creencia es falible y que los ideales admiten
perfeccionamientos indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no se corrigen ni
se desconvencen nunca; sus prejuicios son como los clavos: cuanto más se
golpean más se adentran. Se tedian con los escritores que dejan rastro donde
ponen la mano, denunciando una personalidad en cada frase, máxime si
intentan subordinar el estilo de las ideas; prefieren las desteñidas
lucubraciones de los autores apampanados, exentas de las aristas que dan
relieve a toda forma y cuyo mérito consiste en transfigurar vulgaridades
mediante barrocos adjetivos. Si un ideal parpadea en las páginas, si la
verdad hace crujir el pensamiento en las frases, los libros parécenles
material de hoguera; cuando ellos pueden ser un punto luminoso en el
porvenir o hacia la perfección, los rutinarios les desconfían.
La caja cerebral
del hombre rutinario es un alhajero vacío. No pueden razonar por sí mismos,
como si el seso les faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando el
creador pobló el mundo de hombres, comenzó por fabricar los cuerpos a guisa
de maniquíes. Antes de lanzarlos a la circulación levantó sus calotas
craneanas y llenó las cavidades con pastas divinas, amalgamando las
aptitudes y cualidades del espíritu, buenas y malas. Fuera imprevisión al
calcular las cantidades, o desaliento al ver los primeros ejemplares de su
obra maestra, quedaron muchos sin mezcla y fueron enviados al mundo sin nada
dentro. Tal legendario origen explicaría la existencia de hombres cuya
cabeza tiene una significación puramente ornamental.
Viven de una vida
que no es vivir. Crecen y mueren como las plantas. No necesitan ser curiosos
ni observadores. Son prudentes, por definición, de una prudencia
desesperante: si uno de ellos pasara junto al campanario inclinado de Pisa,
se alejaría de él, temiendo ser aplastado. El hombre original, imprudente,
se detiene a contemplarlo; un genio va más lejos; trepa al campanario,
observa, medita, ensaya, hasta descubrir las leyes más altas de la física.
Galileo.
Si la humanidad hubiera
contado solamente con los rutinarios, nuestros conocimientos no excederían
de los que tuvo el ancestral hominidio. La cultura es el fruto de la
curiosidad, de esa inquietud misteriosa que invita a mirar el fondo de todos
los abismos. El ignorante no es curioso; nunca interroga a la naturaleza.
Observa Ardigó que las personas vulgares pasan la vida entera viendo la luna
en su sitio, arriba, sin preguntarse por qué está siempre allí, sin caerse;
más bien creerán que el preguntárselo no es propio de un hombre cuerdo.
Dirían que está allí
porque es su sitio y encontrarán extraño que se busque la explicación de
cosa tan natural. Sólo el hombre de buen sentido, que cometa la incorrección
de oponerse al sentido común, es decir, un original o un genio -que en esto
se homologan-, puede formular la pregunta sacrílega: ¿por qué la luna está
allí y no cae? Ese hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton, .un
audaz a quien incumbe adivinar algún parecido entre la pálida lámpara
suspendida en el cielo y la manzana que cae del árbol mecido por la brisa.
Ningún rutinario habría descubierto que una misma fuerza hace girar la luna
hacia arriba y caer la manzana hacia abajo.
En esos hombres,
inmunes a la pasión de la verdad, supremo ideal a que sacrifican su vida
pensadores y filósofos, no caben impulsos de perfección. Sus inteligencias
son como las aguas muertas; se pueblan de gérmenes nocivos y acaban por
descomponerse. El que no cultiva su mente, va derecho a la disgregación de
su personalidad. No desbaratar la propia ignorancia es perecer en vida. Las
tierras fértiles se enmalezan cuando no son cultivadas; los espíritus
rutinarios se pueblan de prejuicios, que los esclavizan.
II
LOS ESTIGMAS DE LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL
En el verdadero hombre
mediocre la cabeza es un simple adorno del cuerpo. Si nos oye decir que
sirve para pensar, cree que estamos locos. Diría que lo estuvo Pascal si
leyera sus palabras decisivas: "Puedo concebir un hombre sin manos, sin
pies; llegaría hasta concebirlo sin cabeza, si la experiencia no me enseñara
que por ella se piensa. Es el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin
él no podemos concebirlo" (Pensées; XXIII). Si de esto dedujéramos que quien
no piensa no existe, la conclusión le desternillaría de risa.
Nacido sin esprit de
finesse, desesperaríase en vano por adquirirlo. Carece de perspicacia
adivinadora; está condenado a no adentrarse en las cosas o en las personas.
Su tontería no presenta soluciones de continuidad. Cuando la envidia le
corroe, puede atornasolarse de agridulces perversidades; fuera de tal caso,
diríase que el armiño de su candor no presenta una sola mancha de ingenio.
El mediocre es
solemne. En la pompa grandílocua de las exterioridades busca un disfraz para
su íntima oquedad; acompaña con fofa retórica los mínimos actos y pronuncia
palabras insubstanciales, como si la Humanidad entera quisiese oírlas. Las
mediocracias exigen de sus actores cierta seriedad convencional, que da
importancia en la fantasmagoría colectiva. Los exitistas lo saben; se
adaptan a ser esas vacuas "personalidades de respeto", certeramente
acribilladas por Stirner y expuestas por Nietzsche a la burla de todas las
posteridades. Nada hacen por dignificar su yo verdadero, afanándose tan sólo
por inflar su fantasma social. Esclavos de la sombra que sus apariencias han
proyectado en la opinión de los demás, acaban por preferirla a sí mismos.
Ese culto de la
sombra oblígalos a vivir en continua alarma; suponen que basta un momento de
distracción para comprometer la obra pacientemente elaborada en muchos años.
Detestan la risa, temerosos de que el gas pueda escaparse por la comisura de
los labios y el globo se desinfle. Destituirían a un funcionario del Estado
si le sorprendieran leyendo a Boccaccio, Quevedo o Rabelais; creen que el
buen humor compromete la respetuosidad y estimula el hábito anarquista de
reír.
Constreñidos a
vegetar en horizontes estrechos, llegan hasta desdeñar todo lo ideal y todo
lo agradable, en nombre de lo inmediatamente provechoso. Su miopía mental
impídeles comprender el equilibrio supremo entre la elegancia y la fuerza,
la belleza y la sabiduría. "Donde creen descubrir las gracias del cuerpo, la
agilidad, la destreza, la flexibilidad, rehusan los dones del alma: la
profundidad, la reflexión, la sabiduría. Borran de la historia que el más
sabio y el más virtuoso de los hombres -Sócrates- bailaba". Esta aguda
advertencia de Montaigne, en los Ensayos, mereció una corroboración de
Pascal en sus Pensamientos: "Ordinariamente suele imaginarse a Platón y
Aristóteles con grandes togas y como personajes graves y serios. Eran buenos
sujetos, que jaraneaban, como los demás, en el seno de la amistad.
Escribieron sus leyes y sus retratos de política para distraerse y
divertirse; ésa era la parte menos filosófica de su vida. La más filosófica
era vivir sencilla y tranquilamente". El hombre mediocre que renunciara a su
solemnidad, quedaría desorbitado; no podría vivir.
Son modestos, por
principio. Pretenden que todos lo sean, exigencia tanto más fácil por cuanto
en ellos sobra la modestia, desde que están desprovistos de méritos
verdaderos. Consideran tan nocivo al que afirma las propias superioridades
en voz alta como al que ríe de sus convencionalismos suntuosos. Llaman
modestia a la prohibición de reclamar los derechos naturales del genio, de
la santidad o del heroísmo. Las únicas víctimas de esa falsa virtud son los
hombres excelentes, constreñidos a no pestañear mientras los envidiosos
empañan su gloria.
Para los tontos nada
más fácil que ser modestos: lo son por necesidad irrevocable; los más
inflados lo fingen por cálculo, considerando que esa actitud es el
complemento necesario de la solemnidad y deja sospechar la existencia de
méritos pudibundos. Heine dijo: "Los charlatanes de la modestia son los
peores de todos". Y Goethe sentenció: "Solamente los bribones son modestos".
Ello no obsta para que esa reputación sea un tesoro en las mediocracias. Se
presume que el modesto nunca pretenderá ser original, ni alzará su palabra,
ni tendrá opiniones peligrosas, ni desaprobará a los que gobiernan, ni
blasfemará de los dogmas sociales: el hombre que acepta esa máscara
hipócrita renuncia a vivir más de lo que permiten sus cómplices. Hay, es
cierto, otra forma de modestia, estimable como virtud legítima: es el afán
decoroso de no gravitar sobre los que nos rodean, sin declinar por ello la
más leve partícula de nuestra dignidad. Tal modestia es un simple respeto de
sí mismo y de los demás. Esos hombres son raros; comparados con los falsos
modestos, son como los tréboles de cuatro hojas. Fracasados hay que se creen
genios no comprendidos y se resignan a ser modestos para complacer a la
mediocracia que puede transformarlos en funcionarios; y son mediocres, lo
mismo que los otros, con más la cataplasma de la modestia sobre las úlceras
de su mediocridad. En ellos, como sentenció La Bruyére, "la falsa modestia
es el último refinamiento de la vanidad". La mentira de Tartarín es
ridícula; pero la de Tartufo es ignominiosa.
Adoran el sentido
común, sin saber de seguro en qué consiste; confúndenlo con el buen sentido,
que es su síntesis. Dudan cuando las demás resuelven dudar y son eclécticos
cuando los otros lo son: llaman eclecticismo al sistema de los que, no
atreviéndose a tener ninguna opinión, se apropian de todo un poco y logran
encender una vela en el altar de cada santo. Temerosos de pensar, como si
fincasen en ello el pecado mayor de los siete capitales, pierden la aptitud
para todo juicio; por eso cuando un mediocre es juez, aunque comprenda que
su deber es hacer justicia, se somete a la rutina y cumple el triste oficio
de no hacerla nunca y embrollarla con frecuencia.
El temor de
comprometerse les lleva a simpatizar con un precavido escepticismo. Bueno es
desconfiar del hipócrita que elogia todo y del fracasado que todo lo
encuentra detestable; pero es cien veces menos estimable el hombre incapaz
de un sí y de un no, el que vacila para admirar lo digno y execrar lo
miserable. En el primer capítulo de los Caracteres parece referirse a ellos,
La Bruyére, en un párrafo copiado por Hello: "Pueden llegar a sentir la
belleza de un manuscrito que se les lee, pero no osan declarar en su favor
hasta que hayan visto su curso en el mundo y escuchado la opinión de los
presuntos competentes; no arriesgan su voto, quieren ser llevados por la
multitud. Entonces dicen que han sido los primeros en aprobar la obra y
cacarean que el público es de su opinión". Temerosos de juzgar por sí
mismos, se consideran obligados a dudar de los jóvenes; ello no les impide,
después de su triunfo, decir que fueron sus descubridores. Entonces
prodíganles juramentos de esclavitud que llaman palabras de estímulo: son el
homenaje de su pavor inconfesable. Su protección a toda superioridad ya
irresistible, es un anticipo usuario sobre la gloria segura: prefieren
tenerla propicia a sentirla hostil.
Hacen mal por
imprevisión o por inconsciencia, como los niños que matan gorriones a
pedradas. Traicionan por descuido. Comprometen por distracción. Son
incapaces de guardar un secreto; confiárselo equivale a ocultar un tesoro en
caja de vidrio. Si la vanidad no les tienta, suelen atravesar la penumbra
sin herir ni ser heridos, llevando a cuestas cierto optimismo de Pangloss. A
fuerza de paciencia pueden adquirir alguna habilidad parcial, como esos
autómatas perfeccionados que honran a la juguetería moderna: podría
concedérseles una especie de viveza, quisicosa del ser y del no ser,
intermediaria entre una estupidez complicada y una travesura inocente.
Juzgan las palabras sin advertir que ellas se refieren a cosas; se convencen
de lo que ya tiene un sitio marcado en su mollera y muéstranse esquivos a lo
que no encaja en su espíritu. Son feligreses de la palabra; no ascienden a
la idea ni conciben el ideal. Su mayor ingenio es siempre verbal y sólo
llegan al chascarrillo, que es una prestidigitación de palabras; tiemblan
ante los que pueden jugar con las ideas y producir esa gracia del espíritu
que es la paradoja. Mediante ésta se descubren los puntos de vista que
permiten conciliar los contrarios y se enseña que toda creencia es relativa
al que la cree pudiendo sus contrarias ser creídas por otros al mismo
tiempo.
La mediocridad
intelectual hace al hombre solemne, modesto, indeciso y obtuso. Cuando no le
envenenan la vanidad y la envidia, diríase que duerme sin soñar. Pasea su
vida por las llanuras; evita mirar desde las cumbres que escalan los
videntes y asomarse a los precipicios que sondan los elegidos. Vive entre
los engranajes de la rutina.
III
LA MALEDICENCIA
Si se limitaran a
vegetar, agobiados como cariátides bajo el peso de sus atributos, los
hombres sin ideales escaparían a la reprobación y a la alabanza.
Circunscritos a su órbita, serían tan respetables como los demás objetos que
nos rodean. No hay culpa en nacer sin dotes excepcionales; no podría
exigírseles que treparan las cuestas riscosas por donde ascienden los
ingenios preclaros. Merecerían la indulgencia de los espíritus
privilegiados, que no la rehusan a los imbéciles inofensivos. Estos últimos,
con ser más indigentes, pueden justificarse ante un optimismo risueño:
zurdos en todo, rompen el tedio y hacen parecer la vida menos larga,
divirtiendo a los ingeniosos y ayudándolos a andar el camino. Son buenos
compañeros y depositan el., bazo durante la marcha: habría que agradecerles
los servicios que prestan sin sospecharlo.
Los mediocres, lo
mismo que los imbéciles, serían acreedores a esa amable tolerancia mientras
se mantuvieran a la capa; cuando renuncian a imponer sus rutinas son
sencillos ejemplares del rebaño humano, siempre dispuestos a ofrecer su lana
a los pastores.
Desgraciadamente,
suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden tocar la zampoña, con la
irrisoria pretensión de sus desafinamientos. Tórnanse entonces peligrosos y
nocivos. Detestan a los que no pueden igualar, como si con sólo existir los
ofendieran. Sin alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos: la
exigüidad del propio valimiento les induce a roer el mérito ajeno. Clavan
sus dientes en toda reputación que les humilla, sin sospechar que nunca es
más vil la conducta humana. Basta ese rasgo para distinguir al doméstico del
digno, al ignorante del sabio, al hipócrita del virtuoso, al villano del
gentilhombre. Los lacayos pueden hozar en la fama; los hombres excelentes no
saben envenenar la vida ajena.
Ninguna escena
alegórica posee más honda elocuencia que el cuadro famoso de Sandro
Botticelli. La calumnia invita a meditar con doloroso recogimiento; en toda
la Galería de los Oficios parecen resonar las palabras que el artista -no lo
dudamos- quiso poner en labios de la Verdad, para consuelo de la víctima: en
su encono está la medida de su mérito...
La Inocencia yace,
en el centro del cuadro, acoquinada bajo el infame gesto de la Calumnia. La
Envidia la precede; el Engaño y la Hipocresía la acompañan. Todas las
pasiones viles y traidoras suman su esfuerzo implacable para el triunfo del
mal. El Arrepentimiento mira de través hacia el opuesto extremo, donde está,
como siempre sola y desnuda, la Verdad; contrastando con el salvaje ademán
de sus enemigas, ella levanta su índice al cielo en una tranquila apelación
a la justicia divina. Y mientras la víctima junta sus manos y las tiende
hacia ella, en una súplica infinita y conmovedora, el juez Midas presta sus
vastas orejas a la Ignorancia y la Sospecha.
En esta apasionada
reconstrucción de un cuadro de Apeles, descrito por Luciano, parece adquirir
dramáticas firmezas el suave pincel que desborda dulzuras en la Virgen del
granado y el San Sebastián, invita al remordimiento con La abandonada,
santifica la vida y el amor en la Alegría de la primavera y el Nacimiento de
Venus.
Los mediocres, más
inclinados a la hipocresía que al odio, prefieren la maledicencia sorda a la
calumnia violenta. Sabiendo que ésta es criminal y arriesgada, optan por la
primera, cuya infamia es subrepticia y sutil. La una es audaz; la otra
cobarde. El calumniador desafía el castigo, se expone; el maldiciente lo
esquiva. El uno se aparta de la mediocridad, es antisocial, tiene el valor
de ser delincuente; el otro es cobarde y se encubre con la complicidad de
sus iguales, manteniéndose en la penumbra.
Los maldicientes
florecen doquiera: en los cenáculos, en los clubs, en las academias, en las
familias, en las profesiones, acosando a todos los que perfilan alguna
originalidad. Hablan a media voz, con recato, constantes en su afán de
taladrar la dicha ajena, sombrando a puñados la semilla de todas las yerbas
venenosas. La maledicencia es una serpiente que se insinúa en la
conversación de los envilecidos; sus vértebras son nombres propios,
articuladas por los verbos más equívocos del diccionario para arrastrar un
cuerpo cuyas escamas son calificativas pavorosos.
Vierten la infamia
en todas las copas transparentes, con serenidad de Borgias; las manos que la
manejan parecen de prestidigitadores, diestras en la manera y amables en la
forma. Una sonrisa, un levantar de espaldas, un fruncir la frente como
subscribiendo a la posibilidad del mal, bastan para macular la probidad de
un hombre o el honor de una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los
envenenadores, está seguro de la impunidad; por eso es despreciable. No
afirma, pero insinúa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace,
contando con la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente con
espontaneidad, como respira. Sabe seleccionar lo que converge a la
detracción.
Dice distraídamente
todo el mal de que no está seguro y calla con prudencia todo el bien que
sabe. No respeta las virtudes íntimas ni los secretos del hogar, nada;
inyecta la gota de ponzoña que asoma como una irrupción en sus labios
irritados, hasta que por toda la boca, hecha una pústula, el interlocutor
espera ver salir, en vez de lengua, un estilete.
Sin cobardía, no hay
maledicencia. El que puede gritar cara a cara una injuria, el que denuncia a
voces un vicio ajeno, el que acepta los riesgos de sus decires, no es un
maldiciente. Para serlo es menester temblar ante la idea del castigo posible
y cubrirse con las máscaras menos sospechosas. Los peores son los que
maldicen elogiando: templan su aplauso con arremangadas reservas, más graves
que las peores imputaciones. Tal bajeza en el pensar es una insidiosa manera
de practicar el mal, de efectuar lo potencialmente. sin el valor de la
acción rectilínea.
Si estos basiliscos
parlantes poseen algún barniz de cultura, pretenden encubrir su infamia con
el pabellón de la espiritualidad. Vana esperanza; están condenados a
perseguir la gracia y tropezar con la perfidia. Su burla no es sonrisa, es
mueca. El ejercicio puede tornarles fácil la malignidad zumbona, pero ella
no se confunde con la ironía sagaz y justa. La ironía es la perfección del
ingenio, una convergencia de intención y de sonrisa aguda en la oportunidad
y justa en la medida; es un cronómetro, no anda mucho, sino con precisión.
Eso lo ignora el mediocre. Lees más fácil ridiculizar una sublime acción que
imitarla.
En las sobremesas
subalternas su dicacidad urticante puede confundirse con la gracia, mientras
le ampara la complicidad maldiciente; pero fáltale el aticismo sano del que
todo perdona en fuerza de comprenderlo todo y esa inteligencia cristalina
que permite descifrar la verdad en la entraña misma de las cosas que el
vaivén mundano somete a nuestra experiencia. Esos oficios tienen
malignidades perversas por su misma falta de hidalguía; disfrazan de
mesurada condolencia el encono de su inferioridad humillada. Los
calumniadores minúsculos son más terribles, como las fuerzas moleculares que
nadie ve y carcomen los metales más nobles. Nada teme el maldiciente al
sembrar sus añagazas de esterquilinio; sabe que tiene a su espalda un
innumerable jabardillo de cómplices, regocijados cada vez que un espíritu
omiso los confabula contra una estrella.
El escritor mediocre
es peor por su estilo que por su moral. Rasguña tímidamente a los que
envidia; en sus collonadas se nota la temperancia del miedo, como si le
erizaran los peligros de la responsabilidad. Abunda entre los malos
escritores, aunque no todos los mediocres consiguen serlo; muchos se limitan
a ser terriblemente aburridos, acosándonos con volúmenes que podrían
terminar en el primer párrafo. Sus páginas están embalumadas de lugares
comunes, como los ejercicios de las guías políglotas. Describen dando
tropiezos contra la realidad; son objetivos que operan y no retortas que
destilan; se desesperan pensando que la calcomanía no figura entre las
bellas artes. Si acometen la literatura, diríase que Vasco da Gama emprende
el descubrimiento de todos los lugares comunes, sin vislumbrar el cabo de
una buena esperanza; si chapalean la ciencia, su andar es de mula montañesa,
deteniéndose a rumiar el pienso pastado medio siglo antes por sus
predecesores. Esos fieles de la rapsodia y de la paráfrasis practican esa
pudibunda modestia que es su mentira convencional; se admiran entre sí, como
solidaridad de logia, execrando cualquier soplo de ciclón o revoloteo de
águila. Palidecen ante el orgullo desdeñoso de los hombres cuyos ideales no
sufren inflexiones; fingen no comprender esa virtud de santos y de sabios,
supremo desprecio de todas las mentiras por ellos veneradas. El escritor
mediocre, tímido y prudente, resulta inofensivo. Solamente la envidia puede
encelarle; entonces prefiere hacerse crítico.
El mediocre parlante
es peor por su moral que por su estilo; su lengua centuplícase en
copiosidades acicaladas y las palabras ruedan sin la traba de la
ulterioridad. La maledicencia oral tiene eficacias inmediatas, pavorosas.
Está en todas partes, agrede en cualquier momento. Cuando se reúnen
espíritus pazguatos, para turnarse en decir pavadas sin interés para quien
las oye, el terreno es propicio para que el más alevoso comience a maldecir
de algún ilustre, rebajándolo hasta su propio nivel. La eficacia de la
difamación arraiga en la complacencia tácita de quienes la escuchan, en la
cobardía colectiva de cuantos pueden escucharla sin indignarse; moriría si
ellos no le hicieran una atmósfera vital. Ése es su secreto. Semejante a la
moneda falsa, es circulada sin escrúpulos por muchos que no tendrían el
valor de acuñarla.
Las lenguas más
acibaradas son las de aquellos que tienen menos autoridad moral, como enseña
Moliere desde la primera escena de Tartufo:
"Ceut de qui la
conduite offre le plus á vire.
Sont
toujours sur autri les prentiers a médire" .
Diríase que empañan la
reputación ajena para disminuir el contraste con la propia. Eso no excluye
que existan casquivanos cuya culpa es inconsciente ; maldicen por ociosidad
o por, diversión, sin sospechar donde conduce el camino en que se aventuran.
Al contar una falta ajena ponen cierto amor propio en ser interesantes,
aumentándola, adornándola, pasando insensiblemente de la verdad a la
mentira, de la torpeza a la infamia, de la maledicencia a la calumnia. ¿Para
qué evocar las palabras memorables de la comedia de Beaunlarchais? -
Aquéllos en quienes la conducta se presta más a risa, son siempre, los
primeros en hablar mal de los demás.
IV EL
SENDERO DE LA GLORIA
El hombre mediocre que
se aventura en la liza social tiene apetitos urgentes: el éxito. No sospecha
que existe otra cosa, la gloria, ambicionada solamente por los caracteres
superiores. Aquél es un triunfo efímero, al contado; ésta es definitiva,
inmarcesible en los siglos. El uno se mendiga; la otra se conquista.
Es despreciable todo
cortesano de la mediocracia en que vive; triunfa humillándose, reptando, a
hurtadillas, en la sombra, disfrazado, apuntalándose en la complicidad de
innumerables similares. El hombre de mérito se adelanta a su tiempo, la
pupila puesta en un ideal; se impone dominando, iluminando, fustigando, en
plena luz, a cara descubierta, sin humillarse, ajeno a todos los
embozamientos del servilismo y de la intriga.
La popularidad tiene
peligros. Cuando la multitud clava sus ojos por vez primera en un hombre y
le aplaude, la lucha empieza: desgraciado quien se olvida de sí mismo para
pensar solamente en los demás.
Hay que poner más
lejos la intención y la esperanza, resistiendo las tentaciones del aplauso
inmediato; la gloria es más difícil, pero más digna.
La vanidad empuja
al hombre vulgar a perseguir un empleo expectable en la administración del
Estado, indignamente si es necesario; sabe que su sombra lo necesita. El
hombre excelente se reconoce porque es capaz de renunciar a toda prebenda
que tenga por precio una partícula de su dignidad. El genio se mueve en su
órbita propia, sin esperar sanciones ficticias de orden político, académico
o mundano; se revela por la perennidad de su irradiación, como si fuera su
vida un perpetuo amanecer.
El que flota en la
atmósfera como una nube, sostenido por el viento de la complicidad ajena,
puede abocadar por la adulación lo que otros deberían recibir por sus
aptitudes; pero quien obtiene favores sin tener méritos, debe temblar:
fracasará después, cien veces, en cada cambio de viento. Los nobles ingenios
sólo confían en sí mismos, luchan, salvan los obstáculos, se imponen. Sus
caminos son propiamente suyos; mientras el mediocre se entrega al error
colectivo que le arrastra, el superior va contra él con energías
inagotables, hasta despejar su ruta.
Merecido o no, el
éxito es el alcohol de los que combaten. La primera vez embriaga; el
espíritu se aviene a él insensiblemente; después se convierte en
imprescindible necesidad. El primero, grande o pequeño, es perturbador. Se
siente una indecisión extraña, un cosquilleo moral que deleita y molesta al
mismo tiempo, como la emoción del adolescente que se encuentra a solas por
vez primera con una mujer amada: emoción tierna y violenta, estimula e
inhibe a la vez, instiga y amilana.
Mirar de frente al
éxito, equivale a asomarse a un precipicio: se retrocede a tiempo o se cae
en él para siempre. Es un abismo irresistible, como una boca juvenil que
invita al beso; pocos retroceden. Inmerecido, es un castigo, un filtro que
envenena la vanidad y hace infeliz para siempre; el hombre superior, en
cambio, acepta como simple anticipación de la gloria ese pequeño tributo de
la mediocridad, vasalla de sus méritos.
Se presenta bajo
cien aspectos, tienta de mil maneras. Nace por un accidente inesperado,
llega por senderos invisibles. Basta el simple elogio de un maestro
estimado, el aplauso ocasional de una multitud, la conquista fácil de una
hermosa mujer; todos se equivalen, embriagan lo mismo. Corriendo el tiempo,
tórnase imposible eludir el hábito de esta embriaguez; lo único difícil es
iniciar la costumbre, como para todos los vicios. Después no se puede vivir
sin el tósigo vivificador y esa ansiedad atormenta la existencia del que no
tiene alas para ascender sin la ayuda de cómplices y de pilotos. Para el
hombre acomodaticio hay una certidumbre absoluta: sus éxitos son ilusorios y
fugaces, por humillante que le haya sido obtenerlos. Ignorando que el árbol
espiritual tiene frutos, se preocupa por cosechar la hojarasca; vive de lo
aleatorio, acechando las ocasiones propicias.
Los grandes cerebros
ascienden por la senda exclusiva del mérito; o por ninguna. Saben que en las
mediocracias se suelen seguir otros caminos; por eso no se sienten nunca
vencidos, ni sufren de un contraste más de lo que gozan de un éxito; ambos
son obra de los demás.
La gloria depende de
ellos mimos. El éxito les parece un simple reconocimiento de su derecho, un
impuesto de admiración que se les paga en vida. Taine conoció en su juventud
el goce del maestro que ve concurrir a sus lecciones un tropel de alumnos;
Mozart ha narrado las delicias del compositor cuyas melodías vuelven a los
labios del transeúnte que silba para darse valor al atravesar de noche una
encrucijada solitaria; Musset confiesa que fue una de sus grandes
voluptuosidades oír sus versos recitados por mujeres bellas; Castelar
comentó la emoción del orador que escucha el aplauso frenético tributado por
miles de hombres. El fenómeno es común, sin ser nuevo. Julio César, al
historiar sus campañas, trasunta la ebriedad salvaje del que conquista
pueblos y aniquila hordas; los biógrafos de Beethoven narran su impresión
profunda cuando se volvió a contemplar las ovaciones que su sordera le
impedía oír, al estrenar la Novena sinfonía; Stendhal ha dicho, con su ática
gracia original, las fruiciones del amador afortunado que ve sucesivamente a
sus pies, temblorosas de fiebre y ansiedad, a cien mujeres.
El éxito es benéfico
si es merecido; exalta la personalidad, la estimula. Tiene otra virtud:
destierra la envidia, ponzoña incurable en los espíritus mediocres. Triunfar
a tiempo, merecidamente, es el más favorable rocío para cualquier germen de
superioridad moral. El triunfo es un bálsamo de los sentimientos, una lima
eficaz contra las asperezas del carácter. El éxito es el mejor lubricante
del corazón; el fracaso es su más urticante corrosivo.
La popularidad o la
fama suelen dar transitoriamente la ilusión de la gloria. Son sus formas
espurias y subalternas, extensas pero no profundas, esplendorosas pero
fugaces. Son más que el simple éxito, accesible al común de los mortales;
pero son menos que la gloria.
exclusivamente
reservada a los hombres superiores. Son oropel, piedra falsa, luz de
artificio. Manifestaciones directas del entusiasmo gregario y, por eso
mismo, inferiores: aplauso de multitud, con algo de frenesí inconsciente y
comunicativo. La gloria de los pensadores, filósofos y artistas. que
traducen su genialidad mediante la palabra escrita, es lenta, pero estable;
sus admiradores están dispersos, ninguno aplaude a solas. En el teatro y en
la asamblea la admiración es rápida y barata, aunque ilusoria; los oyentes
se sugestionan recíprocamente, suman su entusiasmo y tallan en ovaciones.
Por eso cualquier histrión de tres al cuarto puede conocer el triunfo más
cerca que Aristóteles o Spinoza; la intensidad, que es el (éxito, este en
razón inversa de la duración, que es la gloria. Tales aspectos
caricaturescos de la celebridad dependen de una aptitud secundaria del actor
o de un estado accidental de la mentalidad colectiva. Amenguada la aptitud o
transpuesta la circunstancia, vuelven ala sombra y asisten en vida a sus
propios funerales.
Entonces pagan cara
su notoriedad; vivir en perpetua nostalgia es su martirio. Los hijos del
éxito pasajero deberían morir al caer en la orfandad. Algún poeta
melancólico escribió que es hermoso vivir de los recuerdos: frase absurda.
Ello equivale a agonizar. Es la dicha del pintor maniatado por la ceguera,
del jugador que mira el tapete y no puede arriesgar una sola ficha.
En la vida se es
actor o público, timonel o galeote. Es tan doloroso pasar del timón al remo,
como salir del escenario para ocupar una butaca, aunque ésta sea de primera
fila. El que ha conocido el aplauso no sabe resignarse a la oscuridad; ésa
es la parte más cruel de toda preeminencia fundada en el capricho ajeno o en
aptitudes físicas transitorias. El público oscila con la moda; el físico se
gasta. La fama de un orador, de un esgrimista o de un comediante, sólo dura
lo que una juventud; la voz, las estocadas y los gestos se acaban alguna
vez, dejando lo que en el bello decir dantesco representa el dolor sumo:
recordar en la miseria el tiempo feliz.
Para estos
triunfadores accidentales, el instante en que se disipa su error debería ser
el último de la vida. Volver a la realidad es una suprema tristeza.
Preferible es que un Otelo excesivo mate de veras sobre el tablado a una
Desdémona próxima a envejecer, o desnucarse el acróbata en un salto
prodigioso, o rompérsele un aneurisma al orador mientras habla a cien mil
hombres que aplauden, o ser apuñalado un Don Juan por la amante más hermosa
y sensual. Ya que se mide la vida por sus horas de dicha convendría
despedirse de ella sonriendo, mirándola de frente, con dignidad, con la
sensación de que se ha merecido vivirla hasta el último instante. Toda
ilusión que se desvanece deja tras de sí una sombra indisipable. La fama y
la celebridad no son la gloria: nada más falaz que la sanción de los
contemporáneos y de las muchedumbres.
Compartiendo las
ruinas y las debilidades de la mediocridad ambiente, fácil es convertirse en
arquetipos de la masa y ser prohombres entre sus iguales, pero quien así
culmina, muere con ellos. Los genios, los santos y los héroes desdeñan toda
sumisión al presente, puesta la proa hacia un remoto ideal: resultan
prohombres en la historia.
La integridad moral
y la excelencia de carácter son virtudes estériles en los ambientes
rebajados, más asequibles a los apetitos del doméstico que a las altiveces
del digno: en ellos se incuba el éxito falaz.
La gloria nunca ciñe
de laureles la sien del que se ha complicado en las ruinas de su tiempo;
tardía a menudo, póstuma a veces, aunque siempre segura, suele ornar las
frentes de cuantos miraron el porvenir y sirvieron a un ideal, practicando
aquel lema que fue la noble divisa de Rousseau: vitam impendere vero.
CAPÍTULO III
LOS VALORES MORALES:
La moral de Tartufo. -
II. El hombre honesto. - III. Los tránsfugas de la honestidad. - IV. Función
social de la virtud. - V. La pequeña virtud y el talento moral. - VI. El
genio moral: la santidad.
I LA
MORAL DE TARTUFO
La hipocresía es el
arte de amordazar la dignidad; ella hace enmudecer los escrúpulos en los
hombres incapaces de resistir la tentación del mal. Es falta de virtud para
renunciar a éste y de coraje para asumir su responsabilidad. Es el guano que
fecundiza los temperamentos vulgares, permitiéndoles prosperar en la
mentira: como esos árboles cuyo ramaje es más frondoso cuando crecen a
inmediaciones de las ciénagas.
Hiela, donde ella
pasa, todo noble germen de ideal: zarzagán del entusiasmo. Los hombres
rebajados por la hipocresía viven sin ensueño, ocultando sus intenciones,
enmascarando sus sentimientos, dando saltos como el eslizón; tienen la
certidumbre íntima, aunque inconfesa, de que sus actos son indignos,
vergonzosos, nocivos, arrufianados, irredimibles. Por eso es insolvente su
moral: implica siempre una simulación.
Ninguna fe impulsa a
los hipócritas; no sospechan el valor de las creencias rectilíneas. Esquivan
la responsabilidad de sus acciones, son audaces en la traición y tímidos en
la lealtad. Conspiran y agreden en la sombra, escamotean vocablos ambiguos,
alaban con reticencias ponzoñosas y difaman con afelpada suavidad. Nunca
lucen un galardón inconfundible: cierran todas las rendijas de su espíritu
por donde podría asomar desnuda su personalidad, sin el ropaje social de la
mentira.
En su anhelo
simulan las aptitudes y cualidades que consideran ventajosas para acrecentar
la sombra que proyectan en su escenario.
Así como los
ingenios exiguos mimetizan el talento intelectual, embalumándose de
refinados artilugios y defensas, los sujetos de moralidad indecisa parodian
el talento moral, oropelando de virtud su honestidad insípida. Ignoran el
veredicto del propio tribunal interior; persiguen el salvoconducto otorgado
por los cómplices de sus prejuicios convencionales.
El hipócrita suele
aventajarse de su virtud fingida, mucho más que el verdadero virtuoso.
Pululan hombres respetados en fuerza de no descubrírseles bajo el disfraz;
bastaría penetrar en la intimidad de sus sentimientos, un solo minuto, para
advertir su doblez y trocar en desprecio la estimación. El psicólogo
reconoce al hipócrita; rasgos hay que distinguen al virtuoso del simulador,
pues mientras éste es un cómplice de los prejuicios que fermentan en su
medio, aquél posee algún talento que le permite sobreponerse a ellos.
Todo apetito
numulario despierta su acucia y le empuja a descubrirse. No retrocede ante
las arterías, es fácil a los besamanos femeninos, sabreoliscar el deseo de
los amos, se da al mejor oferente, prospera a fuerza de marañas. Triunfa
sobre los sinceros, toda vez que el éxito estriba en aptitudes viles: el
hombre leal es con frecuencia su víctima. Cada Sócrates encuentra su Mélitos
y cada Cristo su Judas.
La hipocresía tiene
matices. Si el mediocre moral se aviene a vegetar en la penumbra, no cabe
bajo el escalpelo del psicólogo: su vicio es un simple reflejo de mentiras
que infestan la moral colectiva. Su culpa comienza cuando intenta agitarse
dentro de su basta condición, pretendiendo igualarse a los virtuosos.
Chapaleando en los muladares de la intriga, su honestidad se mancilla y se
encanalla en pasiones innoblemente desatadas. Tórnase capaz de todos los
rencores. Supone simplemente honesto, como él, a todo santo o virtuoso; no
descansa en amenguar sus méritos. Intenta igualar abajo, no pudiendo hacerlo
arriba. Persigue a los caracteres superiores, pretende confundir sus
excelencias con las propias mediocridades, desahoga sordamente una envidia
que no confiesa, en la penumbra, ensalobrándose, babeando sin morder,
mintiendo sumisión y amor a los mismos que detesta y carcome. Su malsinidad
está inquietada con escrúpulos que le obligan a avergonzarse en secreto;
descubrirle es el más cruel de los suplicios. Es su castigo.
El odio es loable si
lo comparamos con la hipocresía.
En ello se
distinguen la subrepticia medrosidad del hipócrita y la adamantina lealtad
del hombre digno. Alguna vez éste se encrespa y pronuncia palabras que son
un estigma o un epitafio; su rugido es la luz de un relámpago fugaz y no
deja escorias en su corazón, se desahoga por un gesto violento, sin
envenenarle. Las naturalezas viriles poseen un exceso de fuerza plástica
cuya función regeneradora cura prontamente las hondas heridas y trae el
perdón. La juventud tiene entre sus preciosos atributos la incapacidad de
dramatizar largo tiempo las pasiones malignas; el hombre que ha perdido la
aptitud de borrar sus odios está ya viejo, irreparablemente. Sus heridas son
tan imborrables como sus canas. Y como éstas, puede teñirse el odio: la
hipocresía es la tintura de esas canas morales.
Sin fe en creencia
alguna, el hipócrita profesa las más provechosas. Atafagado por preceptos
que entiende mal, su moralidad parece un pelele hueco; por eso, para
conducirse, necesita la muleta de alguna religión. Prefiere las que afirman
la existencia del purgatorio y ofrecen redimir las culpas por dinero. Esa
aritmética de ultratumba le permite disfrutar más tranquilamente los
beneficios de su hipocresía; su religión es una actitud y no un sentimiento.
Por eso suele exagerarla: es fanático. En los santos y en los virtuosos, la
religión y la moral pueden correr parejas; en los hipócritas, la conducta
baila en compás distinto del que marcan los mandamientos.
Las mejores máximas
teóricas pueden convertirse en acciones abominables; cuanto más se pudre la
moral práctica, tanto mayor es el esfuerzo por rejuvenecerla con harapos de
dogmatismo. Por eso es declamatoria y suntuosa la retórica de Tartufo,
arquetipo del género, cuya creación pone a Moliére entre los más geniales
psicólogos de todos los tiempos. No olvidemos la historia de ese oblicuo
devoto a quien el sincero Orgon recoge piadosamente y que sugestiona a toda
su familia. Cleanto, un joven, se atreve a desconfiar de él; Tartufo
consigue que Orgon expulse de su hogar a ese mal hijo y se hace legar sus
bienes. Y no basta: intenta seducir a la consorte de su huésped. Para
desenmascarar tanta infamia, su esposa se resigna a celebrar con Tartufo una
entrevista, a la que Orgon asiste oculto. El hipócrita, creyéndose solo,
expone los principios de su casuística perversa; hay acciones prohibidas por
el cielo, pero es fácil arreglar con él estas contabilidades; según convenga
pueden aflojarse las ligaduras de la conciencia, rectificando la maldad de
los actos con la pureza de las doctrinas. Y para retratarse de una vez,
agrega:
En fin, votre scrupule
est facile á détruire:
Vous étes
assurée ici d'un plein secret,
Et le anal
n'est jamais que dans l'éclat qu'on fait;
Le scandale du monde
est ce que fait l'offenre
Et ce n'est pas pécher
que pécher en silence .
Ésa es la moral de
la hipocresía jesuítica, sintetizada en cinco versos, que son su pentateuco.
La del hombre
virtuoso es otra: está en la intención y en el fin de las acciones, en los
hechos mejor que en las palabras, en la conducta ejemplar y no en la
oratoria untuosa. Sócrates y Cristo fueron virtuoso., contra la religión de
su tiempo; los dos murieron a planos de fanatismos que estaban ya
divorciados de toda moral. La santidad está siempre fuera de la hipocresía
colectiva. La exageración materialista de las ceremonias suele coincidir con
la aniquilación de todos los idealismos en las naciones y en las razas; la
historia la señala en la decadencia de las castas gobernantes y dice que el
loyolismo apuntala siempre su degeneración moral. En esas horas de crisis,
la fe agoniza en, el fanatismo decrépito y alienta formidablemente en los
ideales que renacen frente a él, irrespetuosos, demoledores, aunque
predestinados con frecuencia a caer en nuevos fanatismos y a oponerse a
ideales venideros.
El hipócrita está
constreñido a guardar las apariencias, con tanto afán como pone el virtuoso
en cuidar sus ideales. Conoce de memoria los pasajes pertinentes del Sartor
Resartus; por ellos admira a Carlyle, tanto como otros por su culto a Los
héroes. El respeto de las formas hace que los hipócritas de cada época y
país adquieran rasgos comunes; hay una "manera" peculiar que trasunta el
tartufismo en todos sus adeptos, como hay "algo" que denuncia el parentesco
entre los afiliados a una tendencia artística o escuela literaria. Ese
estigma común a los hipócritas, que permite reconocerlos no obstante los
matices individuales impuestos por el rango o la fortuna, es su profunda
animadversión a la verdad.
La hipocresía es más
honda que la mentira: ésta puede ser accidental, aquélla es permanente. El
hipócrita transforma su vida entera en una mentira metódicamente organizada.
Hace lo contrario de lo que dice, toda vez que ello le reporte un beneficio
inmediato; vive traicionando con sus palabras, como esos poetas que
disfrazan con largas crenchas la cortedad de su inspiración. El hábito de la
mentira paraliza los labios del hipócrita cuando llega la hora de pronunciar
una verdad.
Así como la pereza
es la clave de la rutina y la avidez es móvil del servilismo, la mentira es
el prodigioso instrumento de la hipocresía.
Nunca ha escuchado
la Humanidad palabras más nobles que algunas de Tartufo; pero jamás un
hombre ha producido acciones más disconformes con ellas. Sea cual fuere su
rango social, en la privanza o en la proscripción, en la opulencia o en la
miseria, el hipócrita está siempre dispuesto a adular a los poderosos y a
engañar a los humildes, mintiendo a entrambos. El que se acostumbra a
pronunciar palabras falsas, acaba por faltar a la propia sin repugnancia,
perdiendo toda noción de lealtad consigo mismo. Los hipócritas ignoran que
la verdad es la condición fundamental de la virtud. Olvidan la sentencia
multisecular de Apolonio: "De siervos es mentir, de libres decir verdad".
Por eso el hipócrita está predispuesto a adquirir sentimientos serviles. Es
el laca yo de los que le rodean, el esclavo de mil amos, de un millón de
amos, de todos los cómplices de su mediocridad.
El que miente es
traidor: sus víctimas le escuchan suponiendo que dice la verdad. El
mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta al respeto a todos,
siembra la inseguridad y la desconfianza. Con mirar ojizaino persigue a los
sinceros, creyéndolos sus enemigos naturales.
Aborrece la
sinceridad. Dice que ella es la fuente de escándalo y anarquía, como si
pudiera culparse a la escoba de que exista la suciedad.
En el fondo sospecha
que el hombre sincero es fuerte e individualista. fincando en ello su
altivez inquebrantable, pues su oposición a la hipocresía es una actitud de
resistencia al mal que le acosa por todas partes. Se defiende contra la
domesticación v el descenso común. Y dice su verdad como puede, cuando
puede, donde puede. Pero la sabe decir. Muchos santos enseñaron a morir por
ella.
El disfraz sirve al
débil; sólo se finge lo que se cree no tener. Hablan más de la nobleza los
nietos de truhanes; la virtud suele danzar en labios desvergonzados; la
altivez sirve de estribillo a los envilecidos; la caballerosidad es la
ganzúa de los estafadores; la temperancia figura en el catecismo de los
viciosos. Suponen que de tanto oropel se adherirá alguna partícula a su
sombra. Y, en efecto, ésta se va modificando en la constante labor; la
máscara es benéfica en las mediocracias contemporáneas, maguer los que la
usen carezcan de autoridad moral ante los hombres virtuosos. Éstos no creen
al hipócrita, descubierto una vez; no le creen nunca. ni pueden dejar de
creerle cuando sospechan que miente: quien es desleal con la verdad no tiene
por qué ser leal con la mentira.
El hábito de la
ficción desmorona a los caracteres hipócritas, vertiginosamente, como si
cada nueva mentira los empujara hacia el precipicio; nada detiene a una
avalancha en la pendiente. Su vida se polariza en esa abyecta honestidad por
cálculo que es simple sublimación del vicio. El culto de las apariencias
lleva a desdeñar la realidad.
El hipócrita no
aspira a ser virtuoso, sino a parecerlo; no admira intrínsecamente la
virtud, quiere ser contado entre los virtuosos por las prebendas y honores
que tal condición puede reportarle. Faltándole la osadía de practicar el
mal, a que está inclinado, conténtase con sugerir que oculta sus virtudes
por modestia; pero jamás consigue usar con desenvoltura el antifaz. Sus
manejos asoman por alguna parte, como las clásicas orejas bajo la corona de
Midas. La virtud y el mérito son incompatibles con el tartufismo; la
observación induce a desconfiar de las virtudes misteriosas. Ya enseñaba
Horacio que "la virtud oculta difiere poco de la oscura holgazanería" (Od.
IV, , ).
No teniendo valor
para la verdad es imposible tenerlo para la justicia. En vano los hipócritas
viven jactándose de una gran ecuanimidad y procurando prestigios catonianos:
su prudente cobardía les impide ser jueces toda vez que puedan comprometerse
con un fallo. Prefieren tartajear sentencias bilaterales y ambiguas,
diciendo que hay luz y sombra en todas las cosas; no lo hacen, empero, por
filosofía, sino por incapacidad de responsabilizarse de sus juicios. Dicen
que éstos deben ser relativos, aunque en lo íntimo de su mollera creen
infalibles sus opiniones. No osan proclamar su propia suficiencia; prefieren
avanzar en la vida sin más brújula que el éxito, ofreciendo el flanco y
bordejeando, esquivos a poner la proa hacia el más leve obstáculo. Los
hombres rectos son objeto de su acendrado rencor, pues con su rectitud
humillan a los oblicuos; pero éstos no confiesan su cobardía y sonríen
servilmente a las miradas que los torturan, aunque sienten el vejamen: se
contraen a estudiar los defectos de los hombres virtuosos para filtrar
pérfidos venenos en el homenaje que a todas horas están obligados a
tributarles. Difaman sordamente; traicionan siempre, como los esclavos, como
los híbridos que traen en las venas sangre servil. Hay que temblar cuando
sonríen: vienen tanteando la empuñadura de algún estilete oculto bajo su
capa.
El hipócrita entibia
toda amistad con sus dobleces: nadie puede confiar en su ambigüedad
recalcitrante. Día por día afloja sus anastomosis con las personas que le
rodean; su sensibilidad escasa impídele caldearse en la ternura ajena y. su
afectividad va palideciendo como una planta que no recibe sol, agostado el
corazón en un invierno prematuro. Sólo piensa en sí mismo, y ésa es su
pobreza suprema. Sus sentimientos se marchitan en los invernáculos de la
mentira y de la vanidad. Mientras los caracteres dignos crecen en un
perpetuo olvido de su ayer y piensan en cosas nobles para su mañana, los
hipócritas se repliegan sobre si mismos, sin darse, sin gastarse,
retrayéndose, atrofiándose. Su falta de intimidades les impide toda
expansión, obsesionados por el temor de que su conciencia moral asome a la
superficie.
Saben que bastaría
una leve brisa para descorrer su livianísimo velo de virtud. No pudiendo
confiar en nadie, viven cegando las fuentes de su propio corazón: no sienten
la raza, la patria, la clase, la familia, ni la amistad, aunque saben
mentirlas para explotarlas mejor. Ajenos a todo y a todos, pierden el
sentimiento de la solidaridad social, hasta caer en sórdidas caricaturas del
egoísmo. El hipócrita mide su generosidad por las ventajas que de ella
obtiene; concibe la beneficencia como una industria lucrativa para su
reputación. Antes de dar, investiga si tendrá notoriedad su donativo; figura
en primera línea en todas las suscripciones públicas, pero no abriría su
mano en la sombra. Invierte su dinero en un bazar de caridad, como si
comprara acciones de una empresa; eso no le impide ejercer la usura en
privado o sacar provecho del hambre ajena.
Su indiferencia al
mal del prójimo puede arrastrarle a complicidades indignas. Para satisfacer
alguno de sus apetitos no vacilará ante grises intrigas, sin preocuparse de
que ellas tengan consecuencias imprevistas. Una palabra del hipócrita basta
para enemistar a dos amigos o para distanciar a dos amante. Sus armas son
poderosas por lo invisibles; con una sospecha falsa puede envenenar una
felicidad, destruir una armonía, quebrar ,una concordancia. Su apego a la
mentira le hace acoger benévolamente cualquier infamia, desenvolviéndola
hasta lo infinito, subterráneamente, sin ver el rumbo ni medir cuán hondo,
tan irresponsable como esas alimañas que cavan al azar sus madrigueras,
cortando las raíces de las flores más delicadas.
Indigno de la
confianza ajena, el hipócrita vive desconfiando de todos, hasta caer en el
supremo infortunio de la susceptibilidad. Un terror ansioso le acoquina
frente a los hombres sinceros, creyendo escuchar en cada palabra un reproche
merecido; no hay en ello dignidad, sino remordimiento. En vano pretendería
engañarse a sí mismo, confundiendo la susceptibilidad con la delicadeza;
aquélla nace del miedo y ésta es hija del orgullo.
Difieren como la
cobardía y la prudencia, como el cinismo y la sinceridad. La desconfianza
del hipócrita es una caricatura de la delicadeza del orgulloso. Este
sentimiento puede tornar susceptible al hombre de méritos excelente toda vez
que desdeña dignidades cuyo precio es el servilismo y cuyo camino es la
adulación; el hombre digno exige entonces respeto para ese valor moral que
no manifiesta por los modos vulgares de la protesta estéril, pero ello le
aparta para siempre de los hipócritas domesticados. Es raro el caso.
Frecuentísima es, en cambio, la susceptibilidad del hipócrita, que teme
verse desenmascarado por los sinceros.
Sería extraño que
conservara esa delicadeza, única sobreviviente al naufragio de las demás. El
hábito de fingir es incompatible con esos matices del orgullo; la mentira es
opaca a cualquier resplandor de dignidad. La conducta de los tartufos no
puede conservarse adamantina; los expedientes equívocos se encadenan hasta
ahogar los últimos escrúpulos. A fuerza de pedir a los demás sus prejuicios,
endeudándose moralmente con la sociedad, pierden el temor de pedir otros
favores y bienes materiales, olvidando que las deudas torpemente acumuladas
esclavizan al hombre. Cada préstamo no devuelto es un nuevo eslabón
remachado a su cadena; se les hace imposible vivir dignamente en una ciudad
donde hay calles que no pueden cruzar y entre personas cuya mirada no
sabrían sostener. La mentira y la hipocresía convergen a estos
renunciamientos, quitando al hombre su independencia. Las deudas contraídas
por vanidad o por vicio obligan a fingir y engañar; el que las acumula
renuncia a toda dignidad.
Hay otras
consecuencias del tartufismo. El hombre dúctil a la intriga se priva del
cariño ingenuo. Suele tener cómplices, pero no tiene amigos; la hipocresía
no ata por el corazón, sino por el interés.
Los hipócritas,
forzosamente utilitarios y oportunistas, están siempre dispuestos a
traicionar sus principios en homenaje a un beneficio inmediato; eso les veda
la amistad con espíritus superiores. El gentil hombre tiene siempre un
enemigo en ellos, pues la reciprocidad de sentimientos sólo es posible entre
iguales; no puede entregarse nunca a su amistad, pues acecharán la ocasión
para afrentarlo con alguna infamia, vengando su propia inferioridad. La
Bruyére escribió una máxima imperecedera: "En la amistad desinteresada hay
placeres que no pueden alcanzar los que nacieron mediocres"; éstos necesitan
cómplices, buscándolos entre los que conocen esos secretos resortes
descritos como una simple solidaridad en el mal. Si el hombre sincero se
entrega, ellos aguardan la hora propicia para traicionarlo; por eso la
amistad es difícil para los grandes espíritus y éstos no prodigan su
intimidad cuando se elevan demasiado sobre el nivel común. Los hombres
eminentes necesitan disponer de infinita sensibilidad y tolerancia para
entregarse; cuando lo hacen, nada pone límites a su ternura y devoción.
Entre nobles
caracteres la amistad crece despacio y prospera mejor cuando arraiga en el
reconocimiento de los méritos recíprocos; entre hombres vulgares crece
inmotivadamente, pero permanece raquítica, fundándose a menudo en la
complicidad del vicio o de la intriga. Por eso la política puede crear
cómplices, pero nunca amigos; muchas veces lleva a cambiar éstos por
aquéllos, olvidando que cambiarlos con frecuencia equivale a no tenerlos.
Mientras en los hipócritas las complicidades se extinguen con el interés que
las determina, en los caracteres leales la amistad dura tanto como los
méritos que la inspiran.
Siendo desleal, el
hipócrita es también ingrato. Invierte las fórmulas del reconocimiento:
aspira a la divulgación de los favores que hace, sin ser por ello sensible a
los que recibe. Multiplica por mil lo que da y divide por un millón lo que
acepta. Ignora la gratitud -virtud de elegidos-, inquebrantable cadena
remachada para siempre en los corazones sensibles por los que saben dar a
tiempo y cerrando los ojos.
A veces resulta
ingrato sin saberlo, por simple error de su contabilidad sentimental. Para
evitar la ingratitud ajena sólo se le ocurre no hacer el bien: cumple su
decisión sin esfuerzo, limitándose a practicar sus formas ostensibles, en la
proporción que puede convenir a su sombra. Sus sentimientos son otros: el
hipócrita sabe que puede seguir siendo honesto aunque practique el mal con
disimulo y con desenfado la ingratitud.
La psicología de
Tartufo sería incompleta si olvidáramos que coloca en lo más hermético de
sus tabernáculos todo lo que anuncia el florecer de pasiones inherentes a la
condición humana. Frente al pudor instintivo, casto por definición, los
hipócritas han organizado un pudor convencional, impúdico y corrosivo. La
capacidad de amar, cuyas efervescencias santifican la vida misma,
eternizándola, les parece inconfesable, como si el contacto de dos bocas
amantes fuera menos natural que el beso del sol cuando enciende las corolas
de las flores.
Mantienen oculto y
misterioso todo lo concerniente al amor, como si el convertirlo en delito no
acicateara la tentación de los castos; pero esa pudibundez visible no les
prohibe ensayar invisiblemente las abyecciones más torpes. Se escandalizan
de la pasión sin renunciar al vicio, limitándose a disfrazarlo o encubrirlo.
Encuentran que el mal no está en las cosas mismas, sino en las apariencias,
formándose una moral para sí y otra para los demás, como esas casadas que
presumen de honestas aunque tengan tres amantes y repudian a la doncella que
ama a un solo hombre sin tener marido.
No tiene límites
esta escabrosa frontera de la hipocresía. Celosos catones de las costumbres,
persiguen las más puras exhibiciones de belleza artística. Pondrían una hoja
de parra en la mano de la Venus Medicea, como otrora injuriaron telas y
estatuas para velar las más divinas desnudeces de Grecia y del Renacimiento.
Confunden la castísima armonía de la belleza plástica con la intención
obscena que los asalta al contemplarla. No advierten que la perversidad está
siempre en ellos, nunca en la obra de arte.
El pudor de los
hipócritas es la peluca de su calvicie moral.
II EL
HOMBRE HONESTO:
La mediocridad moral es
impotencia para la virtud la cobardía para el vicio. Si hay mentes que
parecen maniquíes articulados con rutinas, abundan corazones semejantes a
mongolfieras infladas de prejuicios. El hombre honesto puede temer el crimen
sin admirar la santidad: es incapaz de iniciativa para entrambos. La garra
del pasado ásele el corazón, estrujándole en germen todo anhelo de
perfeccionamiento futuro. Sus prejuicios son los documentos arqueológicos de
la psicología social: residuos de virtudes crepusculares, supervivencias de
morales extinguidas.
Las mediocracias de
todos los tiempos son enemigas del hombre virtuoso: prefieren al honesto y
lo encumbran como ejemplo. Hay en ello implícito un error, o mentira, que
conviene disipar. Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se
puede ser honesto sin sentir un afán de perfección; sobra para ello con no
ostentar el mal, lo que no basta para ser virtuoso. Entre el vicio, que es
una lacra, y la virtud, que es una excelencia, fluctúa la honestidad.
La virtud eleva
sobre la moral corriente: implica cierta aristocracia del corazón, propia
del talento moral; el virtuoso se anticipa a alguna forma de perfección
futura y le sacrifica los automatismos consolidados por el hábito.
El honesto, en
cambio, es pasivo, circunstancia que le asigna un nivel moral superior al
vicioso, aunque permanece por debajo de quien practica activamente alguna
virtud y orienta su vida hacia algún ideal.
Limitándose a
respetar los prejuicios que le asfixian, mide la moral con el doble
decímetro que usan sus iguales, a cuyas fracciones resultan irreducibles las
tendencias inferiores de los encanallados y las aspiraciones conspicuas de
los virtuosos.
Si no llegara a
asimilar los prejuicios, hasta saturarse de ellos, la sociedad le castigaría
como delincuente por su conducta deshonesta: si pudiera sobreponérseles, su
talento moral ahondaría surcos dignos de imitarse. La mediocridad está en no
dar escándalo ni servir de ejemplo.
El hombre honesto
puede practicar acciones cuya indignidad sospecha, toda vez que a ello se
sienta constreñido por la fuerza de los prejuicios, que son obstáculos con
que los hábitos adquiridos estorban a las variaciones nuevas. Los actos que
ya son malos en el juicio original de los virtuosos, pueden seguir siendo
buenos ante la opinión colectiva. El hombre superior practica la virtud tal
como la juzga, eludiendo los prejuicios que acoyundan a la masa honesta; el
mediocre sigue llamando bien a lo que ya ha dejado de serlo, por incapacidad
de entrever el bien del porvenir. Sentir con el corazón de los demás
equivale a pensar con cabeza ajena.
La virtud suele ser
un gesto audaz, como todo lo original; la honestidad es un uniforme que se
endosa resignadamente. El mediocre teme a la opinión pública con la misma
obsecuencia con que el zascandil teme al infierno; nunca tiene la osadía de
ponerse en contra de ella, y menos cuando la apariencia del vicio es un
peligro ínsito en toda virtud no comprendida. Renuncia a ella por los
sacrificios que implica.
Olvida que no hay
perfección sin esfuerzo: sólo pueden mirar al sol de frente los que osan
clavar su pupila sin temer la ceguera. Los corazones menguados no cosechan
rosas en su huerto, por temor a las espinas; los virtuosos saben que es
necesario exponerse a ellas para recoger las flores mejor perfumadas.
El honesto es
enemigo del santo, como el rutinario lo es del genio; a éste le llama "loco"
y al otro lo juzga "amoral". Y se explica: los mide con su propia medida, en
que ellos no caben. En su diccionario, "cordura" y "moral" son los nombres
que él reserva a sus propias cualidades. Para su moral de sombras, el
hipócrita es honesto; el virtuoso y el santo, que la exceden, parécenle
"amorales", y con esta calificación les endosa veladamente cierta
inmoralidad...
Hombres de
pacotilla, diríanse hechos con retazos de catecismos y con sobras de
vergüenza: el primer oferente los puede comprar a bajo precio. A menudo
mantiénense honestos por conveniencia; algunas veces por simplicidad, si el
prurito de la tentación no inquieta su tontería. Enseñan que es necesario
ser como los demás; ignoran que sólo es virtuoso el que anhela ser mejor.
Cuando nos dicen al oído que renunciemos al ensueño e imitemos al rebaño, no
tienen valor de aconsejarnos derechamente la apostasía del propio ideal para
sentarnos a rumiar la merienda común.
La sociedad predica:
"no hagas mal y serás honesto". El talento moral tiene otras exigencias:
"persigue una perfección y serás virtuoso". La honestidad está al alcance de
todos; la virtud es de pocos elegí dos. El hombre honesto aguanta el yugo a
que le uncen sus cómplices; el hombre virtuoso se eleva sobre ellos con un
golpe de ala.
La honestidad es una
industria; la virtud excluye el cálculo. No hay diferencia entre el cobarde
que modera sus acciones por miedo al castigo y el codicioso que las activa
por la esperanza de una recompensa; ambos llevan en partida doble sus
cuentas corrientes con los prejuicios sociales. El que tiembla ante un
peligro o persigue una prebenda es indigno de nombrar la virtud: por ésta se
arriesgan a la proscripción o la miseria. No diremos por eso que el virtuoso
es infalible. Pero la virtud implica una capacidad de rectificaciones
espontáneas, el reconocimiento leal de los propios errores como una lección
para sí mismo y para los demás, la firme rectitud de la conducta ulterior.
El que paga una culpa con muchos años de virtud, es como si no hubiera
pecado: se purifica. En cambio, el mediocre no reconoce sus yerros ni se
avergüenza de ellos, agravándolos con el impudor, subrayándolos con la
reincidencia, duplicándolos con el aprovechamiento de los resultados.
Predicar la
honestidad sería excelente si ella no fuera un renunciamiento a la virtud,
cuyo norte es la perfección incesante. Su elogio empaña el culto de la
dignidad y es la prueba más segura del descenso moral de un pueblo.
Encumbrando al intérlope se afrenta al severo; por el tolerable se olvida al
ejemplar. Los espíritus acomodaticios llegan a aborrecer la firmeza y la
lealtad a fuerza de medrar con el servilismo y la hipocresía.
Admirar al hombre
honesto es rebajarse; adorarlo es envilecerse.
Stendhal reducía la
honestidad a una simple forma de miedo; conviene agregar que no es un miedo
al mal en sí mismo, sino a la reprobación de los demás; por eso es
compatible con una total ausencia de escrúpulos para todo acto que no tenga
sanción expresa o pueda permanecer ignorado. " J'ai vu le fond de ce qu'on
appelle les honnétes gens: c'est hideux", decía Talleyrand, preguntándose
qué sería de tales sujetos si el interés o la pasión entraran en juego. Su
temor del vicio y su impotencia para la virtud se equivalen. Son simples be
neficiarios de la mediocridad moral que les rodea. No son asesinos, pero no
son héroes; no roban, pero no dan media capa al desvalido; no son traidores,
pero no son leales; no asaltan en descubierto, pero no defienden al
asaltado; no violan vírgenes, pero no redimen caídas; no conspiran contra la
sociedad, pero no cooperan al común engrandecimiento.
Frente a la
honestidad hipócrita -propia de mentes rutinarias y de caracteres
domesticados-, existe una heráldica moral cuyos blasones son la virtud y la
santidad. Es la antítesis de la tímida obsecuencia a los prejuicios que
paraliza el corazón de los temperamentos vulgares y degenera en esa
apoteosis de la frialdad sentimental que caracteriza la irrupción de todas
las burguesías. La virtud quiere fe, entusiasmo, pasión, arrojo: de ellos
vive. Los quiere en la intención y en las obras.
No hay virtud cuando
los actos desmienten las palabras, ni cabe nobleza donde la intención se
arrastra. Por eso la mediocridad moral es más nociva en los hombres
conspicuos y en las clases privilegiadas. El sabio que traiciona su verdad,
el filósofo que vive fuera de su moral y el noble que deshonra su cuna,
descienden a la más ignominiosa de las villanías; son menos disculpables
que, cl truhán encenagado en el delito. Los privilegios de la cultura y del
nacimiento imponen al que los disfruta una lealtad ejemplar para consigo
mismo. La nobleza que no está en nuestro afán de perfección es inútil que
perdure en ridículos abolengos y pergaminos; noble es el que revela en sus
actos un respeto por su rango y no el que alega su alcurnia para justificar
actos innobles.
Por la virtud, nunca
por la honestidad, se miden los valores de la aristocracia moral.
III
LOS TRÁNSFUGAS DE LA HONESTIDAD
Mientras el hipócrita
merodea en la penumbra, el inválido moral se refugia en la tiniebla. En el
crepúsculo medra el vicio, que la mediocridad ampara; en la noche irrumpe el
delito, reprimido por leyes que la sociedad forja. Desde la hipocresía
consentida hasta el crimen castigado, la transición es insensible; la noche
se incuba en el crepúsculo.
De la honestidad
convencional se pasa a la infamia gradualmente, por matices leves y
concesiones sutiles. En eso está el peligro de la conducta acomodaticia y
vacilante.
Los tránsfugas de la
moral son rebeldes a la domesticación; desprecian la prudente cobardía de
Tartufo. Ignoran su equilibrismo, no saben simular, agreden los principios
consagrados; y como la sociedad no puede tolerarlos sin comprometer su
propia existencia, ellos tienden sus guerrillas contra ese mismo orden de
cosas cuya custodia obsesiona a los mediocres.
Comparado con el
inválido moral, el hombre honesto parece una alhaja. Esa distinción es
necesaria; hay que hacerla en su favor, seguros de que él la reputará
honrosa. Si es incapaz de ideal, también lo es de crimen desembozado; sabe
disfrazar sus instintos, encubre el vicio, elude el delito penado por las
leyes. En los otros, en cambio, toda perversidad brota a flor de piel, como
una erupción pustulosa; son incapaces de sostenerse en la hipocresía, como
los idiotas lo son de embalsarse en la rutina. Los honestos se esfuerzan por
merecer el purgatorio; los delincuentes se han decidido por el infierno
embistiendo sin escrúpulos ni remordimientos contra la armazón de prejuicios
y leyes que la sociedad les opone.
Cada agregado humano
cree que "la" verdadera moral es "su moral", olvidando que hay tantas como
rebaños de hombres. Se es infame, vicioso, honesto o virtuoso, en el tiempo
y en el espacio. Cada "moral" es una medida oportuna y convencional de los
actos que constituyen la conducta humana; no tiene existencia esotérica,
como no la tendría la "sociedad" abstractamente considerada.
Sus cánones son
relativos y se transforman obedeciendo al enmarañado determinismo de la
evolución social. En cada ambiente y en cada época existe un criterio medio
que sanciona como buenos o malos, honestos o delictuosos, permitidos o
inadmisibles, los actos individuales que son útiles o nocivos a la vida
colectiva. En cada momento histórico ese criterio es la subestructura de la
moral, variable siempre.
Los delincuentes son
individuos incapaces de adaptar su conducta a la moralidad media de la
sociedad en que viven. Son inferiores; tienen el "alma de la especie", pero
no adquieren el "alma social". Diver gen de la mediocridad, pero en sentido
opuesto a los hombres excelentes, cuyas variaciones originales determinan
una desadaptación evolutiva en el sentido de la perfección.
Son innúmeros. Todas
las formas corrosivas de la degeneración desfilan en ese calidoscopio, como
si al conjuro de un maléfico exorcismo se convirtieran en pavorosa realidad
los más sórdidos ciclos de un infierno dantesco: parásitos de la escoria
social, fronterizos de la infamia, comensales del vicio y de la deshonra,
tristes que se mueven acicateados por sentimientos anormales, espíritus que
sobrellevan la fatalidad de herencias enfermizas y sufren la carcoma
inexorable de las miserias ambientes.
Irreductibles e
indomesticables, aceptan como un duelo permanente la vida en sociedad. Pasan
por nuestro lado impertérritos y sombríos, llevando sobre sus frentes
fugitivas el estigma de su destino involuntario y en los mudos labios la
mueca oblicua del que escruta a sus semejantes con ojo enemigo. Parecen
ignorar que son las víctimas de un complejo determinismo, superior a todo
freno ético; súmanse en ellos los desequilibrios transfundidos por una
herencia malsana, las deformes configuraciones morales plasmadas en el medio
social y las mil circunstancias ineludibles que atraviésanse al azar en su
existencia.
La ciénaga en que
chapalean su conducta asfixia los gérmenes posibles de todo sentido moral,
desarticulando los últimos prejuicios que los vinculan al solidario consocio
de los mediocres. Viven adaptados a una moral aparte, con panoramas de
sombrías perspectivas, esquivando los valores luminosos y escurriéndose
entre las penumbras más densas; fermentan en el agitado aturdimiento de la
grandes ciudades modernas, retoñan en todas las grietas del edificio social
y conspiran sordamente contra su estabilidad, ajenos a las normase de
conducta características del hombre mediocre, eminentemente conservador y
disciplinado. La imaginación nos permite alinear sus torvas siluetas sobre
un lejano horizonte donde la lobreguez crepuscular vuelca sus tonos
violentos de oro y de púrpura, de incendio y de hemorragia: desfile de
macabra legión que marcha atropelladamente hacia la ignominia.
En esa pléyade
anormal culminan los fronterizos del delito, cuya virulencia crece por su
impunidad ante la ley.
Su débil sentido
moral les impide conservar intachable su conducta, sin caer por ello en
plena delincuencia: son los imbéciles de la honestidad, distintos del idiota
moral que rueda a la cárcel. No son delincuentes. pero son incapaces de
mantenerse honestos; pobres espíritus de carácter claudicante y voluntad
relajada, no saben poner vallas seguras a los factores ocasionales, a las
sugestiones del medio, a la tentación del lucro fácil, al contagio
imitativo. Viven solicitados por tendencias opuestas, oscilando entre el
bien y el mal, como el asno de Buridán. Son caracteres conformados minuto
por minuto en el molde inestable de las circunstancias. Ora son auxiliares a
medias por incapacidad de ejecutar un plan completo de conducta antisocial,
ora tienen suficiente astucia y previsión para llegar al borde mismo del
manicomio y de la cárcel, sin caer. Estos sujetos de moralidad incompleta,
larvada, accidental o alternante, representan las etapas de la transición
entre la honestidad y el delito. la zona de interferencia entre el bien y el
mal, socialmente considerados. Carecen del equilibrismo oportunista que
salva del naufragio a otros mediocres.
Un estigma
irrevocable impídeles conformar sus sentimientos a los criterios morales de
su sociedad. En algunos es producto del temperamento nativo; pululan en las
cárceles y viven como enemigos dentro de la sociedad que los hospeda. En
muchos la degeneración moral es adquirida, fruto de la educación; en ciertos
casos deriva de la lucha por la vida en un medio social desfavorable a su
esfuerzo; son mediocres desorganizados, caídos en la ciénaga por obra del
azar, capaces de comprender su desventura y avergonzarse de ella, como la
fiera que ha errado el salto. En otros hay una inversión de los valores
éticos, una perturbación del juicio que impide medir el bien y el mal con el
cartabón aceptado por la sociedad: son invertidos morales;, ineptos para
estimar la honestidad y el vicio. Inestables hay, por fin. cuyo carácter
revela una ausencia de sólidos cimientos que los aseguren contra el
oscilante vaivén de los apremios materiales y la alternativa inquietante de
las tentaciones deshonestas. Esos inválidos no sienten la coerción social;
su moralidad inferior bordejea en el vicio hasta el momento de encallar en
el delito.
Estos inadaptables
son moralmente inferiores al hombre mediocre. Sus matices son variados:
actúan en la sociedad como los insectos dañinos en la naturaleza.
El rebaño teme a
esos violadores de su hipocresía. Los prudentes no les perdonan el impudor
de su infamia y organizan contra ellos una compleja armazón defensiva de
códigos, jueces y prestigios; a través de siglos y de siglos su esfuerzo ha
sido ineficaz. Constituyen una horda extranjera y hostil dentro de su propio
terruño, audaz en la asechanza, embozada en el procedimiento, infatigable en
la tramitación aleve de sus programas trágicos. Algunos confían su vanidad
al filo de la cuchilla subrepticia, siempre alerta para blandirla con
fulgurante presteza contra el corazón o la espalda; otros deslizan
furtivamente su ágil garra sobre el oro o la lema que estimulan su avidez
con seducciones irresistibles; éstos violentan, como infantiles juguetes,
los obstáculos con que la prudencia del burgués custodia el tesoro acumulado
en interminables etapas de ahorro y de sacrificio; aquéllos denigran
vírgenes inocentes para lucrar, ofreciendo los encantos de su cuerpo venusto
a la insaciable lujuria de sensuales y libertinos; muchos succionan la
entraña de la miseria, en inverosímiles aritméticas de usura, como tenias
solitarias que nutren su inextinguible voracidad en los jugos icorosos del
intestino social enfermo; otros captan conciencias inexpertas para explotar
los riquísimos filones de la ignorancia y el fanatismo. Todos son
equivalentes en el desempeño de su parasitaria función antisocial, idénticos
en la inadaptación de sus sentimientos más elementales. Converge en ellos
una inveterada promiscuación de instintos y de perversiones que hace de cada
conciencia una pústula, arrastrándolos a malvivir del vicio y del delito.
Sea cual fuere, sin
embargo, la orientación de su inferioridad biológica o social, encontramos
una pincelada común en todos los hombres que están bajo el nivel de la
mediocridad: la ineptitud constante para adaptarse a las condiciones que, en
cada colectividad humana, limitan la lucha por la vida. Carecen de la
aptitud que permite al hombre mediocre imitar los prejuicios y las
hipocresías de la sociedad en que vegeta.
VI
FUNCIÓN SOCIAL DE LA VIRTUD
La honestidad es una
irritación; la virtud es una originalidad. Solamente los virtuosos poseen
talento moral y es obra suya cualquier ascenso hacia la perfección; el
rebaño se limita a seguir sus huellas, incorporando a la honestidad trivial
lo que fue antes virtud de pocos. Y siempre rebajándola.
Hemos distinguido al
delincuente del honesto. Insistimos en que su honestidad no es la virtud; él
se esfuerza por confundirlas, sabiendo que la segunda le es inaccesible. La
virtud es otra cosa. Es activa; excede infinitamente en variedad, en
derechez, en coraje, a las prácticas rutinarias que libran de la infamia o
de la cárcel.
Ser honesto implica
someterse a las convenciones corrientes; ser virtuoso significa a menudo ir
contra ellas, exponiéndose a pasar como enemigo de toda moral el que lo es
solamente de ciertos prejuicios inferiores. Si el sereno ateniense hubiera
adulado a sus conciudadanos, la historia helénica no estaría manchada por su
condena y el sabio no habría bebido la cicuta; pero no sería Sócrates. Su
virtud consistió en resistir los prejuicios de los demás. Si pudiéramos
vivir entre dignos y santos, la opinión ajena podría evitarnos tropiezos y
caídas; pero es cobardía, viviendo entre atartufados, rebajarse al común
nivel por miedo a atraer sus iras. Hacer como todos puede implicar avenirse
a lo indigno; el proceso moral tiene como condición resistir al común
descanso y adelantarse a su tiempo, como cualquier otro progreso.
Si existiera una
moral eterna -y no tantas morales cuantos son los pueblos- podría tomarse en
serio la leyenda bíblica del árbol cargado de frutos del bien y del mal.
Sólo tendríamos dos tipos de hombres: el bueno y el malo, el honesto y el
deshonesto, el normal y el inferior, el moral y el inmoral. Pero no es así.
Los juicios del valor se transforman: el bien de hoy puede haber sido el mal
de ayer, el mal de hoy puede ser el bien de mañana. Y viceversa.
No es el hombre
moralmente mediocre -el honesto- quien determina las transformaciones de la
moral.
Son los virtuosos y
los santos, inconfundibles con él. Precursores, apóstoles, mártires,
inventan formas superiores del bien, las enseñan, las predican, las imponen.
Toda moral futura es un producto de esfuerzos individuales, obra de
caracteres excelentes que conciben y practican perfecciones inaccesibles al
hombre común. En eso consiste el talento moral, que forja la virtud, y el
genio moral, que implica la santidad. Sin estos hombres originales no se
concebiría la transformación de las costumbres: conservaríamos los
sentimientos y pasiones de los primitivos seres humanos. Todo ascenso moral
es un esfuerzo del talento virtuoso hacia la perfección futura; nunca inerte
condescendencia para con el pasado, ni simple acomodación al presente.
La evolución de las
virtudes depende de todos los factores morales e intelectuales. El cerebro
suele anticiparse al corazón; pero nuestros sentimientos influyen más
intensamente que nuestras ideas en la formación de los criterios morales. El
hecho es más notorio en las sociedades que en los individuos. Ha podido
afirmarse que, si resucitase un griego o un romano, su cerebro permanecería
atónito ante nuestra cultura intelectual, pero su corazón podría latir al
unísono con muchos corazones contemporáneos. Sus ideas sobre el universo, el
hombre y las cosas contrastarían con las nuestras, pero sus sentimientos
ajustaríanse en gran parte a las palpitaciones del sentir moderno. En un
sigo cambian las ideas fundamentales de la ciencia y la filoso fía: los
sentimientos centrales de la moral colectiva sólo sufren leves oscilaciones,
porque los atributos biológicos de la especie humana varían lentamente. Nos
fuerzan a sonreír los conocimientos infantiles de los clásicos; pero sus
sentimientos nos conmueven, sus virtudes nos entusiasman, sus héroes nos
admiran y nos parecen honrados por los mismos atributos que hoy nos harían
honrarlos. Entonces, como ahora, los hombres ejemplares, aunque de ideas
opuestas, practicaban análogas virtudes frente a los hipócritas de su
tiempo. El fondo varía poco; lo que se transmuta incesantemente es la forma,
el juicio de valor que le confiere fuerza ética.
Hay, sin embargo, un
progreso moral colectivo. Muchos dogmatismos, que antes fueron virtudes, son
juzgados más tarde como prejuicios. En cada momento histórico coexisten
virtudes y prejuicios; el talento moral practica las primeras; la honestidad
se aferra a los segundos. Los grandes virtuosos, cada uno a su modo,
combaten por lo mismo, en la forma que su cultura y su temperamento les
sugieren.
Aunque por distintos
caminos. y partiendo de premisas racionales antagónicas, todos se proponen
mejorar al hombre: son igualmente enemigos de los vicios de su tiempo.
Los virtuosos no
igualan a los santos; la sociedad opone demasiados obstáculos a sus
esfuerzos. Pensar la perfección no implica practicarla totalmente; basta el
firme propósito de marchar hacia ella. Los que piensan como profetas pueden
verse obligados a proceder como filisteos en muchos de sus actos. La virtud
es una tensión real hacia lo que se concibe como perfección ideal.
El progreso ético es
lento, pero seguro. La virtud arrastra y enseña; los honestos se resignan a
imitar alguna parte de las excelencias que practican los virtuosos. Cuando
se afirma que somos mejores que nuestros abuelos, .sólo quiere expresarse
que lo somos ante nuestra moral contemporánea. Fuera más exacto decir que
diferimos de ellos.
Sobre las
necesidades perennes de la especie, organízanse conceptos de perfección que
varían a través de los tiempos; sobre las necesidades transitorias de cada
sociedad se elabora el arquetipo de virtud más útil a su progreso. Mientras
el ideal absoluto permanece indefinido y ofrece escasas oscilaciones en el
curso de siglos enteros, el concepto concreto de las virtudes se va
plasmando en las variaciones reales de la vida social; los virtuosos
ascienden por mil senderos hacia cumbres que se alejan, sin cesar, hacia el
infinito.
Cada uno de los
sentimientos útiles para la vida humana engendra una virtud, una norma de
talento moral. Hay filósofos que meditan durante largas noches insomnes,
sabios que sacrifican su vida en los laboratorios, patriotas que mueren por
la libertad de sus conciudadanos, altivos que renuncian todo favor que tenga
por precio su dignidad, madres que sufren la miseria custodiando el honor de
sus hijos. El hombre mediocre ignora esas virtudes; se limita a cumplir las
leyes por temor a las penas que amenazan a quien las viola, guardando la
honra por no arrastrar las consecuencias de perderla.
V LA
PEQUEÑA VIRTUD Y EL TALENTO MORAL
Así como hay una gama
de intelectos, cuyos tonos fundamentales son la inferioridad, la mediocridad
y el talento -aparte del idiotismo y el genio, que ocupan sus extremos-, hay
también una jerarquía moral representada por términos equivalentes. En el
fondo de esas desigualdades hay una profunda heterogeneidad de
temperamentos. La conformación a los catecismos ajenos resulta fácil para
los hombres débiles, crédulos, timoratos, sin grandes deseos, sin pasiones
vehementes, sin necesidad de independencia, sin irradiación de su
personalidad; es inconcebible, en cambio, en las naturalezas idealistas y
fuertes, capaces de pasiones vivas, bastante intelectuales para no dejarse
engañar por la mentira de los demás. Aquéllos no sufren por la coacción
moral del rebaño, pues la hipocresía es su clima propicio; éstos sufren,
luchando entre sus inclinaciones superiores y el falseado concepto del deber
que impone la sociedad. Se ajustan a él los hombres honestos, pero nunca se
le esclaviza el hombre moralmente superior. "Puede acordársele dice Remy de
Gourmont- el valor de una moda a la que uno se resigna por no llamar la
atención, pero sin interesar el ser íntimo y sin hacerle ningún sacrificio
profundo".. En esa disconformidad con la hipocresía colectivamente
organizada consiste la virtud, que es individual, a la contra de sus
caricaturas colectivas: en la caridad y en la beneficencia mundanas la
miseria de los corazones tristes alimenta la vanidad de los cerebros vacíos.
Los temperamentos
capaces de virtud difieren por su intensidad.
El primer germen de
perfección moral se manifiesta en una decidida preferencia por el bien:
haciéndolo, enseñándolo, admirándolo. La bondad es el primer esfuerzo hacia
la virtud; el hombre bueno, esquivo a las condescendencias permitidas por
los hipócritas, lleva en sí una partícula de santidad. El "buenismo" es la
moral de los pequeños virtuosos; su prédica es plausible, siempre que enseñe
a evitar la cobardía, que es su peligro. Algunos excesos de bondad no
podrían distinguirse del envilecimiento; hay falta de justicia en la moral
del perdón sistemático. Está bien perdonar una vez y sería inicuo no
perdonar ninguna; pero el que perdona dos veces se hace cómplice de los
malvados. No sabemos qué hubiera hecho Cristo si le hubiesen abofeteado la
segunda mejilla que ofreció al que le afrentaba la primera: los escolásticos
prefieren no discutir este problema.
Enseñemos a
perdonar; pero enseñemos también a no ofender.
Sería más eficiente.
Enseñémoslo con el ejemplo, no ofendiendo. Admitamos que la primera vez se
ofende por ignorancia; pero creamos que la segunda suele ser por villanía.
El mal no se corrige con la complacencia o la complicidad; es nocivo como
los venenos y debe oponérsele antídotos eficaces: la reprobación y el
desprecio.
Mientras los
hipócritas recetan la austeridad, reservando la indulgencia para sí mismos,
los pequeños virtuosos prefieren la práctica del bien a su prédica; evitan
los sermones y enaltecen su propia conducta.
Para el prójimo
encuentran una disculpa, en la debilidad humana o en la tentación del medio:
"tout comprendre c'est tout pardonner"; sólo son severos consigo mismos.
Nunca olvidan sus propias culpas y errores; y si no justifican las ajenas,
tampoco se preocupan de atormentarlas con su odio, pues saben que el tiempo
las castiga fatalmente, por esa gravitación que abisma a los perversos como
si fueran globos desinflados. Su corazón es sensible a las pulsaciones de
los demás, abriéndose a toda hora para adulcir las penas de un desventurado
y previniendo sus necesidades para ahorrarle la humillación de pedir ayuda;
hacen siempre todo lo que pueden, poniendo en ello tal afán que trasluce el
deseo de haber hecho más y mejor. Aprueban y estimulan cualquier germen de
cultura, prodigando su aplauso a toda idea original y compadeciendo a los
ignorantes sin reproches inoportunos: su cordialidad sincera con los
espíritus humildes no está corroída por la urbanidad convencional.
Esas pequeñas
virtudes son usuales, de aplicación frecuente, cotidiana; sirven para
distinguir al bueno del mediocre y difieren tanto de la honestidad como el
buen sentido difiere del sentido común. Importan una elevación sobre la
mediocridad; los que saben practicarlas merecen los elogios que tan
pródigamente se les tributan. Desde Platón y Plutarco está hecha su
apología; ello no impide su asidua reiteración por escritores que glosan en
estilo menos decisivo la socorrida frase de Hugo: "Il se fait beaucoup de
grandes actions dans les petites luttes. Il y a des bravoures opiniatres et
ignorées qui se défendent pied á pied dans l'ombre contre l'envahissement
fatal des nécessités.
Noble et
mistérieux triomphe qu'aucun regard ne voit, qu'aucune renommée ne paye,
qu'aucune fanfare ne salue.
La vie, le malheur,
l'isolement, l'abandon, la pauvreté, sont des champs de bataille que ont
leurs héros; héros obscurs plus grands parfois que les héros ilustres" .
No olvidemos, sin
embargo, que esas virtudes son pequeñas; es grave error oponerlas a las
grandes. Ellas revelan una loable tendencia, pero no pueden compararse con
el asiduo celo de perfección que convierte la bondad en virtud. Para esto se
requiere cierta intelectualidad superior; las mentes exiguas no pueden
concebir un gesto trascendente y noble, ni sabría ejecutarlo un carácter
amorfo. A los que dicen: "no hay tonto malo", podría respondérseles que la
incapacidad de mal no es bondad. Aún está por resolverse el antiguo litigio
que proponía elegir entre un imbécil bueno y un inteligente malo; pero está
seguramente resuelto que la imbecilidad no es una presunción de virtud, ni
la inteligencia lo es de perversidad. Ello no impide que muchos necios
protesten contra el ingenio y la ilustración, glosando la paradoja de
Rousseau, hasta inferir de ella que la escuela puebla las cárceles y que los
hombres más buenos son los torpes e ignorantes.
Mentira. Burda
patraña esgrimida contra la dignificación humana mediante la instrucción
pública, requisito básico para el enaltecimiento moral.
Sócrates enseñó
-hace de esto algunos años- que la Ciencia y la Virtud se confunden en una
sola y misma resultante: la Sabiduría. Para hacer el bien. basta verlo
claramente; no lo hacen los que no lo ven; nadie sería malo sabiéndolo. El
hombre más inteligente y más ilustrado puede ser el más bueno; "puede"
serlo, aunque no siempre lo sea. En cambio, el torpe y el ignorante no
pueden serlo nunca, irremisiblemente.
La moralidad es tan
importante como la inteligencia en la composición global del carácter. Los
más grandes espíritus son los que asocian las luces del intelecto con las
magnificencias del corazón. La "grandeza del alma" es bilateral. Son raros
esos talentos completos; son excepcionales esos genios. Los hombres
excelentes brillan por esta o aquella aptitud, sin resplandecer en todas;
hay asimismo talentos en algún género intelectual, que no lo son en virtud
alguna, y hombres virtuosos que no asombran por sus dotes intelectuales.
Ambas formas de
talento, aunque distintas y cada una multiforme, son igualmente necesarias y
merecen el mismo homenaje. Pueden observarse aisladas; suelen germinar al
unísono en hombres extraordinarios. Aisladas valen menos. La virtud es
inconcebible en el imbécil y el ingenio es infecundo en el desvergonzado. La
subordinación de la moralidad a la inteligencia es un renunciamiento de toda
dignidad; el más ingenioso de los hombres sería detestable cuando pusiera su
ingenio al servicio de la rutina, del prejuicio o del servilismo; sus
triunfos serían su vergüenza, no su gloria. Por eso dijo Cicerón, ha muchos
siglos: "Cuanto más fino y culto es un hombre, tanto más repulsivo y
sospechoso se vuelve si pierde su reputación le honesto". (De offic., II, ).
Verdad es que el tiempo perdona algunas culpas a los genios y a los héroes,
capaces de exceder con el bien que hacen el mal que no dejaren de hacer;
pero ellos son excepciones raras y en vida habría que medirlos con el
criterio de la posteridad: la trascendente magnitud de su obra.
Esas nociones
suprimen algunos problemas inocentes. como el de fallar si son preferibles
los que crean. inventan y perfeccionan en las ciencias y en las artes, o los
que poseen un admirable conjunto de energías morales que impulsan a jugar el
porvenir y la vida en defensa de la dignidad y la justicia. Entre los
talentos intelectuales y los talentos morales, estos últimos suelen ser
preferidos con razón, conceptuándolos más necesarios. "El talento superior
es el talento moral", ha escrito Smiles, glosando al inagotable Mr. de la
Palisse. De este parangón está excluido a priori el hombre mediocre, pues
sólo tiene rutinas en el cerebro y prejuicios en el corazón.
La apoteosis del
tonto bueno encamínase, evidentemente, a protestar, como lo hacía Cicerón.
contra los que pretenden consentir al ingenio un absurdo derecho a la
inmoralidad. El sistema es equívoco; igualmente injusto sería desacreditar a
los santos más ejemplares fundándose en que existen simuladores de la
virtud.
Es capcioso oponer
el ingenio y la moral, como términos inconciliables. ¿Sólo podría ser
virtuoso el rutinario o el imbécil? ¿Sólo podría ser ingenioso el deshonesto
o el degenerado? La humanidad debiera sonrojarse ante estas preguntas. Sin
embargo, ellas son insinuadas por catequistas que adulan a los tontos;
buscando el éxito ante su número infinito. El sofisma es sencillo. De muchos
grandes hombres se cuentan anomalías morales o de carácter, que no suelen
contarse del mediocre o del imbécil; luego, aquéllos son inmorales y éstos
son virtuosos.
Aunque las premisas
fuesen exactas, la conclusión sería ilegítima.
Si se concediera -y
es mentira- que los grandes ingenios son forzosamente inmorales, no habría
por qué otorgar a los imbéciles el privilegio de la virtud, reservado al
talento moral.
Pero la premisa es
falsa. Si se cuentan desequilibrios de los genios y no de los papanatas, no
es porque éstos sean faros de virtud, sino por una razón muy sencilla: la
historia solamente se ocupa de los primeros ignorando a los segundos. Por un
poeta alcoholista hay diez millones de lechuguinos que beben como él; por un
filósofo uxorcida hay cien mil uxoricidas que no son filósofos; por un sabio
experimentador, cruel con un perro o una rana, hay una incontable cohorte de
cazadores que le aventajan en impiedad. ¿Y qué dirá la historia? Hubo un
poeta alcoholista, un filósofo uxoricida y un sabio cruel; los millones de
anónimos no tienen biografía. Moreau de Tours equivocó el rumbo; Lombroso se
extravió; Nordau hizo de la cuestión una simple polémica literaria. No
comulguemos con ruedas de molino; la premisa es falsa. Los que hemos
visitado cien cárceles podemos asegurar que había en ellas cincuenta mil
hombres de inteligencia inferior, junto a cinco o veinte hombres de talento.
No hemos visto un solo hombre de genio.
Volvamos al sano
concepto socrático, hermanando la virtud y el ingenio, aliados antes que
adversarios. Una elevada inteligencia es siempre propicia al talento moral y
éste es la condición misma de la virtud. Sólo hay una cosa más vasta,
ejemplar, magnífica, el golpe de ala que eleva hacia lo desconocido hasta
entonces, remontándonos a las cimas eternas de esta aristocracia moral: son
los genios que enseñan virtudes no practicadas hasta la hora de sus
profecías o que practican las conocidas con intensidad extraordinaria. Si un
hombre encarrila en absoluto su vida hacia un ideal, eludiendo o constatando
todas las contingencias materiales que contra él conspiran, ese hombre se
eleva sobre el nivel mismo de las más altas virtudes. Entra en la santidad.
VI EL
GENIO MORAL: LA SANTIDAD
La santidad existe: los
genios morales son los santos de la humanidad. La evolución de los
sentimientos colectivos, representados por los conceptos de bien y de
virtud, se opera por intermedio de hombres extraordinarios. En ellos se
resume o polariza alguna tendencia inmanente del continuo devenir moral.
Algunos legislan y fundan religiones, como Manú, Confucio, Moisés y Buda, en
civilizaciones primitivas, cuando los Estados son teocracias; otros predican
y viven su moral, como Sócrates, Zenón o Cristo, confiando la suerte de sus
nuevos valores a la eficacia del ejemplo; los hay, en fin, que transmutan
racionalmente las doctrinas, como Antistenes, Epicuro o Spinoza.
Sea cual fuere el
juicio que a la posteridad merezcan sus enseñanzas, todos ellos son
inventores, fuerzas originales en la evolución del bien y del mal, en la
metamorfosis de las virtudes. Son siempre hombres de excepción, genios, los
que la enseñan. Los talentos morales perfeccionan o practican de manera
excelente esas virtudes por ellos creadas; los mediocres morales se
concretan a imitarlas tímidamente.
Toda santidad es
excesiva, desbordante, obsesionadora, obediente, incontrastable: es genio.
Se es santo por temperamento y no por cálculo, por corazonadas firmes más
que por doctrinarismos racionales: así lo fueron casi todos. La inflexible
rigidez del profeta o del apóstol, es simbólica; sin ella no tendríamos la
iluminada firmeza del virtuoso ni la obediencia disciplinada del honesto.
Los santos no son los factores prácticos de la vida social, sino las masas
que imitan débilmente su fórmula. No fue Francisco un instrumento eficaz de
la beneficencia, virtud cristiana que el tiempo reemplazará por la
solidaridad social: sus efectos útiles son producidos por innumerables
individuos que serían incapaces de practicarla por iniciativa propia, pero
que del exaltado arquetipo reciben sugestiones, tendencias y ejemplos,
graduándolos, difundiéndolos. El santo de Asís muere de consunción,
obsesionado por su virtud. sin cuidarse de si mismo, y entrega su vida a su
ideal; los mediocres que practican la beneficencia por él practicada cumplen
una obligación, tibiamente, sin perturbar su tranquilidad en holocausto a
los demás.
La santidad crea o
renueva. "La extensión y el desarrollo de los sentimientos sociales y
morales -dijo Eibot- se han producido lentamente y por obra de ciertos
hombres que merecen ser llamados inventores en moral. Esta expresión puede
sonar extrañamente a ciertos oídos de gente imbuida de la hipótesis de un
conocimiento del bien y del mal innato, universal, distribuido a todos los
hombres y en todos los tiempos. Si en cambio se admite una moral que se va
haciendo, es necesario que ella sea la creación, el descubrimiento de un
individuo o de un grupo. Todo el mundo admite inventores en geometría, en
música, en las artes plásticas. o mecánicas; pero también ha habido hombres
que por sus disposiciones naturales eran muy superiores a sus contemporáneos
y han sido promotores, iniciadores. Es importante observar que la concepción
teórica de un ideal moral más elevado, de una etapa a pasar, no basta; se
necesita una emoción poderosa que haga obrar y, por contagio, comunique a
los otros su propio élan. El avance es proporcional a lo que se siente y no
a lo que se piensa".
Por eso el genio
moral es incompleto mientras, no actúa; la simple visión de ideales
magníficos no implica la santidad, que está en el ejemplo, más bien que en
la doctrina, siempre que implique creación original. Los titulados santos de
ciertas religiones rara vez son creadores son simples virtuosos o
alucinados, a quienes el interés del culto y la política eclesiástica han
atribuido una santidad nominal. En la historia del sentimiento religioso
sólo son genios los que fundan o transmutan, pero de ninguna manera los que
organizan órdenes, establecen reglas, repiten un credo, practican una norma
o difunden un catecismo.
El santoral católico
es irrisorio. Junto a pocas vidas que merecen la hagiografía de un Fra
Domenico Cavalca, muchas hay que no interesan al moralista ni al psicólogo;
numerosas tientan la curiosidad de los alienistas y otras sólo revelan el
interesado homenaje de los concilios al fanatismo localista de ciertos
rebaños industrioso.
Pongamos más alta la
santidad: donde señale una orientación inconfundible en la historia de la
moral. Cada hora de la humanidad tiene un clima, una atmósfera y una
temperatura, que sin cesar varían. Cada clima es propicio al florecimiento
de ciertas virtudes; cada atmósfera se carga de creencias que señalan su
orientación intelectual; cada temperatura marca los grados de fe con que se
acentúan determinados ideales y aspiraciones. Una humanidad que evoluciona
no puede tener ideales inmutables, sino incesantemente perfectibles, cuyo
poder de transformación sea infinito como la vida. Las virtudes del pasado
no son las virtudes del presente; los santos de mañana no serán los mismos
de ayer. Cada momento de la historia requiere cierta forma de santidad que
sería estéril si no fuera oportuna, pues las virtudes se van plasmando en
las variaciones de la vida social.
En el amanecer de
los pueblos, cuando los hombres viven luchando a brazo partido con la
naturaleza avara, es indispensable ser fuertes y valientes para imponer la
hegemonía o asegurar la libertad del grupo; entonces la cualidad suprema es
la excelencia física y la virtud del coraje se transforma en culto de
héroes, equiparados a los dioses.
La santidad está en
el heroísmo.
En las grandes
crisis de renovación moral, cuando la apatía o la decadencia amenazan
disolver un pueblo o una raza, la virtud excelente entre todas es la
integridad del carácter, que permite vivir o morir por un ideal fecundo para
el común engrandecimiento. La santidad está en el apostolado.
En las plenas
civilizaciones más sirve a la humanidad el que descubre una nueva ley de la
naturaleza, o enseña a dominar alguna de sus fuerzas, que quien culmina por
su temperamento de héroe o de apóstol.
Por eso el prestigio
rodea a las virtudes intelectuales: la santidad está en la sabiduría.
Los ideales éticos
no son exclusivos del sentimiento religioso; no lo es la virtud; ni la
santidad. Sobre cada sentimiento pueden ellos florecer. Cada época tiene sus
ideales y sus santos: héroes, apóstoles o sabios.
Las naciones
llegadas a cierto nivel de cultura santifican en sus grandes pensadores a
los portaluces y heraldos de su grandeza espiritual. Si el ejemplo supremo
para los que combaten lo dan los héroes y para los que creen los apóstoles,
para los que piensan lo dan los filósofos. En la moral de las sociedades que
se forman, culminan Alejandro, César o Napoleón; y cuando se renuevan,
Sócrates. Cristo o Bruno; pero llega un momento en que los santos se llaman
Aristóteles, Bacon y Goethe. La santidad varía a compás del ideal.
Los espíritus cultos
conciben la santidad en los pensadores, tan luminosa como en los héroes y en
los apóstoles; en las sociedades modernas el "santo" es un anticipo
visionario de teoría o profeta de hechos que la posteridad confirma, aplica
o realiza. Se comprende que, a sus horas, haya santidad en servir a un ideal
en los campos de batalla o desafiando la hipocresía como en los supremos
protagonistas de una Iíada o de un Evangelio; pero también es santo, de
otros ideales, el poeta, el sabio o el filósofo que viven eternos en su
Divina comedia, en su Novum organum o en su Origen de las especies. Si es
difícil mirar un instante la cara de la muerte que amenaza paralizar nuestro
brazo, lo es más resistir toda una vida los principios y rutinas que
amenazan asfixiar nuestra inteligencia.
Entre nieblas que
alternativamente se espesan y se disipan, la humanidad asciende sin reposo
hacia remotas cumbres. Los más las ignoran; pocos elegidos pueden verlas y
poner allí su ideal, aspirando aproximársele. Orientadas por la exigua
constelación de visionarios, las generaciones remontan desde la rutina hacia
Verdades cada vez menos inexactas y desde el prejuicio hacia las Virtudes
cada vez menos imperfectas. Todos los caminos de la santidad conducen hacia
el punto infinito que marca su imaginaria convergencia.
CAPÍTULO IV
LOS CARACTERES
MEDIOCRES
I. Hombres y sombras. -
II. La domesticación de los mediocres. - III.
La vanidad. - IV. La
dignidad.
I
HOMBRES Y SOMBRAS
Desprovistos de alas y
de penacho, los caracteres mediocres son incapaces de volar hasta una cumbre
o de batirse contra un rebaño. Su vida es perpetua complicidad con la ajena.
Son hueste mercenaria del primer hombre firme que sepa uncirlos a su yugo.
Atraviesan el mundo cuidando su sombra e ignorando su personalidad. Nunca
llegan a individualizarse: ignoran el placer de exclamar "yo soy", frente a
los demás. No existen solos. Su amorfa estructura los obliga a borrarse en
una raza, en un pueblo, en un partido, en una secta, en una bandería:
siempre a embadurnarse de otros. Apuntalan todas las doctrinas y prejuicios,
consolidados a través de siglos. Así medran. Siguen el camino de las menores
resistencias, nadando a favor de toda corriente y variando con ella; en su
rodar aguas abajo no hay mérito: es simple incapacidad de nadar aguas
arriba. Crecen porque saben adaptarse a la hipocresía social, como las
lombrices a la entraña.
Son refractarios a
todo gesto digno; le son hostiles. Conquistan "honores" y alcanzan
"dignidades", en plural; han inventado el inconcebible plural del honor y de
la dignidad, por definición singulares e inflexibles. Viven de los demás y
para los demás: sombras de una grey, su existencia es el accesorio de focos
que la proyectan. Carecen de luz, de arrojo, de fuego, de emoción. Todo es,
en ellos, prestado.
Los caracteres
excelentes ascienden a la propia dignidad nadando contra todas las
corrientes rebajadoras, cuyo reflujo resisten con tesón.
Frente a los otros
se les reconoce de inmediato, nunca borrados por esa brumazón moral en que
aquéllos se destiñen. Su personalidad es todo brillo y arista: "Firmeza y
luz, como cristal de roca", breves palabras que sintetizan su definición
perfecta. No la dieron mejor Teofrasto o Bruyére. Han creado su vida y
servido un Ideal, perseverando en la ruta, sintiéndose dueños de sus
acciones, templándose por grandes esfuerzos: seguros en sus creencias,
leales a sus afectos. fieles a su palabra. Nunca se obstinan en el error, ni
traicionan jamás a la verdad. Ignoran el impudor de la inconstancia y la
insolencia de la ingratitud. Pujan contra los obstáculos y afrontan las
dificultades.
Son respetuosos en
la victoria y se dignifican en la derrota como si para ellos la belleza
estuviera en la lid y no en su resultado. Siempre, invariablemente, ponen la
mirada alto y lejos; tras lo actual fugitivo divisan un Ideal más respetable
cuanto más distante. Estos optimates son contados; cada uno vive por un
millón. Poseen una firme línea moral que les sirve de esqueleto o armadura.
Son alguien. Su fisonomía es la propia y no puede ser de nadie más; son
inconfundibles, capaces de imprimir su sello indeleble en mil iniciativas
fecundas. Las gentes domesticadas los temen, como la llaga al cauterio; sin
advertirlo, empero, los adoran con su desdén. Son los verdaderos amos de la
sociedad, los que agreden el pasado y preparan el porvenir, los que
destruyen y plasman. Son los actores del drama social, con energía
inagotable. Poseen el don de resistir a la rutina y pueden librarse de su
tiranía niveladora. Por ellos la Humanidad vive y progresa. Son siempre
excesivos; centuplican las cualidades que los demás sólo poseen en germen.
La hipertrofia de una idea o de una pasión los hace inadaptables d su medio,
exagerando su pujanza; mas, para la sociedad, realizan una función armónica
y vital. Sin ellos se inmovilizaría el progreso humano, estancándose como
velero sorprendido en alta mar por la bonanza. De ellos, solamente de ellos,
suelen ocuparse la historia y el arte, interpretándolos como arquetipos de
la Humanidad.
El hombre que
piensa con su propia cabeza y la sombra que refleja los pensamientos ajenos,
parecen pertenecer a mundos distintos.
Hombres y sombras:
difieren como el cristal y la arcilla.
El cristal tiene una
forma preestablecida en su propia composición química; cristaliza en ella o
no, según los casos; pero nunca tomará otra forma que la propia. Al verlo
sabemos que lo es, inconfundiblemente. De igual manera que el hombre
superior es siempre uno, en sí, aparte de los demás. Si el clima le es
propicio conviértese en núcleo de energías sociales, proyectando sobre el
medio sus características propias, a la manera del cristal que en una
solución saturada provoca nuevas cristalizaciones semejantes a sí mismo,
creando formas de su propio sistema geométrico. La arcilla, en cambio,
carece de forma propia y toma la que le .imprimen las circunstancias
exteriores, los seres que la presionan o las cosas que la rodean; conserva
el rastro de todos los surcos y el hoyo de todos los dedos, como la cera,
como la masilla; será cúbica, esférica o piramidal, según la modelen. Así
los caracteres mediocres: sensibles a las coerciones del medio en que viven,
incapaces de servir una fe o una pasión.
Las creencias son el
soporte del carácter; el hombre que las posee firmes y elevadas, lo tiene
excelente. Las sombras no creen. La personalidad está en perpetua evolución
y el carácter individual es su delicado instrumento; hay que templarlo sin
descanso en las fuentes de la cultura y del amor. Lo que heredamos implica
cierta fatalidad, que la educación corrige y orienta. Los hombres están
predestinados a conservar su línea propia entre las presiones coercitivas de
la sociedad; las sombras no tienen resistencia, se adaptan a las demás hasta
desfigurarse, domesticándose. El carácter se expresa por actividades que
constituyen la conducta. Cada ser humano tiene el correspondiente a sus
creencias; si es "firmeza y luz", como dijo el poeta, la firmeza está en los
sólidos cimientos, de su cultura y la luz en su elevación moral.
Los elementos
intelectuales no bastan para determinar su orientación; la febledad del
carácter depende tanto de la consistencia moral como de aquéllos, o más. Sin
algún ingenio, es imposible ascender por los senderos de la virtud; sin
alguna virtud son inaccesibles los del ingenio. En la acción van de consuno.
La fuerza de las creencias está en no ser puramente racionales; pensamos con
el corazón y con la cabeza. Ellas no implican un conocimiento exacto a de la
realidad; son simples juicios a su respecto, susceptibles de ser corregidos
o reemplazados. Son instrumentos actuales; cada creencia es una opinión
contingente y provisional. Todo juicio implica una afirmación. Toda negación
es, en sí mismo, afirmativa; negar es afirmar una negación.
La actitud es
idéntica: se cree lo que se afirma o se niega. Lo contrario de la afirmación
no es la negación, es la duda. Para afirmar o negar es indispensable creer.
Ser alguien es creer intensamente; pensar es creer; amar es creer; odiar es
creer; vivir es creer.
Las creencias son
los móviles de toda actividad humana. No necesitan ser verdades: creemos con
anterioridad a todo razonamiento y cada nueva noción es adquirida a través
de creencias ya preformadas.
La duda debiera ser
más común, escaseando los criterios de certidumbre lógica; la primera
actitud, sin embargo, es una adhesión a lo que se presenta a nuestra
experiencia. La manera primitiva de pensar las cosas consiste en creerlas
tales como las sentimos; los niños, los salvajes, los ignorantes y los
espíritus débiles son accesibles a todos los errores, juguetes frívolos de
las personas, las cosas y las circunstancias. Cualquiera desvía los bajeles
sin gobierno. Esas creencias son como los clavos que se meten de un solo
golpe; las convicciones firmes entran como los tornillos, poco a poco, a
fuerza de observación y de estudio.
Cuesta más trabajo
adquirirlas; pero mientras los clavos ceden al primer estrujón vigoroso, los
tornillos resisten y mantienen de pie la personalidad. El ingenio y la
cultura corrigen las fáciles ilusiones primitivas y las rutinas impuestas
por la sociedad al individuo: la amplitud del saber permite a los hombres
formarse ideas propias. Vivir arrastrado por las ajenas equivale a no vivir.
Los mediocres son obra de los demás y están en todas partes: manera de no
ser nadie y no estar en ninguna.
Sin unidad no se
concibe un carácter. Cuando falta, el hombre es amorfo o inestable; vive
zozobrando como frágil barquichuelo en un océano. Esa unidad debe ser
efectiva en el tiempo; depende, en gran parte, de la coordinación de las
creencias. Ellas son fuerzas dinamógenas y activas, sintetizadoras de la
personalidad. La historia natural del pensamiento humano sólo estudia
creencias, no certidumbres. La especie, las razas, las naciones, los
partidos, los f! grupos, son animados por necesidades materiales que los
engendran, más o menos conformes a la realidad, pero siempre determinantes
de su acción. Creer es la forma natural de pensar para vivir.
La unidad de las
creencias permite a los hombres obrar de acuerdo con el propio pasado: es un
hábito de independencia y la condición del hombre libre, en el sentido
relativo que el determinismo consiente.
Sus actos son ágil
es y rectilíneos, pueden preverse en cada circunstancia; siguen sin
vacilaciones un camino trazado: todo concurre a que custodien su dignidad y
se formen un ideal. Siempre están prontos para el esfuerzo y lo realizan sin
zozobra. Se sienten libres cuando rectifican sus yerros y más libres aún al
manejar sus pasiones. Quieren ser independientes de, todos, sin que ello les
impida ser tolerantes: el precio de su libertad no lo ponen en la sumisión
de los demás.
Siempre hacen lo que
quieren, pues sólo quieren lo que está en sus fuerzas realizar. Saben pulir
la obra de sus educadores y nunca creen terminada la propia cultura. Diríase
que ellos mismos se han hecho como son, viéndoles recalcar en todos los
actos el propósito de asumir su responsabilidad.
Las creencias del
Hombre son hondas, arraigadas en vasto saber; le sirven de timón seguro para
marchar por una ruta que él conoce y no oculta a los demás; cuando cambia de
rumbo es porque sus creencias de la Sombra son surcos arados en el agua;
cualquier ventisca las desvía; su opinión es tornadiza como veleta y sus
cambios obedecen a solicitaciones groseras de conveniencias inmediatas. Los
Hombres evolucionan según varían sus creencias y pueden cambiarlas mientras
siguen aprendiendo; las Sombras acomodan las propias a sus apetitos y
pretenden encubrir la indignidad con el nombre de evolución. Si dependiera
de ellas, esta última equivaldría a desequilibrio o desvergüenza; muchas
veces a traición.
Creencias firmes,
conducta firme. Ése es el criterio para apreciar el carácter: las obras. Lo
dice el bíblico poema: ludicaberis ex operibus vestris, seréis juzgados por
vuestras obras. ¡Cuántos hay que parecen hombres y sólo valen por las
posiciones alcanzadas en las piaras mediocráticas! Vistos de cerca,
examinadas sus obras, son menos que nada, valores negativos. Sombras.
II LA
DOMESTICACIÓN DE LOS MEDIOCRES
Gil Blas de Santillana
es una sombra: su vida entera es un proceso continuo de domesticación
social. Si alguna línea propia permitía diferenciarle de su rebaño, todo el
estercolero social se vuelca sobre él para borrarla, complicando su insegura
unidad en una cifra inmensa. El rebaño le ofrece infinitas ventajas. No
sorprende que él la acepte a cambio de ciertos renunciamientos compatibles
con su estructura moral. No le exige cosas inverosímiles; bástale su
condescendencia pasiva, su alma de siervo.
Mientras los hombres
resisten las tentaciones, las sombras resbalan por la pendiente; si alguna
partícula de originalidad les estorba, la eliminan para confundirse mejor en
los demás. Parecen sólidas y se ablandan, ásperas y se suavizan, ariscas y
se amansan, calurosas y se entibian, resplandecientes y se opacan, ardientes
y se apaciguan, viriles y se afeminan, erguidas y se achatan. Mil sórdidos
lazos las acechan desde que toman contacto con sus símiles: aprenden a medir
sus virtudes y a practicarlas con parsimonia. Cada apartamiento les cuesta
un desengaño, cada desvío les vale una desconfianza. Amoldan su corazón a
los prejuicios y su inteligencia a las rutinas: la domesticación les
facilita la lucha por la vida.
La mediocridad teme
al digno y adora al lacayo. Gil Blas le encanta; simboliza al hombre
práctico que de toda situación saca partido y en toda villanía tiene
provecho.
Persigue a
Stockmann, el enemigo del pueblo, con todo afán como pone en admirar a Gil
Blas: le recoge en la cueva de bandoleros y le encumbra favorito en las
cortes. Es un hombre de corcho: flota. Ha sido salteador, alcahuete, ratero,
prestamista, asesino, estafador, fementido, ingrato, hipócrita, traidor,
político; tan varios encenagamientos no le impiden ascender y otorgar
sonrisas desde su comedero. Es perfecto en su género. Su secreto es simple:
es un animal doméstico.
Entra al mundo como
siervo y sigue siendo servil hasta la muerte, en todas las circunstancias y
situaciones: nunca tiene un gesto altivo, jamás acomete de frente un
obstáculo.
El buen lenguaje
clásico llamaba doméstico a todo hombre que servía. Y era justo. El hábito
de la servidumbre trae consigo sentimientos de domesticidad, en los
cortesanos lo mismo que en los pueblos. Habría que copiar por entero el
elocuente Discurso sobre la servidumbre voluntaria, escrito por La Boetie en
su adolescencia y cubierto de gloria por el admirativo elogio de Montaigne.
Desde él miles de páginas fustigan la subordinación a los dogmatismos
sociales.
al acatamiento
incondicional de los prejuicios admitidos. el respeto de las jerarquías
adventicias. la disciplina ciega a la imposición colectiva, el homenaje
decidido a todo lo que representa el orden vigente. la sumisión sistemática
a la voluntad de los poderosos: todo lo que; refuerza la domesticación y
tiene por consecuencia inevitable el servilismo.
Los caracteres
excelentes son indomesticables: tienen su norte puesto en su Ideal. Su
"firmeza" los sostiene; su "luz" los guía. Las sombras, en cambio,
degeneran. Fácilmente se licua la cera; jamás el cristal pierde su arista.
Los mediocres encharcan su sombra cuando el medio los instiga; los
superiores se encumbran en la misma proporción en que se rebaja su ambiente.
En la dicha y en la adversidad, amando y depreciando, entre risas y entre
lágrimas, cada hombre firme tiene un modo peculiar decomportarse, que es su
síntesis: su carácter. Las sombras no tienen esa unidad de conducta que
permite prever el gesto en todas las ocasiones.
Para Zenón, el
estoico, el carácter es fuente de la vida y manan de él todas nuestras
acciones. Es buen decir, pero impreciso. En sus definiciones los moralistas
no concuerdan con los psicólogos: aquéllos catonizan como predicadores. c y
éstos describen como naturalistas. El carácter es una síntesis: hay que
insistir en ello. Es un exponente de toda la personalidad y no de algún
elemento aislado. En los mismos filósofos, que desarrollan sus aptitudes de
modo parcial, el carácter parecería depender exclusivamente de condiciones
intelectuales; vano error, pues su conducta es el trasunto de cien otros
factores. Pensar es vivir. Todo ideal humano implica una asociación
sistemática de la moral y de la voluntad, haciendo converger a su objeto los
más vehementes anhelos de perfección. El investigador de una verdad se
sobrepone a la sociedad en que vive: trabaja para ésta y piensa por todos,
anticipándose, contrariando sus rutinas. Tiene una personalidad social,
adaptada para las funciones que no puede ejercitar en una ermita; pero sus
sentimientos sociales no le imponen complicidad en lo turbio. En su
anastomosis con los demás conserva libres el corazón y el cerebro mediante
algo propio que nunca se desorienta: el que posee un carácter no se
domestica.
Gil Blas medra entre
los hombres desde que la humanidad existe; han protestado contra él los
idealistas de todos los tiempos. Los románticos, envueltos en sublime
desdén, han enfestado contra los temperamentos serviles: Musset, por boca de
Lorenzaccio, estruja con palabras ilevantables la cobardía de los pueblos
avenidos a la servidumbre. Y no le van en zaga los individualistas, cuyo más
alto vuelo lírico alcanzara Nietzsche: sus más hermosas páginas son un
código de moral antimediocre, una exaltación de cualidades inconciliables
con la disciplina social. El espíritu gregario, por él acerbamente
fustigado, tiene ya directores elocuentísimos, que exhiben las solidarias
complicaciones con que los medrosos resisten las iniciativas de las audaces
,ágrupándose en modos diversos según sus intereses de clase, jerarquía o
funciones.
Donde hubo esclavos
y siervos se plasmaron caracteres serviles.
Vencido el hombre,
no lo mataban: lo hacían trabajar en provecho propio. Sujeto al yugo.
tembloroso ante el látigo, el esclavo doblábase bajo coyundas que grababan
en su carácter la domesticidad. Algunos dice la historia- fueron rebeldes o
alcanzaron dignidades: su rebeldía fue siempre un gesto de animal hambriento
y su éxito fue el precio de complicidades en vicios de sus amos. Llegados al
ejercicio de alguna autoridad, tornáronse despóticos, desprovistos de
ideales que les detuvieran ante la infamia, como si quisieran con sus abusos
olvidar la servidumbre sufrida anteriormente. Gil Blas fue el más bajo de
los favoritos.
El tiempo y el
ejercicio adaptan a la vida servil- El hábito de resignarse para medrar crea
resortes cada vez más sólidos, automatismos que destiñen para siempre todo
rasgo individual. El quitamotas- Gil Blas se mancha de estigmas que lo hacen
inconfundible con el hombre digno. Aunque emancipado, sigue siendo lacayo y
da rienda suelta a bajos instintos.
La costumbre de
obedecer engendra una mentalidad doméstica.
El que nace de
siervos la trae en la sangre, según Aristóteles. Hereda hábitos serviles y
no encuentra ambiente propicio para formarse un carácter. Las vidas
iniciadas en la servidumbre no adquieren dignidad.
Los antiguos tenían
mayor desprecio por los hijos de los siervos, reputándolos moralmente peores
que los adultos reducidos al yugo por deudas o en las batallas; suponían que
heredaban la domesticidad de sus padres, intensificándola en la ulterior
servidumbre. Eran despreciados por sus amos.
Esto se repite en
cuantos países tuvieron una raza esclava inferior.
Es legítimo. Con
humillante desprecio suele mirarse a los mulatos, descendientes de antiguos
esclavos, en todas las naciones de raza blanca que han abolido la
esclavitud; su afán por disimular su ascendencia servil demuestra que
reconocen la indignidad hereditaria condensada en ellos. Ese menosprecio es
natural. Así como el antiguo esclavo tornábase vanidoso e insolente si
trepaba a cualquier posición donde pudiera mandar, los mulatos se
ensoberbecen en las inorgánicas mediocracias sudamericanas, captando
funciones y honores con que hartan sus apetitos acumulados en domesticidades
seculares.
La clase crea
idénticas desigualdades que la raza. Los siervos fueron tan doméstico.; como
lo; esclavos; la revolución francesa dio libertad política a sus
descendientes, mas no supo darles esa libertad moral que es el resorte de la
dignidad. El burgués enriquecido merece el desprecio del aristócrata más que
el odio del proletario, que es un aspirante a la burguesía; no hay peor jefe
que el antiguo asistente ni peor amo que el antiguo lacayo. Las
aristocracias son lógicas al desdeñar a los advenedizos: los consideran
descendientes de criados enriquecidos y suponen que han heredado su
domesticidad al mismo tiempo que las talegas.
Esas inclinaciones
serviles, arraigadas en el fondo mismo de la herencia étnica o social, son
bien vistas en las mediocracias contemporáneas, que nivelan políticamente al
servil y al digno. Ha variado el nombre pero la cosa subsiste: la
domesticidad es corriente en las sociedades modernas.
Lleva muchas décadas
la abolición legal de la esclavitud o la servidumbre; los países no se
creerían civilizados si las conservaran en su códigos. Eso no tuerce las
costumbres; el esclavo y el siervo siguen existiendo; por temperamento o por
falta de carácter. No son propiedad de sus amos, pero buscan la tutela
ajena, como van a la querencia los animales extraviados. Su psicología
gregaria no se transmutó, declarando los derechos del hombre; la libertad,
la igualdad y la fraternidad son ficciones que los halagan, sin redimirlos.
Hay inclinaciones que sobreviven a todas las leyes igualitarias y hacen amar
el yugo o el látigo. Las leyes no pueden dar hombría a la sombra, carácter
al amorfo, dignidad al envilecido, iniciativa a los imitadores, virtud al
honesto, intrepidez al manso, afán de libertad al servil. Por eso, en plena
democracia, los caracteres mediocres buscan naturalmente su bajo nivel: se
domestican.
En ciertos sujetos,
sin carácter desde el cáliz materno hasta la tumba, la conducta no puede
seguir normas constantes. Son peligrosos porque su ayer no dice nada sobre
su mañana; obran a merced de impulsos accidentales, siempre aleatorios. Si
poseen algunos elementos válidos, ellos están dispersos, incapaces de
síntesis; la menor sacudida pone a flote sus atavismos de salvaje y de
primitivo, depositados en los surcos más profundos de su personalidad. Sus
imitaciones son frágiles y poco arraigadas. Por eso son antisociales,
incapaces de elevarse a la honesta condición de animales de rebaño.
A otros
desgraciados, sin irreparables lagunas del temperamento, la sociedad les
mezquina su educación. Las grandes ciudades pululan de niños moralmente
desamparados, presas de la miseria, sin hogar, sin escuela. Viven tanteando
el vicio y cosechando la corrupción, sin el hábito de la honestidad y sin el
ejemplo luminoso de la virtud. Embotada su inteligencia y coartadas sus
mejores inclinaciones, tienen la voluntad errante, incapaz de sobreponerse a
las convergencias fatales que pugnan por hundirlos. Y si pasan su infancia
sin rodar a la charca, tropiezan después con nuevos obstáculos.
El trabajo, creando
el hábito del esfuerzo, sería la mejor escuela del carácter; pero la
sociedad enseña a odiarlo, imponiéndole precozmente, como una ignominia
desagradable o un envilecimiento infame, bajo la esclavitud de yugos y de
horarios, ejecutado por hambre o por avaricia, hasta que el hombre huye de
él como de un castigo: sólo podrá amarlo cuando sea una gimnasia espontánea
de sus gustos y de sus aptitudes. Así la sociedad completa su obra; los que
no naufragan por la educación malsana escollan en el trabajo embrutecedor.
En la compleja actividad moderna las voluntades claudicantes son toleradas;
sus incongruencias quedan ocultas mientras los actos se refieren a vulgares
automatismos de la vida diaria; pero cuando una circunstancia nueva los
obliga a buscar una solución, la personalidad se agita al azar y revela sus
vicios intrínsecos.
Esos degenerados son
indomesticables.
Los otros, como Gil
Blas, carecen de contralor sobre su propia conducta y olvidan que la más
leve caída puede ser el paso inicial hacia una degradación completa. Ignoran
que cada esfuerzo de dignidad consolida nuestra firmeza: cuanto más
peligrosa es la verdad que hoy decimos, tanto más fácil será mañana
pronunciar otras a voz en cuello.
En los mundos
minados por la hipocresía todo conspira contra las virtudes civiles: los
hombres se corrompen los unos a los otros, se imitan en lo intérlope, se
estimulan en lo turbio, se justifican recíprocamente. Una atmósfera tibia
entorpece al que cede por primera vez a la tentación de lo injusto; las
consecuencias de la primera falta pueden ir hasta lo infinito. Los mediocres
no saben evitarla; en vano harían el propósito de volver al buen sendero y
enmendarse. Para las sombras no hay rehabilitación; prefieren excusar las
desviaciones leves, sin advertir que ellas preparan las hondas. Todos los
hombres conocen esas pequeñas flaquezas, que de otro modo fueran perfectos
desde su origen; pero mientras en los caracteres firmes pasan como un roce
que no deja rastro, en los blandos aran un surco por donde se facilita la
recidiva. Ésa es la vía del envilecimiento. Los virtuosos la ignoran; los
honestos se dejan tentar. Como a Gil Blas, sólo les cuesta la primera caída;
después siguen cayendo como el agua en las cascadas, a saltitos, de pequeñez
en pequeñez, de flaqueza en flaqueza, de curiosidad en curiosidad. Los
remordimientos de la primera culpa ceden a la necesidad de ocultarla con
otras ante las cuales ya no se amedrentan. Su carácter se disocia y ellos se
tuercen, andan a ciegas, tropiezan, dan barquinazos, adoptan expedientes,
disfrazan sus intenciones, acceden por senderos tortuosos, buscan cómplices
diestro para avanzar en la tiniebla. Después de los primeros tanteos se
marchan de prisa, hasta que las raíces mismas de su moral se aniquilan. Así
resbalan por la pendiente, aumentando la cohorte de lacayos y parásitos:
centenares de Gil Blas carcomen las bases de la sociedad que ha pretendido
modelarlos a su imagen y semejanza.
Los hombres sin
ideales son incapaces de resistir las asechanzas de hartazgos materiales
sembrados en su camino Cuando han cedido a la tentación quedan cebados, como
las fieras que conocen el sabor de la sangre humana.
Por la circunstancia
de pensar siempre con la cabeza de la sociedad, el doméstico es el puntal
más seguro de todos los prejuicios políticos, religiosos, morales y sociales
Gil Blas está siempre con las manos congestionadas por el aplauso a los
ungidos y con el arma afilada para agredir al rebelde que anuncia una
herejía. El panurguismo y la intolerancia son los colores de su escarapela,
cuyo respeto exige de todos.
Es incalculable la
infinidad de gentes domésticas que nos rodea.
Cada funcionario
tiene un rebaño voraz, sumiso a sus caprichos, como los hambrientos al de
quien los harta. Si fuesen capaces de vergüenza, los adulones vivirían más
enrojecidos que las amapolas; lejos de eso, pasean su domesticidad y están
orgullosos de ella, exhibiéndola con donaire, como luce la pantera las
aterciopeladas manchas de su piel. La domesticación realizase de cien
maneras, tentando sus apetitos. En los límites de la influencia oficial los
medios de aclimatación se multiplican, especialmente en los países apestados
de funcionarismo. Los pobres de carácter no resisten; ceden a esa
hipnotización. La pérdida de su dignidad iníciase cuando abren el ojo a la
prebenda que estremece su estómago o nubla su vanidad, inclinándose ante las
manos que hoy le otorgan el favor y mañana le manejarán la rienda. Aunque ya
no hay servidumbre legal, muchos sujetos, libres de la domesticidad forzosa,
se avienen a ella voluntariamente, por vocación implícita en su flaqueza.
Están mancillados desde la cuna; aun no habiendo menester de beneficios, son
instintivamente serviles. Los hay en todas las clases sociales. El precio de
su indignidad varía con el rango y se traduce en formas tan diversas como
las personas que la ejercitan.
Alentando a Gil
Blas, rebájase el nivel moral de los pueblos y de las razas; no es
tolerancia estimular el abellacamiento. La cotización del mérito decae. La
mansedumbre silenciosa es preferida a la dignidad altiva. La piel se cubre
de más afeites cuando es menos sólida la columna vertebral; las buenas
maneras son más apreciadas que las buenas acciones. Si el de Santillana se
enguanta para robar, merece la admiración de todos; si Stockmann se desnuda
para salvar a un náufrago, lo condenan por escándalo. En los pueblos
domesticados llega un momento en que la virtud parece un ultraje a las
costumbres.
Las sombras viven
con el anhelo de castrar a los caracteres firmes y decapitar a los
pensadores alados, no perdonándoles el lujo de ser viriles o tener cerebro.
La falta de virilidades es elogiada como un refinamiento, lo mismo que en
los caballos de paseo. La ignorancia parece una coquetería, como la duda
elegante que inquieta a ciertos fanáticos sin ideales. Los méritos
conviértense en contrabando peligroso, obligados a disculparse y ocultarse,
como si ofendieran por su sola existencia. Cuando el hombre digno empieza a
despertar recelos, el envilecimiento colectivo es grave; cuando la dignidad
parece absurda y es cubierta de ridículo, la domesticación de los mediocres
ha llegado a sus extremos.
III LA
VANIDAD
El hombre es. La
sombra parece. El hombre pone su honor en el mérito propio y es juez supremo
de sí mismo; asciende a la dignidad.
La sombra pone el
suyo en la estimación ajena y renuncia a juzgarse; desciende a la vanidad.
Hay una moral del honor y otra de su caricatura: ser o parecer. Cuando un
ideal de perfección impulsa a ser mejores, ese culto de los propios méritos
consolida en los hombres la dignidad; cuando el afán de parecer arrastra a
cualquier abajamiento, el culto de la sombra enciende la vanidad.
Del amor propio
nacen las dos: hermanas por su origen, como Abel y Caín. Y más enemigas que
ellos, irreconciliables. Son formas diversas de amor propio. Siguen caminos
divergentes. La una florece sobre el orgullo, celo escrupuloso puesto en el
respeto de sí mismo; la otra nace de la soberbia, apetito de culminación
ante los dermis. El orgullo es una arrogancia originaria por nobles motivos
y quiere aquilatar el mérito; la soberbia es una desmedida presunción y
busca alargar la sombra. Catecismos y diccionarios han colaborado a la
inediocrización moral, subvirtiendo los términos que designan lo eximio y lo
vulgar. Donde los padres de la Iglesia decían superbia, como los antiguos,
fustigándola, tradujeron los zascandiles orgullo, confundiendo sentimientos
distintos. De ahí el equivocar la vanidad con la dignidad, que es su
antítesis, y el intento tasar a igual precio los hombres y las sombras, con
desmedro de los primeros.
En su forma
embrionaria revélase el amor propio como deseo de elogios y temor de
censuras: una exagerada sensibilidad a la opinión ajena. En los caracteres
conformados a la rutina y a los prejuicios corrientes, el deseo de brillar
en su medio y el juicio que sugieren al pequeño grupo que los rodea, son
estímulos para la acción. La simple circunstancia de vivir arrebañados
predispone a perseguir la aquiescencia ajena; la estima propia es favorecida
por el contraste o la comparación con los demás. Trátase hasta aquí de un
sentimiento normal.
Pero los caminos
divergen. En los dignos el propio juicio antepónese a la aprobación ajena;
en los mediocres se postergan los méritos y se cultiva la sombra. Los
primeros viven para sí; los segundos vegetan para los otros. Si el hombre no
viviera en sociedad, el amor propio sería dignidad en todos; viviendo en
grupos, lo es solamente en los caracteres firmes.
Ciertas
preocupaciones, reinantes en las mediocracias, exaltan a los domésticos. El
brillo de la gloria sobre las frentes elegidas deslumbra a los ineptos, como
el hartazgo del rico encela al miserable. El elogio del mérito es un
estímulo para su simulación. Obsesionados por el éxito, e incapaces de soñar
la gloria, muchos impotentes se envanecen de méritos ilusorios y virtudes
secretas que los demás no reconocen; créense actores de la comedia humana;
entran en la vida construyéndose un escenario, grande o pequeño, bajo o
culminante, sombrío o luminoso; viven con perpetua preocupación del juicio
ajeno sobre su sombra. Consumen su existencia sedientos de distinguirse en
su órbita, de preocupar a su mundo, de cultivar la atención ajena por
cualquier medio y de cualquier manera. La diferencia, si la hay, es
puramente cuantitativa entre la vanidad del escolar que persigue diez puntos
en los exámenes, la del político que sueña verse aclamado ministro o
presidente, la del novelista que aspira a ediciones de cien mil ejemplares y
la del asesino que desea ver su retrato en los periódicos.
La exaltación del
amor propio, peligrosa en los espíritus vulgares, es útil al hombre que
sirve un Ideal. Éste le cristaliza en dignidad; aquéllos le degeneran en
vanidad. El éxito envanece al tonto, nunca al excelente. Esa anticipación de
la gloria hipertrofia la personalidad en los hombres superiores: es su
condición natural. ¿El atleta no tiene, acaso, bíceps excesivos hasta la
deformidad La función hace el órgano.
El "yo" es el órgano
propio de la originalidad: absoluta en el genio. Lo que es absurdo en el
mediocre, en el hombre superior es un adorno: simple exponente de fuerza. El
músculo abultado no es ridículo en el atleta; lo es, en cambio, toda
adiposidad excesiva, por monstruosa e inútil, como la vanidad del
insignificante. Ciertos hombres de genio, Sarmiento, pongamos por caso,
habrían sido incompletos sin su megalomanía.
Su orgullo nunca
excede a la vanidad de los imbéciles. La aparente diferencia guarda
proporción con el mérito. A un metro y a simple vista nadie ve la pata de
una hormiga, pero todos perciben la garra de un león: lo propio ocurre con
el egotismo ruidoso de los hombres y la desapercibida soberbia de las
sombras. No pueden confundirse. El vanidoso vive comparándose con los que le
rodean, envidiando toda excelencia ajena y carcomiendo toda reputación que
no puede igualar; el orgulloso no se compara con los que juzga inferiores y
pone su mirada en tipos ideales de perfección que están muy alto y encienden
su entusiasmo.
El orgullo, subsuelo
indispensable de la dignidad, imprime a los hombres cierto bello gesto que
las sombras censuran. Para ello el babélico idioma de los vulgares ha
enmarañado la significación del vocablo, acabando por ignorarse si designa
un vicio o una virtud. Todo es relativo. Si hay méritos, el orgullo es un
derecho; si no los hay, se trata de vanidad. El hombre que afirma un Ideal y
se perfecciona hacia él, desprecia, con eso, la atmósfera inferior que le
asfixia; es un sentimiento natural, cimentado por una desigualdad efectiva y
constante.
Para los mediocres,
sería más grato que no les enrostrara esa humillante diferencia; pero
olvidan que ellos son sus enemigos, constriñendo su tronco robusto como la
hiedra a la encina, para ahogarle en el número infinito. El digno está
obligado a burlarse de las mil rutinas que el servil adora bajo el nombre de
principios; su conflicto es perpetuo. La dignidad es un rompeolas opuesto
por el individuo a la marea que le acosa. Es aislamiento de los domésticos y
desprecio de sus pastores, casi siempre esclavos del propio rebaño.
IV LA
DIGNIDAD
El que aspira a parecer
renuncia a ser. En pocos hombres súmanse el ingenio y la virtud en un total
de dignidad: forman una aristocracia natural, siempre exigua frente al
número infinito de espíritus omisos.
Credo supremo de
todo idealismo, la dignidad es unívoca, intangible, intransmutable. Es
síntesis de todas las virtudes que acercan al hombre y borran la sombra:
donde ella falta no existe el sentimiento del honor.
Y así como los
pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos sin ella son esclavos.
Los temperamentos
adamantinos -firmeza y luz- apártanse de toda complicidad, desafían la
opinión ajena si con ello han de salvar la propia, declinan todo bien
mundano que requiera una abdicación, entregan su vida misma antes que
traicionar sus ideales. Van rectos, solos, sin contaminarse en facciones,
convertidos en viviente protesta contra todo abellacamiento o servilismo.
Las sombras vanidosas se mancornan para disculparse en el número, rehuyendo
las íntimas sanciones de la conciencia; domesticadas, son incapaces de
gestos viriles, fáltales coraje. La dignidad implica valor moral. Los
pusilánimes son importantes, como los aturdidos; los unos reflexionan cuándo
conviene obrar, y los otros obran sin haber reflexionado. La insuficiencia
del esfuerzo equivale a la desorientación del impulso: el mérito de las
acciones se mide por el afán que cuestan y no por sus resultados. Sin coraje
no hay honor. Todas sus formas implican dignidad y virtud. Con su ayuda los
sabios acometen la exploración de lo ignoto, los moralistas minan las
sórdidas fuentes del mal, los osados se arriesgan para violar la altura y la
extensión, los justos se adiamantan en la fortuna adversa, los firmes
resisten la tentación y los severos el vicio, los mártires van a la hoguera
por desenmascarar una hipocresía, los santos mueren por un Ideal. Para
anhelar una perfección es indispensable. "El coraje -sentenció Lamartine- es
la primera de las elocuencias, es la elocuencia del carácter". Noble decir.
El que aspira a ser águila debe mirar lejos y volar alto; el que se resigna
a arrastrarse como un gusano renuncia al derecho de protestar si lo
aplastan.
La flebedad y la
ignorancia favorecen la domesticación de los caracteres mediocres
adaptándolos a la vida mansa; el coraje y la cultura exaltan la personalidad
de los excelentes, floreciéndola de dignidad. El lacayo pide; el digno
merece. Aquél solicita del favor lo que éste espera del mérito. Ser digno
significa no pedir lo que se merece, ni aceptarlo inmerecido. Mientras los
serviles trepan entre las malezas del favoritismo, los austeros ascienden
por la escalinata de sus virtudes. O no ascienden por ninguna.
La dignidad estimula
toda perfección del hombre; la vanidad acicatea cualquier éxito de la
sombra. El digno ha escrito un lema en su blasón: lo que tiene por precio
una partícula de honor, es caro. El pan sopado en la adulación, que engorda
al servil, envenena al digno. Prefiere, éste, perder un derecho a obtener un
favor; mil años le serán más leves que medrar indignamente. Cualquiera
herida es transitoria y puede dolerle una hora; la más leve domesticidad le
remordería toda la vida.
Cuando el éxito no
depende de los propios méritos, bástale conservarse erguido, incólume,
irrevocable en la propia dignidad. En las bregas domésticas, la obstinada
sinrazón suele triunfar del mérito sonriente; la pertinacia del indigno es
proporcional a su acorchamiento.
Los hombres
ejemplares desdeñan cualquier favor; se estiman superiores a lo que puede
darse sin mérito. Prefieren vivir crucificados sobre su orgullo a prosperar
arrastrándose; querrían que al morir su Ideal les acompañase blanquivestido
y sin manchas de abajamientos, como si fueran a desposarlo más allá de la
muerte.
Los caracteres
dignos permanecen solitarios, sin lucir en el anca ninguna marca de hierro;
son como el ganado levantisco que hociquea los tiernos tréboles de la
campiña virgen, sin aceptar la fácil ración de los pesebres. Si su pradera
es árida no importa; en libre oxigeno aprovechan más que en cebadas
copiosas, con la ventaja de* que aquél se toma y éstas se reciben de
alguien. Prefieren estar solos, mientras no puedan juntarse con sus iguales.
Cada flor englobada en un ramillete pierde su perfume propio. Obligado a
vivir entre desemejantes, el digno mantiénese ajeno a todo lo que estima
inferior. Descartes dijo que se paseaba entre los hombres como si ellos
fueran árboles; y Banville escribió de Gautier: "Era de aquellos que bajo
todos los regímenes, son necesaria e invenciblemente libres: cumplía su obra
con desdeñosa altivez y con la firme designación de un dios desterrado".
Ignora el hombre
digno las cobardías que dormitan en el fondo de los caracteres serviles; no
sabe desarticular su cerviz. Su respeto por el mérito le obliga a descartar
toda sombra que carece de él, a agredirla sin amenaza, castigarla si hiere.
Cuando la muchedumbre que obstruye sus anhelos es anodina y no tiene
adversarios que fazferir, el digno se refugia en sí mismo, se atrinchera en
sus ideales y calla, temiendo estorbar con sus palabras a las sombras que lo
escuchan. Y mientras cambia el clima, como es fatal en la alternativa de las
estaciones, espera anclado en su orgullo, como si éste fuera el puerto
natural y más seguro para su dignidad.
Vive con la obsesión
de no depender de nadie; sabe que sin independencia material el honor está
expuesto a mil mancillas, y para adquirirla soportará los más rudos
trabajos, cuyo fruto será su libertad en el porvenir. Todo parásito es un
siervo; todo mendigo es un doméstico.
El hambriento puede
ser rebelde; pero nunca un hombre libre. Enemiga poderosa de la dignidad es
la miseria; ella hace trizas los caracteres vacilantes e incuba las peores
servidumbres. El que no ha atravesado dignamente una pobreza es un heroico
ejemplar de carácter.
El pobre no puede
vivir su vida, tantos son los compromisos de la indigencia; redimirse de
ella es comenzar a vivir. Todos los hombres altivos viven soñando una
modesta independencia material; la miseria es mordaza que traba la lengua y
paraliza el corazón. Hay que escapar de sus garras para elegirse el Ideal
más alto, el trabajo más agradable, la mujer más santa, los amigos más
leales, los horizontes más risueños, el aislamiento más tranquilo. La
pobreza impone el enrolamiento social; el individuo se inscribe en un
gremio, más o menos jornalero, más o menos funcionario, contrayendo deberes
y sufriendo presiones denigrantes que le empujan a domesticarse. Enseñaban
los estoicos los secretos de la dignidad: contentarse con lo que se tiene,
restringiendo las propias necesidades. Un hombre libre no espera nada de
otros, no necesita pedir. La felicidad que da el dinero está en no tener que
preocuparse de él; por ignorar ese precepto no es libre el avaro, ni es
feliz.
Los bienes que
tenemos son la base de nuestra independencia; los que deseamos son la cadena
remachada sobre nuestra esclavitud. La fortuna aumenta la libertad de los
espíritus cultivados y torna vergonzosa la ridiculez de los palurdos.
Suprema es la indignidad de los que adulan teniendo fortuna; ésta les
redimiría todas las domesticidades, si no fuesen esclavos de la vanidad.
Los únicos bienes
intangibles son los que acumulamos en el cerebro y en el corazón; cuando
ellos faltan ningún tesoro los sustituye.
Los orgullosos
tienen el culto de su dignidad: quieren poseerla inmaculada, libre de
remordimientos, sin flaquezas que la envilezcan o la rebajen. A ella
sacrifican bienes; honores, éxitos: todo lo que es propicio al crecimiento
de la sombra. Para conservar la estima propia no vacilan en afrontar la
opinión de los mansos y embestir sus prejuicios; pasan por indisciplinados y
peligrosos entre los que en vano intentan malear su altivez. Son raros en
las mediocracias, cuya chatura moral los expone a la misantropía; tienen
cierto aire desdeñoso y aristocrático que desagrada a los vanidosos más
culminantes, pues los humilla y avergüenza. Inflexibles y tenaces porque
llevan en el corazón una fe sin dudas, una convicción que no trepida, una
energía indómita que a nada cede ni teme, suelen tener asperezas urticantes
para los hombres amorfos. En algunos casos pueden ser altruistas, o porque
cristianos es la más alta acepción del vocablo o porque profundamente
afectivos: presentan entonces uno de los caracteres más sublimes, más
espléndidamente bellos y que tanto honran a la naturaleza humana. Son los
santos del honor, los poetas de la dignidad. Siendo héroes, perdonan las
cobardías de los demás; victoriosos siempre ante sí mismos, compadecen a los
que en la batalla de la vida siembran, hecha jirones, su propia dignidad. Si
la estadística pudiera decirnos el número de hombres que poseen este
carácter en cada nación, esa cifra bastaría, por sí sola, mejor que otra
cualquiera, para indicarnos el valor moral de un pueblo.
La dignidad, afán
de autonomía, lleva a reducir la dependencia de otros a la medida de lo
indispensable, siempre enorme. La Bruyére, que vivió como intruso en la
domesticidad cortesana de su siglo, supo medir el altísimo precepto que
encabeza el Manual de Epicteto, a punto de apropiárselo textualmente sin
amenguar con ello su propia gloria: "Se faire valoir par des choses qui ne
dependet point des autres, mais de sois seul, ou renoncer a se faire
valoir" . Esa máxima le parece inestimable y de recursos infinitos en la
vida, útil para los virtuosos y los que tienen ingenio, tesoro intrínseco de
los caracteres excelentes; es, en cambio, proscrita donde reina la
mediocridad, "pues desterraría de las Cortes las tretas, los cabildeos, los
malos oficios, la bajeza, la adulación y la intriga". Las naciones no se
llenarían de serviles domesticados, sino de varones excelentes que legarían
a sus hijos menos vanidades y más nobles ejemplos. Amando los propios
méritos más que la prosperidad indecorosa, crecería el amor a la virtud, el
deseo de la gloria, el culto por ideales de perfección incesante: en la
admiración por los genios, los santos y los héroes. Esa dignificación moral
de los hombres señalaría en la historia el ocaso de las sombras.
CAPÍTULO V
LA ENVIDIA
I. La pasión de los
mediocres. - II. Psicología de los envidiosos.
III. Los roedores de
la gloria - IV. Una escena dantesca: su castigo.
I LA
PASION DE LOS MEDIOCRES
La envidia es una
adoración de los hombres por las sombras, del mérito por la mediocridad. Es
el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la gloria ajena. Es el
grillete que arrastran los fracasados.
Es el acíbar que
paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heridas
abiertas por el desengaño de la insignificancia propia. Por sus horcas
caudinas pasan, tarde o temprano, los que viven esclavos de la vanidad:
desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de su propia tristura,
sin sospechar que su ladrido envuelve una consagración inequívoca del mérito
ajeno. La inextinguible hostilidad de los necios fue siempre el pedestal de
un monumento.
Es la más innoble de
las torpes lacras que afean a los caracteres vulgares. El que envidia se
rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno; esta pasión es el estigma
psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida. No basta
ser inferior para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien en algún
sentido; es necesario sufrir del bien ajeno, de la dicha ajena, de
cualquiera culminación ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de la
envidia: muerde el corazón como un ácido, lo carcome como una polilla, lo
corroe como la herrumbre al metal.
Entre las malas
pasiones ninguna la aventaja. Plutarco decía -y lo repite La Rochefoucauld-
que existen almas corrompidas hasta jactarse de vicios infames; pero ninguna
ha tenido el coraje de confesarse envi diosa. Reconocer la propia envidia
implicaría, a la vez, declararse inferior al envidiado; trátase de pasión
tan abominable, y tan universalmente detestada, que avergüenza al más
impúdico y se hace lo indecible por ocultarla.
Sorprende que los
psicólogos la olviden en sus estudios sobre las pasiones, limitándose a
mencionarla como un caso particular de los celos. Fue siempre tanta su
difusión y su virulencia, que ya la mitología grecolatina le atribuye origen
sobrehumano, haciéndola nacer de las tinieblas nocturnas. El mito le asigna
cara de vieja horriblemente flaca y exangüe, cubierta de cabeza de víboras
en vez de cabellos. Su mirada es hosca y los ojos hundidos; los dientes
negros y la lengua untada con tósigos fatales; con una mano ase ,tres
serpientes, y con la otra una hidra o una tea; incuba en su seno un
monstruoso reptil que la devora continuamente y le instila su veneno; está
agitada; no ríe; el sueño nunca cierra los párpados sobre sus ojos
irritados. Todo suceso feliz le aflige o atiza su congoja; destinada a
sufrir, es el verdugo implacable de sí misma.
Es pasión traidora y
propicia alas hipocresías. Es al odio como la ganzúa a la espada; la emplean
los que no pueden competir con los envidiados. En los ímpetus del odio puede
palpitar el gesto de la garra que en un desesperado estremecimiento destroza
y aniquila; en la subrepticia reptación de la envidia sólo se percibe el
arrastramiento tímido del que busca morder el talón.
Teofrasto creyó que
la envidia se confunde con el odio o nace de él, opinión ya enunciada por
Aristóteles, su maestro. Plutarco abordó la cuestión, preocupándose de
establecer diferencias entre las dos pasiones (Obras morales, II). Dice que
a primera vista se confunden; parecen brotar de la maldad, y cuando se
asocian tórnanse más fuertes, como las enfermedades que se complican. Ambas
sufren del bien y gustan del mal ajeno; pero esta semejanza no basta para
confundirlas, si atendemos a sus diferencias. Sólo se odia lo que se cree
malo o nocivo; en cambio, toda prosperidad excita la envidia, como cualquier
resplandor irrita los ojos enfermos. Se puede odiar a las cosas y a los
animales; sólo se puede envidiar a los hombres. El odio puede ser justo,
motivado; la envidia es siempre injusta, pues la prosperidad no daña a
nadie. Estas dos pasiones, como plantas de una misma especie, se nutren y
fortifican por causas equivalentes: se odia más a los más perversos y se
envidia más a los más meritorios. Por eso Temístocles decía, en su juventud,
que aún no había realizado ningún acto brillante, porque todavía nadie le
envidiaba. Así como las cantáridas prosperan sobre los trigales más rubios y
los rosales más florecientes, la envidia alcanza a los hombres más famosos
por su carácter y por su virtud. El odio no es desarmado por la buena o la
mala fortuna; la envidia sí. Un sol que ilumina perpendicularmente desde el
más alto punto del cielo reduce a nada o muy poco la sombra de los objetos
que están debajo: así, observa Plutarco, el brillo de la gloria achica la
sombra de la envidia y la hace desaparecer.
El odio que injuria
y ofende es temible; la envidia que calla y conspira es repugnante. Algún
libro admirable dice que ella es como las caries de los huesos; ese libro es
la Biblia, casi de seguro, o debiera serlo. Las palabras más crueles que un
insensato arroja a la cara no ofenden la centésima para de las que el
envidioso va sembrando constantemente a la espalda; éste ignora las
reacciones del odio y expresa su inquina tartajeando, incapaz de encresparse
en ímpetus viriles: diríase que su boca está amargada por una hiel que no
consigue arrojar ni tragar. Así como el aceite apaga la cal y aviva él
fuego, el bien recibido contiene el odio en los nobles espíritus y exaspera
la envidia en los indignos. El envidioso es ingrato, como luminoso el sol,
la nube opaca y la nieve fría: lo es naturalmente.
El odio es
rectilíneo y no time la verdad: la envidia es torcida y trabaja la mentira.
Envidiando se sufre más que odiando: como esos tormentos enfermizos que
tórnanse terroríficos de noche, amplificados por el horror de las tinieblas.
El odio puede hervir
en los grandes corazones; puede ser justo y santo; lo es muchas veces,
cuando quiere borrar la tiranía, la infamia, la indignidad. La envidia es de
corazones pequeños. La conciencia del propio mérito suprime toda menguada
villanía; el hombre que se siente superior no puede envidiar, ni envidia
nunca el loco feliz que vive con delirio de las grandezas. Su odio está de
pie y ataca de frente. César aniquiló a Pompeyo, sin rastrerías; Doriatello
venció con su "Cristo" al de Brunelleschi, sin abajamientos; Nietzsche
fulminó a Wagner, sin envidiarlo. Así como la genialidad presiente la gloria
y da a sus predestinados cierto ademán apocalíptico, la certidumbre de un
oscuro porvenir vuelve miopes y reptiles a los mediocres. Por eso los
hombres sin méritos siguen siendo envidiosos a pesar de los éxitos obtenidos
por su sombra mundana, como si un remordimiento interior les gritara que los
usurpan sin merecerlos. Esa conciencia de su mediocridad es un tormento;
comprenden que sólo pueden permanecer en la cumbre impidiendo que otros
lleguen hasta ellos y los descubran. La envidia es una defensa de las
sombras contra los hombres.
Con los distingos
enunciados, los clásicos aceptan el parentesco entre la envidia y el odio,
sin confundir ambas pasiones. Conviene sutilizar el problema distinguiendo
otras que se le parecen: la emulación y los celos.
La envidia, sin
duda, arraiga como ellas en una tendencia efectiva, pero posee caracteres
propios que permiten diferenciarla. Se envidia lo que otros ya tienen y se
desearía tener, sintiendo que el propio es un deseo sin esperanza; se cela
lo que ya se posee y se teme perder; se emula en pos de algo que otros
también anhelan, teniendo la posibilidad de alcanzarlo.
Un ejemplo tomado en
las fuentes más notorias ilustrará la cuestión. Envidiamos la mujer que el
prójimo posee y nosotros deseamos, cuando sentimos la imposibilidad de
disputársela. Celamos la mujer que nos pertenece, cuando juzgamos incierta
su posesión y tememos que otro pueda compartirla o quitárnosla. Competimos
sus favores en noble emulación, cuando vemos la posibilidad de conseguirlos
en igualdad de condiciones con otro que a ellos aspira. La envidia nace,
pues, del sentimiento de inferioridad respecto de su objeto; los celos
derivan del sentimiento de posesión comprometido; la emulación surge del
sentimiento de potencia que acompaña a toda noble afirmación de la
personalidad.
Por deformación de
la tendencia egoísta algunos hombres están naturalmente inclinados a
envidiar a los que poseen tal superioridad por ellos anhelada en vano; la
envidia es mayor cuando más imposible se considera la adquisición del bien
codiciado. Es el reverso de la emulación; ésta es una fuerza propulsora y
fecunda, siendo aquélla una rémora que traba y esteriliza los esfuerzos del
envidioso. Bien lo comprendió Bartrina, en su admirable quintilla:
La envidia y la
emulación
parientes dicen que
son;
aunque en todo
diferentes al fin también son
parientes el diamante y
el carbón.
La emulación es
siempre noble: el odio mismo puede serlo algunas veces. La envidia es una
cobardía propia de los débiles, un odio impotente, una incapacidad
manifiesta de competir o de odiar.
El talento, la
belleza, la energía, quisieran verse reflejados en todas las cosas e
intensificados en proyecciones innúmeras; la estulticia, la fealdad y la
impotencia sufren tanto o más por el bien ajeno que por la propia desdicha.
Por eso toda superioridad es admirativa y toda subyacencia es envidiosa.
Admirar es sentirse creer en la emulación con los más grandes.
Un ideal preserva de
la envidia. El que escucha ecos de voces proféticas al leer los escritos de
los grandes pensadores; el que siente grabarse en su corazón, con caracteres
profundos como cicatrices, su clamor visionario y divino; el que se extasía
contemplando las supremas creaciones plásticas; el que goza de íntimos
escalofríos frente a las obras maestras accesibles a sus sentidos, y se
entrega a la vida que palpita en ellas, y se conmueve hasta cuajársele de
lágrimas los ojos, y el corazón bullicioso se le arrebata en fiebre de
emoción; ése tiene un noble espíritu y puede incubar el deseo de crear tan
grandes cosas como las que sabe admirar. El que no se inmuta leyendo a
Dante, mirando a Leonardo, oyendo a Beethoven, puede jurar que la Naturaleza
no ha encendido en su cerebro la antorcha suprema, ni paseará jamás sin
velos ante sus ojos miopes que no saben admirarla en las obras de los
genios.
La emulación presume
un afán de equivalencia, implica la posibilidad de un nivelamiento; saluda a
los fuertes que van camino de la gloria, marchando ella también. Sólo el
impotente, convicto y confeso, emponzoña su espíritu hostilizando la marcha
de los que no puede seguir.
Toda la psicología
de la envidia está sintetizada en una fábula, digna de incluirse en los
libros de lectura infantil. Un ventrudo sapo graznaba en su pantano cuando
vio resplandecer en lo más alto de las toscas a una luciérnaga. Pensó que
ningún ser tenía derecho de lucir cualidades que él mismo no poseería jamás.
Mortificado por su propia impotencia, saltó hasta ella y la cubrió con su
vientre helado. La inocente luciérnaga osó preguntarle: ¿Por qué me tapas? Y
el sapo, congestionado por la envidia, sólo acertó a interrogar a su vez:
¿Por qué brillas?
II
PSICOLOGíA DE LOS ENVIDIOSOS
Siendo la envidia un
culto involuntario del mérito, los envidiosos son, a pesar suyo, sus
naturales sacerdotes.
El propio Hornero
encarnó ya, en Tersites, al envidioso de los tiempos heroicos; como si sus
lacras físicas fuesen exiguas para exponerlo al baldón eterno, en un simple
verso nos da la línea sombría de su moral, diciéndolo enemigo de Aquiles y
de Ulises: puede medirse por las excelencias de las personas que envidia.
Shakespeare trazó
una silueta definitiva en su Yago feroz, almácigo de infamias y cobardías,
capaz de todas las traiciones y de todas las falsedades. El envidioso
pertenece a una especie moral raquítica, mezquina, digna de compasión o de
desprecio. Sin coraje para ser asesino, se resigna a ser vil. Rebaja a los
otros, desesperado de la propia elevación.
La familia ofrece
variedades infinitas, por la combinación de otros estigmas con el
fundamental. El envidioso pasivo es solemne y sentencioso; el activo es un
escorpión atrabiliario. Pero, lúgubre o bilioso, nunca sabe reír de risa
inteligente y sana. Su mueca es falsa: ríe a contrapelo.
¿Quién no los codea
en su mundo intelectual? El envidioso pasivo es de cepa servil. Si intenta
practicar el bien, se equivoca hasta el asesinato: diríase que es un miope
cirujano predestinado a herir los órganos vitales y respetar la víscera
cancerosa. No retrocede ante ninguna bajeza cuando un astro se levanta en su
horizonte: persigue al mérito hasta dentro de su tumba. Es serio, por
incapacidad de reírse; le atormenta la alegría de los satisfechos. Proclama
la importancia de la solemnidad y la practica; sabe que sus congéneres
aprueban tácitamente esa hipocresía que escuda la irremediable inferioridad:
no vacila en sacrificarles la vida de sus propios hijos, empujándoles, si es
necesario, en el mismo borde de la tumba.
El envidioso activo
posee una elocuencia intrépida, disimulando con niágaras de palabras su
estiptiquez de ideas. Pretende sondar los abismos del espíritu ajeno, sin
haber podido nunca desenredar el propio. Parece tener mil lenguas, como el
clásico monstruo rabelesiano.
Por todas ella
destila su insidiosidad de viborezno en forma de elogio reticente, pues la
viscosidad urticante de su falso loar es el máximum de su valentía moral. Se
multiplica hasta lo infinito; tiene mil piernas y se insinúa doquier;
siembra la intriga entre sus propios cómplices, y, llegado el caso, los
traiciona. Sabiéndose de antemano repudiado por la gloria, se refugia en
esas academias donde los mediocres se empampanan de vanidad si alguna
inexplicable paternidad complica la quietud de su madurez estéril, podéis
jurar que su obra es fruto del esfuerzo ajeno. Y es cobarde para ser
completo; se arrastra ante los que turban sus noches con la aureola del
ingenio luminoso, besa la mano del que le conoce y le desprecia, se humilla
ante él. Se sabe inferior; su vanidad sólo aspira a desquitarse con las
frágiles compensaciones de la zangamanga a ras de tierra.
A pesar de sus
temperamentos heterogéneos, el destino suele agrupar a los envidiosos en
camarillas o en círculos, sirviéndoles de argamasa el común sufrimiento por
la dicha ajena. Allí desahogan su pena íntima difamando a los envidiados y
vertiendo toda su hiel como un homenaje a la superioridad del talento que
los humilla. Son capaces de envidiar a los grandes muertos, como si los
detestaran personalmente. Hay quien envidia a Sócrates y quién a Napoleón,
creyendo igualarse a ellos rebajándolos; para eso endiosarán a un Brunetiére
o un Boulanger. Pero esos placeres malignos poco amenguan su desventura, que
está en sufrir de toda felicidad y en martirizarse de toda gloria.
Rubens lo presintió
al pintar la envidia, en un cuadro de la Galería Medicea, sufriendo entre la
pompa luminosa de la inolvidable regencia.
El envidioso cree
marchar al calvario cuando observa que otros escalan la cumbre. Muere en el
tormento de envidiar al que le ignora o desprecia, gusano que se arrastra
sobre el zócalo de la estatua.
Todo rumor de alas
parece estremecerlo, como si fuera una burla a sus vuelos gallináceos.
Maldice la luz, sabiendo que en sus propias tinieblas no amanecerá un solo
día de gloria. ¡Si pudiera organizar una cacería de águilas o decretar un
apagamiento de astros! Lo que es para otros causa de felicidad, puede ser
objeto de envidia. La ineptitud para satisfacer un deseo o hartar un apetito
determina esta pasión que hace sufrir del bien ajeno. El criterio para
valorar lo envidiado es puramente subjetivo: cada hombre se cree la medida
de los demás, según el juicio que tiene de sí mismo.
Se sufre la envidia
apropiada a las inferioridades que se sienten, sea cual fuere su valor
objetivo. El rico puede sentir emulación o celos por la riqueza ajena; pero
envidiará el talento. La mujer. bella tendrá celos de otra hermosura; pero
envidiará a las ricas. Es posible sentirse superior en cien cosas e inferior
en una sola; éste es el punto frágil por donde tienta su asalto la envidia.
El sujeto
descollante encuentra su cohorte de envidiosos en la esfera de sus colegas
más inmediatos, entre los que desearían descollar de idéntica manera. Es un
accidente inevitable de toda culminación, aunque en algunas profesiones es
más célebre; los hombres de letras no se quedan atrás, pero los cómicos y
las rameras tendrían el privilegio, si no existiesen los médicos. La envidia
medicorum es memorable desde la Antigüedad: la conoció Hipócrates. El arte
la ha descrito con frecuencia, para deleite de los enfermos sobrevientes a
las drogas.
El motivo de la
envidia se confunde con el de la admiración, siendo ambas dos aspectos de un
mismo fenómeno. Sólo que la admiración nace en el fuerte y la envidia en el
subalterno. Envidiar es una forma aberrante de rendir homenaje a la
superioridad. El gemido que la insuficiencia arranca a la vanidad es una
forma especial de alabanza.
Toda culminación es
envidiada. En la mujer la belleza. El talento y la fortuna en el hombre. En
ambos la fama y la gloria, cualquiera que sea su forma.
La envidia femenina
suele ser afiligranada y perversa; la mujer da su arañazo con uña afilada y
lustrosa, muerde con dientecillos orificados, estruja con dedos pálidos y
finos. Toda maledicencia le parece escasa para traducir su despecho; en ella
debió pensar Apeles cuando representó a la Envidia guiando con mano felina a
la Calumnia.
La que ha nacido
bella -y la Belleza para ser completa requiere, entre otros dones, la
gracia, la pasión y la inteligencia- tiene asegurado el culto de la envidia.
Sus más nobles superioridades serán adoradas por las envidiosas; en ellas
clavarán sus incisivos, como sobre una lima, sin advertir que la pasión las
convierte en vestales. Mil lenguas viperinas le quemarán el incienso de sus
críticas; las miradas oblicuas de las sufrientes fusilarán su belleza por la
espalda; las almas tristes le elevarán sus plegarias en forma de calumnias,
torvas como el remordimiento que las atosiga, pero no las detiene.
Quien haya leído la
séptima metamorfosis, en el libro segundo de Ovidio, no olvidará jamás que a
instancia de Minerva, fue Aglaura transfigurada en roca, castigando así su
envidia de Hersea, la amada de Mercurio. Allí está escrita la más perfecta
alegoría de la envidia devorando víboras para alimentar sus furores, como no
la perfiló ningún otro poeta de la era pagana.
El hombre vulgar
envidia las fortunas y las posiciones burocráticas. Cree que ser adinerado y
funcionario es el supremo ideal de los demás, partiendo de que lo es suyo.
El dinero permite al mediocre satisfacer sus vanidades más inmediatas; el
destino burocrático le asigna un sitio en el escalafón del Estado y le
prepara ulteriores jubilaciones. De ahí que el proletario envidie al
burgués, sin renunciar a substituirlo; por eso mismo la escala del
presupuesto es una jerarquía de envidias, perfectamente graduadas por las
cifras de las prebendas.
El talento -en todas
sus formas intelectuales y morales: como dignidad, como carácter, como
energía- es el tesoro más envidiado entre los hombres. Hay en el doméstico
un sórdido afán de nivelarlo todo, un obtuso horror a la individualización
excesiva; perdona al portador de cualquier sombra moral, perdona la
cobardía, el servilismo, la mentira, la hipocresía, la esterilidad, pero no
perdona al que sale de las filas dando un paso adelante. Basta que el
talento permita descollar en las ciencias, en las artes o en el amor, para
que los mediocres se estremezcan de envidia. Así se :forma en torno de cada
astro una nebulosa grande o pequeña, camarilla de maldicientes o legión de
difamadores: los envidiosos necesitan aunar esfuerzos contra su ídolo, de
igual manera que para afear una belleza venusina aparecen por millares las
pústulas de la viruela.
La dicha de los
fecundos martiriza a los eunucos vertiendo en su corazón gotas de hiel que
los amargan por toda la existencia; este dolor es la gloria involuntaria de
los otros, la sanción más indestructible de su talento en la acción o el
pensar. Las palabras y las muecas del envidioso se pierden en la ciénaga
donde se arrastra, como silbidos de reptiles que saludan el vuelo sereno del
águila que pasa en la altura.
Sin oírlos.
III
LOS ROEDORES DE LA GLORIA
Todo el que se siente
capaz de crearse un destino con su talento y con su esfuerzo está inclinado
a admirar el esfuerzo y el talento en los demás; el deseo de la propia
gloria no puede sentirse cohibido por el legítimo encumbramiento ajeno. El
que tiene méritos, sabe lo que le cuestan y los respeta; estima en los otros
lo que desearía se le estimara a él mismo. El mediocre ignora esta
admiración abierta: muchas veces se resigna a aceptar el triunfo que
desborda las restricciones de su envidia. Pero aceptar no es amar.
Resignarse no es admirar.
Los espíritus
alicortos son malévolos; los grandes ingenios son admirativos. Éstos saben
que los dones naturales no se transmutan en talento o en genio sin un
esfuerzo, que es la medida de su mérito. Saben que cada paso hacia la gloria
ha costado trabajos y vigilias, meditaciones hondas, tanteos sin fin,
consagración tenaz, a ese pintor, a ese poeta, a ese filósofo, a ese sabio;
y comprenden que ellos han consumido acaso su organismo, envejeciendo
prematuramente: y la biografía de los grandes hombres les enseña que muchos
renunciaron al reposo o al pan, sacrificando el uno y el otro a ganar tiempo
para meditar o a comprar un libro para iluminar sus meditaciones. Esa
conciencia de lo que el mérito importa, lo hace respetar. El envidioso, que
lo ignora, ve el resultado a que otros llegan y él no, sin sospechar de
cuántas espinas está sembrado el camino de la gloria.
Todo escritor
mediocre es candidato a criticastro. La incapacidad de crear le empuja a
destruir. Su falta de inspiración le induce a rumiar el talento ajeno,
empañándolo con especiosidades que denuncian su irreparable ultimidad.
Los altos ingenios
son ecuánimes para criticar a sus iguales, como si reconocieran en ellos una
consanguinidad en línea directa; en el émulo no ven nunca un rival. Los
grandes críticos son óptimos autores que escriben sobre temas propuestos por
otros, como los versificadores con pie forzado;. la obra ajena es una
ocasión para exhibir las ideas propias. El verdadero crítico enriquece las
obras que estudia y en todo lo que toca deja un rastro de su personalidad.
Los criticastros son,
de instinto, enemigos de la obra: desean achicarla por la simple razón de
que ellos no la han escrito. Ni sabrían escribirla cuando el criticado les
contestara: hazla mejor. Tienen la manos trabadas por la cinta métrica; su
afán de medir a los demás responde al sueño de rebajarlos hasta su propia
medida. Son, por definición, prestamistas, parásitos, viven de lo ajeno,
pues se limitan a barajar con mano aviesa lo mismo que han aprendido en el
libro que desacreditan. Cuando un gran escritor es erudito se lo reprochan
como una falta de originalidad; si no lo es, se apresuran a culparlo de
ignorancia. Si emplea un razonamiento que usaron otros, le llaman plagiario,
aunque señale las fuentes de su sabiduría; si omite señalarlas, por harto
vulgares, lo acusan de improbidad. En todo encuentran motivo para maldecir y
envidiar, revelando su interna angustia. Lo que les hace sufrir, en suma, es
que otros sean admirados y ellos no.
El criticastro
mediocre es incapaz de enhilar tres ideas fuera del hilo que la rutina le
enhebra; su oronda ignorancia le obliga a confundir el mármol con la
chiscarra y la voz con el falsete, inclinándose a suponer que todo escritor
original es un heresiarca. Los palurdos darían lo que no tienen por saber
escribir un poquito, como para incorporarse a la crítica profesional. Es el
sueño de los que no pueden crear. Permite una maledicencia medrosa y que no
compromete, hecha de- mendacidad prudente, restringiendo las perversidades
para que resulten más agudas, sacando aquí una migaja y dando allí un
arañazo, velando todo lo que puede ser objeto de admiración, rebajando
siempre con la oculta esperanza de que puedan aparecer a un mismo nivel los
críticos y los criticados. El escritor original sabe que atormenta a los
mediocres, aguijoneándoles esa pasión que los enferma ante el brillo ajeno;
la desesperación de los fracasados es el laurel que mejor premia su luminosa
labor. A la gloria de un Homero llega siempre apareada la ridiculez de un
Zoilo.
Fermentan en cada
género de actividad intelectual, como plagas pediculares de la originalidad:
no perdonan al que incuba en su cerebro esa larva sediciosa. Viven para
mancillarlo, sueñan su exterminio, conspiran con una intemperancia de
terroristas y esgrimen sórdidas calumnias que harían sonrojar a un
paquidermo. Ven un peligro en cada acto y una amenaza en cada gesto;
tiemblan pensando que existen hombres capaces de subvertir rutinas y
prejuicios, de encender nuevos planetas en el cielo, de arrancar su fuerza a
los rayos y a las cataratas, de infiltrar nuevos ideales a las razas
envejecidas, de suprimir la distancia, de violar la gravedad, de estremecer
a los gobiernos...
Cuando se eleva un
astro, ellos asoman por todos los puntos cardinales para entonar el coro
involuntario de su difamación. Aparecen por docenas, por millares, como
liliputienses en torno de un gigante.
Los contrabajistas
de arrabal oprobiarán la gloria de los supremos sinfonistas. Gacetilleros
anodinos, consumarán biografías sobre algún lejano pensador que los ignora.
Muchos que en vano han intentado acertar una mancha de color, dejarán caer
su chorro de prosa como si un robinete de pus se abriera sobre telas que
vivirán en los siglos.
Cualquier
promiscuador de palabras enfestará contra el que escriba pensamientos
duraderos. Las mujeres feas demostrarán que la belleza es repulsiva y las
viejas sostendrán que la juventud es insensata; vengarán su desgracia en el
amor diciendo que la castidad es suprema entre todas las virtudes, cuando ya
en vano se harían viltroteras para ofrecer la propia a los transeúntes. Y
los demás, todos en coro, repetirán que el genio, la santidad y el heroísmo
son aberraciones, locuras, epilepsia, degeneración negarán la excelencia del
ingenio, la virtud y la dignidad; pondrán esos valores por debajo de su
propia penumbra, sin advertir que donde el genio se resobra el mediocre no
llega. Si a éste le dieran a elegir entre Shakespeare o Sarcey, no vacilaría
un minuto: murmuraría del primero con la firma del segundo.
Los espíritus
rutinarios son rebeldes a la admiración: no reconocen el fuego de los astros
porque nunca han tenido en sí una chispa.
Jamás se entregan de
buena fe a los ideales o a las pasiones que le toman del corazón; prefieren
oponerles mil razonamientos para privarse del placer de admirarlos.
Confundirán siempre lo equívoco y lo cristalino, rebajando todo ideal hasta
las bajas intenciones que supuran en sus cerebros. Desmenuzarán todo lo
bello, olvidando que el trigo molido en harina no puede ya germinar en
áureas espigas. frente al sol.
"Es un gran signo de
mediocridad -dijo Leibniz- elogiar siempre moderadamente".
Pascal decía que los
espíritus vulgares no encuentran diferencias entre los hombres: se descubren
más tipos originales a medida que se posee mayor ingenio. El criticastro es
parvificente; admira un poco todas las cosas, pero nada le merece una
admiración decidida. El que no admira lo mejor, no puede mejorar. El que ve
los defectos y no las bellezas— las culpas y no los méritos, las
discordancias y no las armonías, muere en un bajo nivel donde vegeta con la
ilusión de ser un crítico. Los que no saben admirar no tienen porvenir,
están inhabilitados para ascender hacia una perfección ideal. Es una
cobardía aplacar la admiración; hay que cultivarla como un fuego sagrado,
evitando que la envidia la cubra con su pátina ignominiosa.
La maledicencia
escrita es inofensiva. El tiempo es un sepulturero ecuánime: entierra en una
misma fosa a los criticastros y a los malos autores. Mientras los envidiosos
murmuran, el genio crece; a la larga aquéllos quedan oprimidos y éste siente
deseos de compadecerlos, para impedir que sigan muriendo a fuego lento.
El verdadero castigo
de estos parásitos está en la muda sonrisa de los pensadores. El que critica
a un alto espíritu tiende la mano esperando una limosna de celebridad; basta
ignorarle y dejarle con la mano tendida, negándole la notoriedad que le
conferiría la réplica. El silencio del autor mata al postulante; su
indiferencia lo asfixia. Algunas veces supone que le han tomado en cuenta y
que se advierte su presencia: sueña que le han nombrado, aludido, refutado,
injuriado. Pero todo es un simple sueño; debe resignarse a envidiar desde la
penumbra, de donde no consigue que le saquen. El que tiene conciencia de su
mérito, no se presta a inflar la vanidad del primer indigente que le sale al
paso pretendiendo distraerle, obligándole a perder su tiempo; elige sus
adversarios entre sus iguales, entre sus condignos. Los hombres superiores
pueden inmortalizar con una palabra a sus lacayos o a sus sicarios.
Hay que evitar esa
palabra; de algunos criticastros sólo tenemos noticias porque algún genio
los honró con su puntapié.
IV
UNA ESCENA DANTESCA: SU CASTIGO
El castigo de los
envidiosos estaría en cubrirlos de favores, para hacerles sentir que su
envidia es recibida como un homenaje y no como un estiletazo. Es más
generoso, más humanitario. Los bienes que el envidioso recibe constituyen su
más desesperante humillación; si no es posible agasajarle, es necesario
ignorarle. Ningún enfermo es responsable de su dolencia, no podríamos
prohibirle que emitiera acentos quejumbrosos; la envidia es una enfermedad y
nada hay más respetable que el derecho de lamentarse cuando se padecen
congestiones de la vanidad.
El envidioso es la
única víctima de su propio veneno; la envidia le devora como el cáncer a la
víscera; le ahoga como la hiedra a la encina.
Por eso Poussin, en
una tela admirable, pintó a este monstruo mordiéndose los brazos y
sacudiendo la cabellera de serpientes que le amenazan sin cesar.
Dante consideró a
los envidiosos indignos del infierno. En la sabia distribución de penas y
castigos los recluyó en el purgatorio, lo que se aviene a su condición
mediocre.
Yacen acoquinados en
un círculo de piedra cenicienta, sentados junto a un paredón lívido como sus
caras llorosas, cubiertos por cilicios, formando panorama de cementerio
viviente. El sol les niega su luz; tienen los ojos cosidos con alambres,
porque nunca pudieron ver el bien del prójimo. Habla por ellos la noble
Sapía, desterrada por sus conciudadanos; fue tal su envidia que sintió loco
regocijo cuando ellos fueron derrotados por los florentinos. Y hablan otros,
con voces trágicas, mientras lejanos fragores de truenos recuerdan la
palabra que Caín pronunció después de matar a Abel. Porque el primer asesino
de la leyenda bíblica tenía que ser un envidioso.
Llevan todos el
castigo en su culpa. El espartano Antistenes, al saber que le envidiaban,
contestó con acierto: peor para ellos, tendrán que sufrir el doble tormento
de sus males y de mis bienes. Los únicos gananciosos son los envidiados; es
grato sentirse adorar de rodillas.
La mayor
satisfacción del hombre excelente está en provocar la envidia, estimulándola
con los propios méritos, acosándola cada día con mayores virtudes, para
tener la dicha de escuchar sus plegarias. No ser envidiado es una garantía
inequívoca de mediocridad.
CAPÍTULO VI
LA VEJEZ NIVELADORA I.
Las canas. - II. Etapas de decadencia. - III. La bancarrota de los Ingenios.
- IV. Psicología de la vejez. - V. La virtud de la Impotencia.
I LAS
CANAS
Encanecer es una cosa
muy triste; las canas son un mensaje de la Naturaleza que nos advierte la
proximidad. del crepúsculo. Y no hay remedio. Arrancarse la primera -¿quién
no lo hace?- es como quitar el badajo a la campana que toca el Angeius,
pretendiendo con ello prolongar el día.
Las canas visibles
corresponden a otras más graves que no vemos: el cerebro y el corazón, todo
el espíritu y toda la ternura, encanecen al mismo tiempo que la cabellera.
El alma de fuego bajo la ceniza de los años es una metáfora literaria,
desgraciadamente incierta. La ceniza ahoga a la llama y protege a la brasa.
El ingenio es la llama; la brasa es la mediocridad.
Las verdades
generales no son irrespetuosas; dejan entreabierta una rendija por donde
escapan las excepciones particulares. ¿Por qué no decir la conclusión
desconsoladora? Ser viejo es ser mediocre, con rara excepción. La máxima
desdicha de un hombre superior es sobrevivirse a sí mismo, nivelándose con
los demás. ¡Cuántos se suicidarían si pudieran advertir ese pasaje terrible
del hombre que piensa al hombre que vegeta, del que empuja al que es
arrastrado, del que ara surcos nuevos al que se esclaviza en las huellas de
la rutina! Vejez y mediocridad suelen ser desdichas paralelas.
El "genio y figura
hasta la sepultura", es una excepción muy rara en los hombres de ingenio
excelentes, si son longevos: suele confirmarse cuando mueren a tiempo,
anotes de que la fatal opacidad crepuscular empañe los resplandores del
espíritu. En general, si mueren tarde.
una pausada neblina
comienza a velar su mente con los achaques de la vejez; si la muerte se
empeña en no venir, los genios tórnanse extraños a sí mismos, supervivencia
que los lleva hasta no comprender su propia obra. Les sucede como a un
astrónomo que perdiera su telescopio y acabara por dudar de sus anteriores
descubrimientos, al verse imposibilitado para confirmarlos a simple vista.
La decadencia del
hombre que envejece está representada por una regresión sistemática de la
intelectualidad. Al principio, la vejez mediocriza a todo hombre superior;
más tarde, la decrepitud inferioriza al viejo ya mediocre.
Tal afirmación es un
simple corolario de verdades biológicas. La personalidad humana es una
formación continua, no una entidad fija; se organiza y se desorganiza,
evoluciona e involuciona, crece y se amengua, se intensifica y se agota. Hay
un momento en que alcanza su máxima plenitud; después de esa época es
incapaz de acrecentarse y pronto suelen advertirse los síntomas iniciales
del descenso, los parpadeos de la llama interior que se apaga.
Cuando el cuerpo se
niega a servir todas nuestras intenciones y deseos, o cuando éstos son
medidos en previsión de fracasos posibles, podemos afirmar que ha comenzado
la vejez. Detenerse a meditar una intención noble, es matarla; el hielo
invade traidoramente el corazón y la personalidad más libre se amansa y
domestica. La rutina es el estigma mental de la vejez; el ahorro es su
estigma social. El hombre envejece cuando el cálculo utilitario reemplaza a
la alegría juvenil. Quien se pone a mirar si lo que tiene le bastará para
todo su porvenir posible. ya no es joven; cuando opina que es preferible
tener de más a tener de menos, está viejo; cuando su afán de poseer excede
su posibilidad de vivir, ya está moralmente decrépito. La avaricia es una
exaltación de los sentimientos egoístas propios de la vejez. Muchos siglos
antes de estudiarla los psicólogos modernos, el propio Cicerón escribió
palabras definitivas: "Nunca he oído decir que un viejo haya olvidado el
sitio en que había ocultado su tesoro" (De Senectute, c. .). Y debe ser
verdad, si tal dijo quien se propuso defender los fueros y encantos de la
vejez.
Las canas son avaras
y la avaricia es un árbol estéril: la humanidad perecería si tuviese que
alimentarse de sus frutos. La moral burguesa del ahorro ha envilecido a
generaciones y pueblos enteros; hay graves peligros en predicarla, pues,
como enseñó Maquiavelo, "más daña a los pueblos la avaricia de sus
ciudadanos que la rapacidad de sus enemigos".
Esa pasión de
coleccionar bienes que no se disfrutan se acrecienta con los años, al revés
de las otras. El que es maniestrecho en la juventud llega hasta asesinar por
dinero en la vejez. La avaricia seca el corazón, lo cierra a la fe, al amor,
a la esperanza, al ideal. Si un avaro poseyera el sol, dejaría el universo a
oscuras para evitar que su tesoro se gastase. Además de aferrarse a lo que
tiene, el avaro se desespera por tener más, sin límite; es más miserable
cuanto más tiene: para soterrar talegas que no disfruta, renuncia a la
dignidad o al bienestar; ese afán de perseguir lo que no gozará nunca
constituye la más siniestra de las miserias.
La avaricia como
pasión envilecedora, iguala a la envidia. Es la pústula moral de los
corazones envejecidos.
II
ETAPAS DE DECADENCIA
La personalidad
individual se constituye por sobreposiciones sucesivas de la experiencia. Se
ha señalado una "estratificación" del carácter; la palabra es exacta y
merece conservarse para ulteriores desenvolvimientos.
En sus capas
primitivas y fundamentales yacen las inclinaciones recibidas
hereditariamente de los antepasados: la "mentalidad de la especie". En las
capas medianas encuéntranse las sugestiones educativas de la sociedad: la
"mentalidad social". En las capas superiores florecen las variaciones y
perfeccionamientos recientes de cada uno, los rasgos personales que no son
patrimonio colectivo: la "mentalidad individual".
Así como en las
formaciones geológicas las sedimentaciones más profundas contienen los
fósiles más antiguos, las primitivas bases de la personalidad individual
guardan celosamente el capital común a la especie y a la sociedad. Cuando
los estratos recientemente constituidos van desapareciendo por obra de la
vejez, el psicólogo descubre, poco a poco, la mentalidad del mediocre, del
niño y del salvaje, cuyas vulgaridades, simplezas y atavismos reaparecen a
medida que las canas van reemplazando a los cabellos.
Inferior, mediocre o
superior, todo hombre adulto atraviesa un período estacionario, durante el
cual perfecciona sus aptitudes adquiridas, pero no adquiere otras nuevas.
Más tarde la inteligencia entra en su ocaso.
Las funciones del
organismo empiezan a decaer a cierta edad.
Esas declinaciones
corresponden a inevitables procesos de regresión orgánica. Las funciones
mentales, lo mismo que las otras, decaen cuando comienzan a enmohecerse los
engranajes celulares de nuestros centros nerviosos.
Es evidente que el
individuo ignora su propio crepúsculo; ningún viejo admite que su
inteligencia haya disminuido. El que esto escribe hoy, creerá,
probablemente, lo contrario cuando tenga más de sesenta años. Pero
objetivamente considerado, el hecho es indiscutible, aunque podrá haber
discrepancia para señalar límites generales a la edad en que la vejez
desvencija nuestros resortes. Se comprende que para esta función, como para
todas las demás del organismo, la edad de envejecer difiere de individuo a
individuo; los sistemas orgánicos en que se inicia la involución son
distintos en cada uno. Hay quien envejece antes por sus órganos digestivos,
circulatorios o psíquicos; y hay quien conserva íntegras algunas de sus
funciones hasta más allá de los límites comunes. La longevidad mental es un
accidente; no es la regla.
La vejez inequívoca
es la que pone más arrugas en el espíritu que en la frente. La juventud no
es simple cuestión de estado civil y puede sobrevivir a alguna cana: es un
don de vida intensa, expresiva y optimista. Muchos adolescentes no lo tienen
y algunos viejos desbordan de él. Hay hombres que nunca han sido jóvenes; en
sus corazones, prematuramente agostados, no encontraron calor las opiniones
extremas ni aliento las exageraciones románticas. En ellos, la única
precocidad es la vejez. Hay, en cambio, espíritus de excepción que guardan,
algunas originalidades hasta sus años últimos, envejecidos tardíamente.
Pero, en unos antes y en otros después, despacio o de prisa, el tiempo
consuma su obra y transforma nuestras ideas, sentimientos, pasiones,
energías.
El proceso de
involución intelectual sigue el mismo curso que el de su organización, pero
invertido. Primero desaparece la "mentalidad individual", más tarde la
"mentalidad social", y, por último, la "mentalidad de la especie".
La vejez comienza
por hacer de todo individuo un hombre mediocre. La mengua mental puede, sin
embargo, no detenerse allí. Los engranajes celulares del cerebro siguen
enmoheciéndose, la actividad de las asociaciones neuronales se atenúa cada
vez más y la obra destructora de la decrepitud es más profunda. Los achaques
siguen desmantelando sucesivamente las capas del carácter, desapareciendo
una tras otra sus adquisiciones secundarias, las que reflejan la experiencia
social. El anciano se inferioriza, es decir, vuelve poco a poco a su
primitiva mentalidad infantil, conservando las adquisiciones más antiguas de
su personalidad, que son, por ende, las mejor consolidadas. Es notorio que
la infancia y la senectud se tocan; todos los idiomas consagran esta
observación en refranes harto conocidos. Ello explica las profundas
transformaciones psíquicas de los viejos: el cambio total de sus
sentimientos (especialmente los sociales y altruistas), la pereza progresiva
para acometer empresas nuevas (con discreta conservación de los hábitos
consolidados por antiguos automatismos) y la duda o la apostasía de las
ideas más personales (para volver primero a las ideas comunes en su medio y
luego a las profesadas en la infancia o por los antepasados).
La mejor prueba de
ello -que los ignorantes suelen dictar contra la ciencia- la encontramos en
los hombres de más elevada mentalidad y de cultura mejor disciplinada; es
frecuente en ellos, al entrar en la ancianidad, un cambio radical de
opiniones acerca de los más altos problemas filosóficos, a medida que decaen
las aptitudes originariamente definidas durante la edad viril.
III LA
BANCARROTA DE LOS INGENIOS
Este cuadro no es
exagerado ni esquemático. La marcha progresiva del proceso impide advertir
esa evolución en las personas que nos rodean; es como si una claridad se
apagara tan de a poco que pudiera llegarse a la oscuridad absoluta sin
advertir en momento alguno la transición.
A la natural
lentitud del fenómeno agréganse las diferencias que él reviste en cada
individuo. Los que sólo habían logrado adquirir un reflejo de la mentalidad
social, poco tienen que perder en esta inevitable bancarrota: es el
emprobrecimiento de un pobre. Y cuando, en plena senectud, su mentalidad
social se reduce a la mentalidad de la especie, inferiorizándose, a nadie
sorprende ese pasaje de la pobreza a la miseria.
En el hombre.
superior, en el talento o en el genio, se notan claramente esos estragos.
¿Cómo no llamaría nuestra atención un antiguo millonario que paseara a
nuestro lado sus postreros andrajos? El hombre superior deja de serlo, se
nivela. Sus ideas propias, organizadas en el período del perfeccionamiento,
tienden a ser reemplazadas por ideas comunes o inferiores. El genio
-entiéndase bien- nunca es tardío, aunque pueda revelarse tardíamente su
fruto; las obras pensadas en la juventud y escritas en la madurez, pueden no
mostrar decadencia, pero siempre la revelan las obras pensadas en la vejez
misma. Leemos la segunda parte del Fausto por respeto al autor de la
primera; no podemos salir de ello sin recordar que "nunca segundas partes
fueron buenas", adagio inapelable si la primera fue obra de juventud y la
segunda es fruto de la vejez.
Se ha señalado en
Kant un ejemplo acabado de esta metamorfosis psicológica. El joven Kant,
verdaderamente "crítico", había llegado a la convicción de que los tres
grandes baluartes del misticismo: Dios, libertad e inmortalidad del alma,
eran insostenibles ante la "razón pura"; el Kant envejecido, "dogmático",
encontró, en cambio, que esos tres fantasmas son postulados de la "razón
práctica", y, por lo tanto, indispensables. Cuanto más se predica la vuelta
de Kant, en el contemporáneo arreciar neokantista, tanto más ruidosa e
irreparable preséntase la contradicción entre el joven y el viejo Kant. El
mismo Spencer, monista como el que más, acabó por entreabrir una puerta al
dualismo con su "incognoscible". Virchow creó en plena juventud la patología
celular, sin sospechar que terminaría renegando sus ideas de naturalista
filósofo. Lo mismo que él decayeron otros.
Para citar tan sólo
a muertos de ayer, hase visto a Lombroso caer en sus últimos años en
ingenuidades infantiles explicables por su debilitamiento mental, a punto de
llorar conversando con el alma de su madre en un trípode espiritista. James,
que en su juventud fue portavoz de la psicología evolucionista y biológica,
acabó por enmarañarse en especulaciones morales que sólo él comprendió. Y,
por fin, Tolstóy, cuya juventud fue pródiga de admirables novelas y
escritos, que le hicieron clasificar como escritor anarquista, en los
últimos años escribió artículos adocenados que no firmaría un gacetillero
vulgar, para extinguirse en una peregrinación mística que puso en ridículo
las horas últimas de su vida física. La mental había terminado mucho antes.
IV
PSICOLOGÍA DE LA VEJEZ
La sensibilidad se
atenúa en los viejos y se embotan sus vías de comunicación con el mundo que
les rodea; los tejidos se endurecen y tórnanse menos sensibles al dolor
físico. El viejo tiende a la inercia, busca el menor esfuerzo; así como la
pereza es una vejez anticipada, la vejez es una pereza que llega fatalmente
en cierta hora de la vida. Su característica es una atrofia de los elementos
nobles del organismo, con desarrollo de los inferiores; una parte de los
capilares se obstruye y amengua el aflujo sanguíneo a los tejidos; el peso y
el volumen del sistema nervioso central se reducen, como el de todos los
tejidos propiamente vitales; la musculatura fláccida impide mantener el
cuerpo erecto; los movimientos pierden su agilidad y su precisión. En el
cerebro disminuyen las permutas nutritivas, se alteran las transformaciones
químicas y el tejido conjuntivo prolifera, haciendo degenerar las células
más nobles. Roto el equilibrio de los órganos, no puede subsistir el
equilibrio de las funciones: la disolución de la vida intelectual y afectiva
sigue ese curso fatal perfectamente estudiado por Ribot en el capítulo final
de su psicología de los sentimientos.
A medida que
envejece, tórnase el hombre infantil, tanto por su ineptitud creadora como
por su achicamiento moral. Al período expansivo sucede el de concentración;
la incapacidad para el asalto perfecciona la defensa. La insensibilidad
física se acompaña de analgesia moral; en vez de participar del dolor ajeno,
el viejo acaba por no sentir ni el propio; la ansiedad de prolongar su vida
parece advertirle que una fuerte emoción puede gastar energía, y se endurece
contra el dolor como la tortuga se retrae debajo de su caparazón cuando
presiente un peligro. Así llega a sentir un odio oculto por todas las
fuerzas vivas que crecen y avanzan, un sordo rencor contra todas las
primaveras.
La psicología de la
vejez denuncia ideas obsesivas absorbentes.
Todo viejo cree que
los jóvenes le desprecian y desean su muerte para suplantarle. Traduce tal
manía por hostilidad a la juventud, considerándola muy inferior a la de su
tiempo, juicio que extiende a las nuevas costumbres cuando ya no puede
adaptarse a ellas. Aun en la cosas pequeñas exige la parte más grande,
contrariando toda iniciativa, desdeñando las corazonadas y escarneciendo los
ideales, sin recordar que en otro tiempo pensó, sintió e hizo todo lo que
ahora considera comprometedor y detestable.
Ésa es la verdadera
psicología del hombre que envejece. La edad "atenúa o anula el celo, el
ardor, la aptitud para crear, descubrir o simplemente saborear el arte, para
tener la curiosidad despierta. Omito las rarísimas excepciones que
exigirían, cada una, un examen particular.
Para la mayoría de
los hombres, el debilitamiento vital suprime de seguida el gusto de esas
cosas superfluas. Señalemos, también, con la vejez, la hostilidad decidida
contra las innovaciones: nuevas formas artísticas, nuevos descubrimientos,
nuevas maneras de plantear o tratar problemas científicos. El hecho es tan
notorio, que no exige pruebas.
Ordinariamente, en
estética sobre todo, cada generación reniega a la que le sigue. La
explicación común de ese misoneísmo, es la existencia de hábitos
intelectuales ya organizados", que serían conmovidos por un contraste
violento, si aún existiera una capacidad de emoción o de pasión. Esto último
es lo que falta en los viejos, por la modorra de su vida afectiva. Agrega
Ribot que a esa disolución de los sentimientos superiores sigue la de todos
los sentimientos altruistas y la de los egoaltruistas, perdurando hasta el
fin los egoístas, cada vez más aislados y predominantes en la personalidad
del viejo. Ellos mismos naufragan en la ulterior senilidad.
Los diversos
elementos del carácter disuélvense en orden inverso al de su .formación. Los
que se han adquirido al fin son menos activos, dejan surcos poco
persistentes, son adventicios, incoordinados. Esto revélase en la regresión
de la memoria senil; los fantasmas de las primeras impresiones juveniles
siguen rodando en la mente, cuando ya han desaparecido los recuerdos más
cercanos, los del día anterior. La falta de plasticidad hace que los nuevos
procesos psíquicos no dejen rastros, o muy débiles, mientras los antiguos se
han grabado hondamente en materia más sensible y sólo se borran con la
destrucción de los órganos.
Con el crecimiento
de las neuronas en el hombre joven, y su poder de crear nuevas asociaciones,
explicaría Cajal la capacidad de adaptación del hombre y su aptitud para
cambiar sus sistemas ideológicos; la detención de esas funciones en los
ancianos, o en los adultos de cerebro atrofiado por la falta de ilustración
u otra causa, permite comprender las convicciones inmutables, la
inadaptación al medio moral y las aberraciones misoneístas. Se concibe,
igualmente, que la falta de asociación de ideas, la torpeza intelectual, la
imbecilidad, la demencia, puedan producirse cuando -por causas más o menos
mórbidas- la articulación entre los neurones llega a ser floja, es decir,
cuando se debilitan y se dejan de estar en contacto, o cuando la memoria se
desorganiza parcialmente. Para formular esta hipótesis, Cajal ha tenido en
cuenta la conservación mayor de las memorias juveniles; las vías de
asociación creadas hace mucho tiempo y ejercitadas durante algunos años, han
adquirido indudablemente una fuerza mayor por haber sido organizadas en la
época en que el cerebro poseía su más alto grado de plasticidad.
Sin conocer esos
datos modernos, observó Lucrecio (III, ) que la ciencia y la experiencia
pueden crecer andando la vida, pero la vivacidad, la prontitud, la firmeza,
y otras loables cualidades se marchitan y languidecen al sobrevenir la
vejez:
Ubi jam validis
quassatum est viribus aebi corpus, el obtusis cecciderunt vibus artus,
claudicat ingenium, delirat linguaque mensque.
Montaigne, viejo,
estimaba que a los veinte años cada individuo ha anunciado lo que de él
puede esperarse y afirmó que ningún alma oscura -hasta esa edad se ha vuelto
luminosa después: "Si l'epine no pique pas en naissant, a peine
piquerat-t-elle jamais" , agrega que casi todas las grandes acciones de la
historia han sido realizadas antes de los treinta años (Essais, libr. , cap.
LVII).
A distancia de
siglos un espíritu absolutamente diverso llega a las mismas conclusiones.
"El descubrimiento del segundo principio de la energética moderna fue hecho
por un joven: Carnot tenía veintiocho años al publicar su memoria. Meyer,
Joule y Helmotz teman veinticinco, veintiséis y veinticinco,
respectivamente; ninguno de estos grandes innovadores había llegado a los
treinta años cuando se dio a conocer.
Las épocas en que
sus trabajos aparecieron no representan el inomento en que fueron
concebidos; hubieron de pasar algunos arios antes de que tuviesen desarrollo
suficiente para ser expuestos y de que ellos encontraran medios de
publicarlos. Asombra la juventud de estos maestros de la ciencia; estamos
acostumbrados a considerar que ésta es privilegio de una edad avanzada, y
nos parece que todos ellos han faltado al respeto a sus mayores,
permitiéndoles abrir nuevos caminos a la verdad. Se dirá que la solución de
esos problemas por verdaderos muchachos fue una singular y excepcional
casualidad; fácil es comprobar que ocurre lo mismo en todos los dominios de
la ciencia: la gran mayoría de los trabajos que señalaron horizontes nuevos
fueron la obra de jóvenes que acababan de transponer los veinte años. No es
éste el sitio para buscar las causas y consecuencias de ese hecho pero es
útil recordarlo, pues aunque señalado más de una vez, está muy lejos de ser
reconocido por los que se dedican a educar la juventud. Los trabajos de
hombres jóvenes son de carácter principalmente innovador; el mecanismo de la
instrucción pública no debe ser obstáculo a ellos..., permitiéndoles desde
temprano desarrollar libremente sus aptitudes en los institutos superiores,
en vez de agotar prematuramente, como ocurre ahora, un gran número de
talentos científicos originales". Y para que sus conclusiones no parezcan
improvisadas, W. Ostwald las ha desenvuelto en su último libro sobre los
grandes hombres, donde el problema del genio juvenil está analizado con
criterio experimental.
Por eso las
academias suelen ser cementerios donde se glorifica a los hombres que ya han
dejado de existir para su ciencia o para su arte.
Es natural que a
ellas lleguen los muertos o los agonizantes; dar entrada a un joven
significaría enterrar a un vivo.
V LA
VIRTUD DE LA IMPOTENCIA
Será verdad lo que se
afirma desde Lucrecio y Montaigne hasta Ribot y Ostwald; pero los viejos no
renunciarán a sus protestas contra los jóvenes, ni éstos acatarán en
silencio la hegemonía de las canas.
Los viejos olvidan
que fueron jóvenes y éstos parecen ignorar que serán viejos: el camino a
recorrer es siempre el mismo, de la originalidad a la mediocridad, y de ésta
a la inferioridad mental.
¿Cómo
sorprendernos, entonces, de que los jóvenes revolucionarios terminen siendo
viejos conservadores? ¿Y qué de extraño es la conversión religiosa de los
ateos llegados a la vejez? ¿Cómo podría el hombre activo y emprendedor a los
treinta años, no ser apático y prudente a los ochenta? ¿Cómo asombrarnos de
que la vejez nos haga avaros, misántropos, regañones, cuando nos va
entorpeciendo paulatinamente los sentidos y la inteligencia, como si una
mano misteriosa fuera cerrando una por una todas las ventanas entreabiertas
frente a la realidad que nos rodea? La ley es dura, pero es ley. Nacer y
morir son los términos inviolables de la vida; ella nos dice con voz firme
que lo anormal no es nacer ni morir en la plenitud de nuestras funciones.
Nacemos para crecer; envejecemos para morir. Todo lo que la Naturaleza nos
ofrece para el crecimiento, nos lo substrae preparando la muerte.
Sin embargo, los
viejos protestan de que no se les respete bastante, mientras los jóvenes se
desesperan por lo excesivo de ese respeto.
La historia es de
todos los tiempos. Cicerón escribió su De Senectute con el mismo espíritu
que hoy Faguet escribe ciertas páginas de su ensayo sobre La Vieillese.
Aquél se quejaba de que los viejos eran poco respetados en el imperio; éste
se queja de que lo sean menos en la democracia. Asombran las palabras de
Faguet cuando afirma que los viejos no son escuchados, pretendiendo ver en
ello la negación de una competencia más. Alega que en los pueblos
primitivos, como hoy entre los salvajes, son los viejos los que gobiernan:
la gerontocracia se explica allí, donde no hay más ciencia que la
experiencia y los viejos lo saben todo, pues cualquier caso nuevo les
resulta conocido por haber visto muchos similares. Dice Faguet que el libro
puesto en manos de los jóvenes, es el enemigo de la experiencia que
monopolizan los viejos. Y se desespera porque el viejo ha caído en ridículo,
aunque comete la imprudencia de juzgarle con verdad: "convenons de bonne
gráce qu'il préte á cela; il est entété, il est maniaque, il est verbeux, il
est conteur, il est ennuyeux, il est grondeur, et son aspect est désagréa
ble" : ningún joven ha escrito una silueta más sintética que esa, incluida
en su volumen sobre el culto de la incompetencia.
Faguet opina que el
viejo está desterrado de las mediocracias contemporáneas. Grave error, que
sólo prueba su vejez.
Toda sociedad en
decadencia es propicia a la mediocridad y enemiga de cualquier excelencia
individual; por eso a los jóvenes originales se les cierra el acceso al
Gobierno hasta que hayan perdido su arista propia, esperando que la vejez
los nivele, rebajándolos hasta los modos de pensar y sentir que son comunes
a su grupo social. Por eso las funciones directivas suelen ser patrimonio de
la edad madura; la "opinión pública" de los pueblos, de las clases o de los
partidos, suele encontrar en los hombres que fueron superiores y empiezan ya
a decaer, el exponente natural de su mediocridad. En la juventud, son
considerados peligrosos; sólo en las épocas revolucionarias gobiernan los
jóvenes; la Revolución Francesa fue ejecutada por ellos, lo mismo que la
emancipación de ambas Américas. El progreso es obra de minorías ilustradas y
atrevidas. Mientras el individuo superior piensa con su propia cabeza, no
puede pensar con la cabeza de las mayorías conservadoras.
No hay, pues, la
falta de respeto que, en sus vejeces respectivas, señalaron Platón,
Aristóteles y Montesquieu, antes que Faguet. Afirmar que por el camino de la
vejez se llega a la mediocridad, es la aplicación simple de una ley general
que rige todos los organismos vivos y los prepara a la muerte. ¿Por qué
extrañarnos de esa decadencia mental si estamos acostumbrados a ver
desteñirse las hojas y deshojarse los árboles cuando el otoño llega
perseguido por el invierno? Admiremos a los viejos por las superioridades
que hayan poseído en la juventud. No incurramos en la simpleza de esperar
una vejez santa, heroica o genial tras una juventud equívoca, mansa y opaca;
la vejez no pone flores donde sólo había malezas, antes bien, siega las
excelencias con su hoz niveladora. Los viejos representativos que ascienden
al gobierno y a las dignidades, después de haber pasado sus Convengamos de
buena fe que se presta a eso: es obstinado, es maniático, es verboso, es
cuentista, es fastidioso, es regañón, y su aspecto es desagradable.
mejores años en la
inercia o en orgías, en el tapete verde o entre rameras, en la expectativa
apática o en la resignación humillada, sin una palabra vil y sin un gesto
altivo, esquivando la lucha, temiendo a los adversarios y renunciando los
peligros, no merecen la confianza de sus contemporáneos ni tienen derecho a
catonizar. Sus palabras grandilocuentes parecen pronunciadas en falsete y
mueven a risa. Los hombres de carácter elevado no hacen a la vida la injuria
de malgastar su juventud, ni confían a la incertidumbre de las canas la
iniciación de grandes empresas que sólo pueden concebir las mentes frescas y
realizar los brazos viriles.
La experiencia viril
complica la tontería de los mediocres, pero puede convertirlos en genios; la
madurez ablanda al perverso, lo torna inútil para el mal. El diablo no sabe
más por viejo que por diablo. Si se arrepiente no es por santidad; sino por
impotencia.
CAPÍTULO VII
LA MEDIOCRACIA
I- El clima de la
mediocridad. - II. La patria. - III. La política de las piaras. - IV. Los
arquetipos de la mediocracia. - V. La aristocracia del mérito.
I EL
CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD
En raros momentos la
pasión caldea la historia y los idealismos se exaltan: cuando las naciones
se constituyen y cuando se renuevan.
Primero es secreta
ansia de libertad, lucha por la independencia más tarde, luego crisis de
consolidación institucional, después vehemencia de expansión o pujanza de
energías. Los genios pronuncian palabras definitivas; plasman los estadistas
sus planes visionarios; ponen los héroes su corazón en la balanza del
destino.
Es, empero, fatal
que los pueblos tengan largas intercadencias de encebadamiento. La historia
no conoce un solo caso en que altos ideales trabajen con ritmo continuo la
evolución de una raza. Hay horas de palingenesia y las hay de apatía, con
vigilias y sueños, días y noches, primaveras y otoños, en cuyo alternarse
infinito se divide la continuidad del tiempo.
En ciertos períodos
la nación se aduerme dentro del país. El organismo vegeta; el espíritu se
amodorra. Los apetitos acosan a los ideales, tornándose dominadores y
agresivos. No hay astros en el horizonte ni oriflamas en los campanarios.
Ningún clamor de pueblo se percibe; no resuena el eco de grandes voces
animadoras. Todos se apiñan en torno de los manteles oficiales para alcanzar
alguna migaja de la merienda. Es el clima de la mediocridad. Los Estados
tórnanse mediocracias, que los filólogos inexpresivos preferirían denominar
"mesocracias".
Entra en la penumbra
el culto por la verdad, el afán de admiración, la fe en creencias firmes, la
exaltación de ideales, el desinterés, la abnegación, todo lo que está en el
camino de la virtud y de la dignidad., En un mismo diapasón utilitario se
templan todos los espíritus. Se habla por refranes, como discurría Panza; se
cree por catecismos, como predicaba Tartufo; se vive de expedientes, como
enseñó Gil Blas. Todo lo vulgar encuentra fervorosos adeptos en los que
representan los intereses militantes; sus más encumbrados portavoces
resultan esclavos en su clima. Son actores a quienes les está prohibido
improvisar: de otro modo romperían el molde a que se ajustan las demás
piezas del mosaico.
Platón, sin
quererlo, al decir de la democracia: "es el peor de los buenos gobiernos,
pero es el mejor entre los malos", definió la mediocracia. Han transcurrido
siglos; la sentencia conserva su verdad. En la primera década del siglo XX
se ha acentuado la decadencia moral de las clases gobernantes. En cada
comarca, una facción de vividores detenta los engranajes del mecanismo
oficial, excluyendo de su seno a cuantos desdeñan tener complicidad en sus
empresas. Aquí son castas advenedizas, allí sindicatos industriales, acullá
facciones de parlaembalde. Son gavillas y se titulan partidos. Intentan
disfrazar con ideas su monopolio del Estado. Son bandoleros que buscan la
encrucijada más impune para expoliar a la sociedad.
Políticos sin
vergüenza hubo en todos los tiempos y bajo todos los regímenes; pero
encuentran mejor clima en las burguesías sin ideales. Donde todos pueden
hablar, callan los ilustrados; los enriquecidos prefieren escuchar a los más
viles embaidores. Cuando el ignorante se cree igualado al estudioso, el
bribón al apóstol, el boquirroto al elocuente y el burdégano al digno, la
escala del mérito desaparece en una oprobiosa nivelación de villanía. Eso es
la mediocracia: los que nada saben creen decir lo que piensan, aunque cada
uno sólo acierta a repetir dogmas o auspiciar voracidades. Esa chatura moral
es más grave que la aclimatación de la tiranía; nadie puede volar donde
todos se arrastran. Copviénese en llamar urbanidad a la hipocresía,
distinción al amaneramiento, cultura a la timidez, tolerancia a la
complicidad; la mentira proporciona estas denominaciones equívocas. Y los
que así mienten son enemigos de sí mismos y de la patria, deshonrando en
ella a sus padres y a sus hijos, carcomiendo la dignidad común.
En esos paréntesis
de alcornocamiento aventúranse las mediocracias por senderos innobles. La
obsesión de acumular tesoros materiales, o el torpe afán de usufructuarlos
en la holganza, borra del espíritu colectivo todo rastro de ensueño. Los
países dejan de ser patrias, cualquier ideal parece sospechoso. Los
filósofos, los sabios y los artistas están de más; la pesadez de la
atmósfera estorba a sus alas, y dejan de volar. Su presencia mortifica a los
traficantes, a todos los que trabajan por lucro, a los esclavos del ahorro o
de la avaricia. Las cosas del espíritu son despreciadas; no siéndole
propicio el clima, sus cultores son contados; no llegan a inquietar a las
mediocracias; están proscritos dentro del país, que mata a fuego lento sus
ideales, sin necesitar desterrarlos. Cada hombre queda preso entre mil
sombras que lo rodean y lo paralizan.
Siempre
hay mediocres. Son perennes.
Lo que varía es su
prestigio y su influencia. En las épocas de exaltación renovadora muéstranse
humildes, son tolerados; nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada.
Cuando se entibian
los ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza a
contar con ellos. Apercíbense entonces de su número, se mancornan en grupos,
se arrebañan en partidos. Crece su influencia en la justa medida en que el
clima se atempera; el sabio es igualado al analfabeto, el rebelde al lacayo,
el poeta al prestamista. La mediocridad se condensa, conviértese en sistema,
es incontrastable.
Encúmbranse gañanes,
pues no florecen genios: las creaciones y las profecías son imposibles si no
están en el alma de la época. La aspiración de lo mejor no es privilegio de
todas las generaciones. Tras una que ha realizado un gran esfuerzo,
arrastrada o conmovida por un genio, la siguiente descansa y se dedica a
vivir de glorias pasadas, conmemorándose sin fe; las facciones dispútanse
los manejos administrativos, compitiendo en manosear todos los ensueños. La
mengua de éstos se disfraza con exceso de pompa y de palabras; acállase
cualquier protesta dando participación en los festines; se proclaman las
mejores intenciones y se practican bajezas abominables; se miente el arte;
se miente la justicia; se miente el carácter. Todo se miente con la anuencia
de todos; cada hombre pone precio a su complicidad, un precio razonable que
oscila entre un empleo y una decoración.
Los gobernantes no
crean tal estado de cosas y de espíritus: lo representan. Cuando las
naciones dan en bajíos, alguna facción se apodera del engranaje constituido
o reformado por hombres geniales.
Florecen
legisladores, pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios por legiones:
las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su eficacia.
Las ciencias
conviértense en mecanismos oficiales, en institutos y academias donde jamás
brota el genio y al talento mismo se le impide que brille: su presencia
humillaría con la fuerza del contraste. Las artes tórnanse industrias
patrocinadas por el Estado, reaccionario en sus gustos y adverso a toda
previsión de nuevos ritmos o de nuevas formas; la imaginación de artistas y
poetas parece aguzarse en descubrir las grietas del presupuesto y filtrarse
por ellas. En tales épocas los astros no surgen. Huelgan: la sociedad no los
necesita; bástale su cohorte de funcionarios. El nivel de los gobernantes
desciende hasta marcar el cero; la mediocracia es una confabulación de los
ceros contra las unidades. Cien políticos torpes juntos, no valen un
estadista genial.
Sumad diez ceros,
cien, mil, todos los de las matemáticas y no tendréis cantidad alguna,
siquiera negativa. Los políticos sin ideal marcan el cero absoluto en el
termómetro de la historia, conservándose limpios de infamia y de virtud,
equidistantes de Nerón y de Marco Aurelio.
Una apatía
conservadora caracteriza a esos períodos; entibiase la ansiedad de las cosas
elevadas, prosperando a su contra el afán de los suntuosos formulismos. Los
gobernantes que no piensan parecen prudentes; los que nada hacen titúlanse
reposados; los que no roban resultan ejemplares. El concepto del mérito se
torna negativo: las sombras son preferibles a los hombres. Se busca lo
originariamente mediocre o lo mediocrizado por la senilidad. En vez de
héroes, genios o santos, se reclama discretos administradores. Pero el
estadista, el filósofo, el poeta, los que realizan, predican y cantan alguna
parte de un ideal están ausentes. Nada tienen que hacer.
La tiranía del clima
es absoluta: nivelarse o sucumbir. La regla conoce pocas expresiones en la
historia. Las mediocracias negaron siempre las virtudes, las bellezas, las
grandezas, dieron el veneno a Sócrates, el leño a Cristo, el puñal a César,
el destierro a Dante, la cárcel a Galileo, el fuego a Bruno; y mientras
escarnecían a esos hombres ejemplares, aplastándolos con su saña o armando
contra ellos algún brazo enloquecido, ofrecían su servidumbre a gobernantes
imbéciles o ponían su hombro para sostener las más torpes tiranías. A un
precio: que éstas garantizaran a las clases hartas la tranquilidad necesaria
para usufructuar sus privilegios.
En esas épocas del
lenocinio la autoridad es fácil de ejercitar: las cortes se pueblan de
serviles, de retóricos que parlotean pane lucrando, de aspirantes a algún
bajalato, de pulchinelas en cuyas conciencias está siempre colgando el
albarán ignominioso. Las mediocracias apuntálanse en los apetitos de los que
ansían vivir de ellas y en el miedo de los que temen perder la pitanza. La
indignidad civil es ley en esos climas.
Todo hombre declina
su personalidad al convertirse en funcionario: no lleva visible la cadena al
pie, como el esclavo, pero la arrastra ocultamente, amarrada en su
intestino. Ciudadanos de una patria son los capaces de vivir por su
esfuerzo, sin la cebada oficial. Cuando todo se sacrifica a ésta,
sobreponiendo los apetitos a las aspiraciones, el sentido moral se degrada y
la decadencia se aproxima. En vano se busca remedios en la glorificación del
pasado. De ese atafagamiento los pueblos no despiertan loando lo que fue,
sino sembrando el porvenir.
II LA
PATRIA
Los países son
expresiones geográficas y los Estados son formas de equilibrio político. Una
patria es mucho más y es otra cosa: sincronismo de espíritus y de corazones,
temple uniforme para el esfuerzo y homogénea disposición para el sacrificio,
simultaneidad en la aspiración de la grandeza, en el pudor de la humillación
y en el deseo de la gloria. Cuando falta esa comunidad de esperanzas, no hay
patria, no puede haberla: hay que tener ensueños comunes, anhelar juntos
grandes cosas y sentirse decididos a realizarlas, con la seguridad de que al
marchar todos en pos de un ideal, ninguno se quedará en mitad del camino
contando sus talegas. La patria está implícita en la solidaridad sentimental
de una raza y no en la confabulación de los politiquistas que medran a su
sombra.
No basta acumular
riquezas para crear una patria: Cartago no lo fue. Era una empresa. Las
áureas minas, las industrias afiebradas y las lluvias generosas hacen de
cualquier país un rico emporio: se necesitan ideales de cultura para que en
él haya una patria. Se rebaja el valor de este concepto cuando se lo aplica
a países que carecen de unidad moral, más parecidos a factorías de logreros
autóctonos o exóticos que a legiones de soñadores cuyo ideal parezca un arco
tendido hacia un objetivo de dignificación común.
La patria tiene
intermitencias: su unidad moral desaparece en ciertas épocas de
rebajamiento, cuando se eclipsa todo afán de cultura y se enseñorean viles
apetitos de mando y de enriquecimiento. Y el remedio contra esa crisis de
chatura no está en el fetichismo del pasado, sino en la siembra del
porvenir, concurriendo a crear un nuevo ambiente moral propicio a toda
culminación de la virtud, del ingenio y del carácter.
Cuando no hay patria
no puede haber sentimiento colectivo de la nacionalidad -inconfundible con
la mentira patriótica explotada en todos los países por los mercaderes y los
militaristas-. Sólo es posible en la medida que marca el ritmo unísono de
los corazones para un noble perfeccionamiento y nunca para una innoble
agresividad que hiera el mismo sentimiento de otras nacionalidades.
No hay manera más
baja de amar a la patria que odiando a las patrias de los otros hombres,
como si todas no fuesen igualmente dignas de engendrar en sus hijos iguales
sentimientos. El patriotismo debe ser emulación colectiva para que la propia
nación ascienda a las virtudes de que dan ejemplo otras mejores; nunca debe
ser envidia colectiva que haga sufrir de la ajena superioridad y mueva a
desear el alejamiento de los otros hasta el propio nivel. Cada Patria es un
elemento de la Humanidad; el anhelo de la dignificación nacional debe ser un
aspecto de nuestra fe en la dignificación humana. Asciende cada raza a su
más alto nivel, como Patria, y por el esfuerzo de todos remontará el nivel
de la especie, como Humanidad.
Mientras un país no
es patria, sus habitantes no constituyen una nación. El celo de la
nacionalidad sólo existe en los que se sienten acomunados para perseguir el
mismo ideal. Por eso es más hondo y pujante en las mentes conspicuas; las
naciones más homogéneas son las que cuentan hombres capaces de sentirlo y
servirlo. La exigua capacidad de ideales impide a los espíritus bastos ver
en el patrimonio un alto ideal: los tránsfugas de la moral, ajenos a la
sociedad en que viven, no pueden concebirlo; los esclavos y los siervos
tienen, apenas, un país natal. Sólo el hombre digno y libre puede tener una
patria.
Puede tenerla; no la
tiene siempre, pues tiempos hay en que sólo existe en la imaginación de
pocos: uno, diez, acaso algún centenar de elegidos. Ella está entonces en
ese punto ideal donde converge la aspiración de los mejores, de cuantos la
sienten sin medrar de oficio a horcajadas de la política. En esos pocos está
la nacionalidad y vibra en ellos; mantiénense ajenos a su afán los millones
de habitantes que comen y lucran en el país.
El sentimiento
enaltecedor nace en muchos soñadores jóvenes, pero permanece rudimentario o
se distrae en la apetencia común; en pocos elegidos llega a ser dominante,
anteponiéndose a pequeñas tentaciones de piara o de cofradía. Cuando los
intereses venales se sobreponen al ideal de los espíritus cultos, que
constituyen el alma de una nación, el sentimiento nacional degenera y se
corrompe: la patria es explotada como una industria. Cuando se vive hartando
groseros apetitos y nadie piensa que en el canto de un poeta o la reflexión
de un filósofo puede estar una partícula de la gloria común, la nación se
abisma. Los ciudadanos vuelven a la, condición de habitantes. La patria a la
de país.
Eso ocurre
periódicamente: como si la nación necesitara parpadear en su mirada hacia el
porvenir. Todo se tuerce y abaja, desapareciendo la molicie individual en la
común: diríase que en la culpa colectiva se esfuma la responsabilidad de
cada uno. Cuando el conjunto se dobla, como en el harquinazo de un buque,
parece, por relatividad, que ninguna cosa se doblará. Sólo el que se levanta
y mira desde otro plano a los que navegan, advierte su descenso, como si
frente a ellos fuese un punto inmóvil: un faro en la costa.
Cuando las miserias
morales asolan a un país, culpa es de todos los que por falta de cultura y
de ideal no han sabido amarlo como patria: de todos los que vivieron de ella
sin trabajar para ella.
III LA
POLITICA DE LAS PIARAS
Causa honda de esa
contaminación general es, en nuestra época, la degeneración del sistema
parlamentario: todas las formas adocenadas de parlamentarismo. Antes
presumíase que para gobernar se requería cierta ciencia y arte de aplicarla;
ahora se ha convenido que Gil Blas. Tartufo y Sancho son los árbitros
inapelables de esa ciencia y de ese arte.
La política se
degrada, conviértese en profesión. En los pueblos sin ideales, los espíritus
subalternos medran con torpes intrigas de antecámara. En la bajamar sube lo
rahez y se acorchan los traficantes.
Toda excelencia
desaparece, eclipsada por la domesticidad. Se instaura una moral hostil a la
firmeza y propicia al relajamiento. El gobierno va a manos de gentualla que
abocada el presupuesto. Abájanse los adarves y álzanse los muladares. El
lauredal se agosta y los cardizales se multiplican. Los palaciegos se frotan
con los malandrines. Progresan funámbulos y volatineros.
Nadie piensa, donde
todos lucran; nadie sueña, donde todos tragan. Lo que antes era signo de
infamia o cobardía, tórnase título de astucia; lo que otrora mataba, ahora
vivifica, como si hubiera una aclimatación al ridículo; sombras envilecidas
se levantan y parecen hombres; la improbidad se pavonea y ostenta, en vez de
ser vergonzante y pudorosa. Lo que en las patrias se cubría de vergüenza, en
los países cúbrese de honore.
Las jornadas
electorales conviértense en burdos enjuagues de mercenarios o en pugilatos
de aventureros. Su justificación está a cargo de electores inocentes, que
van a la parodia cono a una fiesta.
Las facciones de
profesionales son adversas a todas las originalidades. Hombres ilustres
pueden ser víctimas del voto: los partidos adornan sus listas con ciertos
nombres respetados, sintiendo la necesidad de parapetarse tras el blasón
intelectual de algunos selectos. Cada piara se forma un estado mayor que
disculpa su pretensión de gobernar al país, encubriendo osadas piraterías
con el pretexto de sostener intereses de partidos. Las excepciones no son
toleradas en homenaje a las virtudes: las piaras no admiran ninguna
superioridad; explotan el prestigio del pabellón para dar paso a su
mercancía de contrabando; descuentan en el banco del éxito merced a la firma
prestigiosa. Para cada hombre de mérito hay decenas de sombras
insignificantes.
Aparte esas
excepciones, que existen en todas partes, la masa de "elegidos del pueblo"
es subalterna, pelma de vanidosos, deshonestos y serviles.
Los primeros
derrochan su fortuna por ascender al Parlamento.
Ricos terratenientes
o poderosos industriales pagan a peso de oro los votos coleccionados por
agentes impúdicos; señorzuelos advenedizos abren sus alcancías para
comprarse el único diploma accesible a su mentalidad amorfa; asnos
enriquecidos aspiran a ser tutores de pueblos, sin más capital que su
constancia y sus millones. Necesitan ser alguien; creen conseguirlo
incorporándose a las piaras.
Los deshonestos son
legión; asaltan el Parlamento para entregarse a especulaciones lucrativas.
Venden su voto a empresas que muerden las arcas del Estado; prestigian
proyectos de grandes negocios con el erario, cobrando sus discursos a tanto
por minuto; pagan con destinos y dádivas oficiales a sus electores,
comercian su influencia para obtener concesiones en favor de su clientela.
Su gestión política suele ser tranquila: un hombre de negocios está siempre
con la mayoría. Apoya a todos los Gobiernos.
Los serviles
merodean por los Congresos en virtud de la flexibilidad de sus espinazos.
Lacayos de un grande hombre, o instrumentos ciegos de su piara, no osan
discutir la jefatura del uno o las consignas de la otra. No se les pide
talento, elocuencia o probidad: basta con la certeza de su panurguismo.
Viven de luz ajena, satélites sin color y sin pensamientos, uncidos al carro
de su cacique, dispuestos siempre a batir palmas cuando él habla y a ponerse
de pie llegada la hora de una votación.
En ciertas
democracias novicias, que parecen llamarse repúblicas por burla, los
Congresos hormiguean de mansos protegidos de las oligarquías dominantes.
Medran piaras sumisas, serviles, incondicionales, afeminadas: las mayorías
miran al porquero esperando una guiñada o una seña. Si alguno se aparta está
perdido; los que se rebelan están proscritos sin apelación.
Hay casos aislados
de ingenio y de carácter, soñadores de algún apostolado o representantes de
anhelos indomables; si el tiempo no los domestica, ellos sirven a los demás,
justificándolos con su presencia, aquilatándolos.
Es de ilusos creer
que el mérito abre las puertas de los Parlamentos envilecidos. Los partidos
-o el Gobierno en su nombre- operan una selección entre sus miembros, a
expensas del mérito o en favor de la intriga. Un soberano cuantitativo y sin
ideales prefiere candidatos que tengan su misma complexión moral: por
simpatía y por conveniencia.
Las más abstrusas
fórmulas de la química orgánica parecen balbuceos infantiles frente a las
vueltacaras del Parlamento mediocre. El desprecio de los hombres probos no
lo amedrenta jamás. Confía en que el bajo nivel del representante apruebe la
insensatez del representado.
Por eso ciertos
hombres inservibles se adaptan maravillosamente a los desiderata del
sufragio universal; la grey se prosterna ante los fetiches más huecos y los
rellena con su alambicada tontería.
Los cómplices,
grandes o pequeños, aspiran a convertirse en funcionarios. La burocracia es
una convergencia de voracidades en acecho. Desde que se inventaron los
Derechos del hombre todo imbécil los sabe de memoria para explotarlos, como
si la igualdad ante la ley implicara una equivalencia de aptitudes. Ese afán
de vivir a expensas del Estado rebaja la dignidad. Cada elector que cruza
las calles, de prisa, preocupado, a pie, en automóvil, de blusa, enguantado,
joven, maduro, a cualquier hora, podéis asegurar que está domesticándose,
envileciéndose: busca una recomendación o la lleva en su faltriquera.
El funcionario crece
en las modernas burocracias. Otrora, cuando fue necesario delegar parte de
sus funciones, los monarcas elegían a hombres de mérito, experiencia y
fidelidad. Pertenecían casi todos a la casta feudal; los grandes cargos la
vinculaban a la causa del señor.
Junto a ésa,
formábanse pequeñas burocracias locales. Creciendo las instituciones de
gobierno el funcionarismo creció, llegando a ser una clase, una rama nueva
de las oligarquías dominantes. Para impedir que fuese altiva, la
reglamentaron, quitándole toda iniciativa y ahogándola en la rutina. A su
afán de mando se opuso una sumisión exagerada. La pequeña burocracia no
varía; la grande, que es su llave, cambia con la piara que gobierna. Con el
sistema parlamentario se la esclavizó por partida doble: del ejecutivo y del
legislativo. Ese juego de influencias bilaterales converge a empequeñecer la
dignidad de los funcionarios.
El mérito queda
excluido en absoluto; basta la influencia. Con ella se asciende por caminos
equívocos. La característica del zafio es creerse apto para todo, como si la
buena intención salvara la incompetencia.
Flaubert ha contado
en páginas eternas la historia de dos mediocres que ensayan lo ensayable:
Buvard y Pécuchet. Nada hacen bien, pero a nada renuncian. Ellos pueblan las
mediocracias; son funcionarios de cualquier función, creyéndose órganos
valederos para las más contradictorias fisiologías.
Consecuencias
inmediatas del funcionarismo son la servilidad y la adulación. Existen desde
que hubo poderosos y favoritos.
Bajo cien formas se
observa la primera, implícita en la desigualdad humana: donde hubo hombres
diferentes algunos fueron dignos y otros domésticos.
El excesivo
comedimiento y la afectación de agradar al amo engendran esas carcomas del
carácter. No son delitos ante las leyes, ni vicios para la moral de ciertas
épocas: son compatibles con la "honestidad". Pero no con la "virtud". Nunca.
La sensibilidad a
los elogios es legítima en sus orígenes. Ellos son una medida indirecta del
mérito; se fundan en la estimación, el reconocimiento, la amistad, la
simpatía o el amor. El elogio sincero y desinteresado no rebaja a quien lo
otorga ni ofende a quien lo recibe, aun cuando es injusto; puede ser un
error, no es una indignidad. La adulación .lo es siempre: es desleal e
interesada. El deseo de la privanza induce a complacer a los poderosos; la
conducta del adulón mira a eso y todo le sacrifica su ánimo servil. Su
inteligencia sólo se aguza para oliscar el deseo del amo. Subordina sus
gustos a los de su dueño, pensando y sintiendo como él lo ordena: su
personalidad no está abolida, pero poco falta. Pertenece a la raza de los
"cobardes felices", como los bautizó Leconte de Lisle.
La adulación es una
injusticia. Engaña, Es despreciable siempre el adulón, aun cuando lo hace
por una especie de benevolencia vulgar o por el deseo de agradar a cualquier
precio. Racine, en Fedra, lo creyó un castigo divino:
Détéstables flatteurs,
présent le plus funeste Que puisse aire aux rois la cólere celeste .
No sólo se adula a
reyes y poderosos; también se adula al pueblo.
Hay miserables
afanes de popularidad, más denigrantes que el servilismo. Para obtener el
favor cuantitativo de las turbas, puede mentírseles bajas alabanzas
disfrazadas de ideal; más cobardes porque se dirigen a pleibes que no saben
descubrir el embuste. Halagar a los ignorantes y merecer su aplauso,
hablándoles sin cesar de sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer
renunciamiento ala propia dignidad.
Detestables
aduladores, presente el más funesto que pueda hacer a los reyes la cólera
celeste. (N. del E.) En los climas mediocres, mientras las masas siguen a
los charlatanes, los gobernantes prestan oídos a los quitamotas. Los
vanidosos viven fascinados por la sirena que los arrulla sin cesar,
acariciando su sombra; pierden todo criterio para juzgar sus propios actos y
los ajenos; la intriga los aprisiona; la adulación de los serviles los
arrastra a cometer ignominias, como esas mujeres que alardean su hermosura y
acaban por prestarla a quienes las corrompen con elogios desmedidos.
El verdadero mérito
es desconcertado por la adulación: tiene su orgullo y su pudor, como la
castidad. Los grandes hombres dicen de sí, naturalmente, elogios que en
labios ajenos los harían sonrojar; las grandes sombras gozan oyendo las
alabanzas que temen no merecer.
Las mediocracias
fomentan ese vicio de siervos. Todo el que piensa con cabeza propia, o tiene
un corazón altivo, se aparta del tremedal donde prosperan los envilecidos.
"El hombre excelente -escribió La Bruyére- no puede adular; cree que su
presencia importuna en las cortes, como si su virtud o su talento fuesen un
reproche a los que gobiernan". Y de su apartamiento se aprovechan los que
palidecen ante sus méritos como si existiera una perfecta compensación entre
la ineptitud y el rango, entre las domesticidades y los avanzamientos.
De tiempo en tiempo
alguno de los mejores se yergue entre todos y dice la verdad, como sabe y
como puede, para que no se extinga ni se subvierta, transmitiéndola al
porvenir. Es la virtud cívica: lo innoble es calificado con justeza; a
fuerza de velar los nombres acabaría por perderse en los espíritus la noción
de las cosas indignas. Los Tartufos, enemigos de toda luz estelar y de toda
palabra sonora, persígnanse ante el herético que devuelve sus nombres a las
cosas. Si dependiera de ellos la sociedad se transformaría en una cueva de
mudos, cuyo silencio no interrumpiese ningún clamor vehemente y cuya sombra
no rasgara el resplandor de ningún astro.
Todo idealista ha
leído con lírica emoción las tres historias admirables que cuenta Vigny en
su Stello imperecedero. Tener un ideal es crimen que vio perdonan las
mediocracias. Muere Gilbert, muere Chatterton, muere Andrés Chenier. Los
tres son asesinados por los Gobiernos, con arma distinta según los
regímenes. El idealista es inmolado en los imperios absolutos lo mismo que
en las monarquías constitucionales y en las repúblicas burguesas.
Quien vive para un
ideal no puede servir a ninguna mediocracia.
Todo conspira en
ella para que el pensador, el filósofo y el artista se desvíen de su ruta; y
¡guay! cuando se apartan de ésta la pierden para siempre. Temen por eso la
politiquería, sabiendo que es el Walhalla de los mediocres. En su red pueden
caer prisioneros.
Pero cuando reina
otro clima y el destino los lleva al poder, gobiernan contra los serviles y
los rutinarios; rompen la monotonía de la historia. Sus enemigos lo saben;
nunca un genio ha sido encumbrado por una mediocracia.
Llegan contra ella,
a pesar suyo, a desmantelarla, cuando se prepara un porvenir.
IV LOS
ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA
Los prohombres de las
mediocracias equidistan del bárbaro legendario -Tiberio o Facundo- y del
genio transmutador -Marco Aurelio o Sarmiento-. El genio crea instituciones
y el bárbaro las viola: los mediocres las respetan, impotentes para forjar o
destruir. Esquivos a la gloria y rebeldes a la infamia, se les reconoce por
una circunstancia inequívoca: sus cubicularios no osan llamarlos genios por
temor al ridículo y sus adversarios no podrían sentarlos en cáncana de
imbéciles sin flagrante injusticia. Son perfectos en su clima: sosláyanse en
la historia a merced de cien complicidades y conjugan en su persona todos
los atributos del ambiente que los repuja. Amerengados por equívocas
jerarquías militares, por opacos títulos universitarios o por la almidonada
improvisación de alcurnias advenedizas, acicalan en su espíritu las rutinas
y prejuicios que acorchan las creederas de la mediocridad dominante. Son
pasicortos siempre; su marcha no puede en momento alguno compararse al vuelo
de un cóndor ni a la reptación de una serpiente.
Todas las piaras
inflan algún ejemplar predestinado a posibles culminaciones. Seleccionan el
acabado prototipo entre los que comparten sus pasiones o sus voracidades,
sus fanatismos o sus vicios, sus prudencias o sus hipocresías. No son
privilegio de tal casta o partido: su liviandad alcornocal flota en todas
las ciénagas políticas. Piensan con la cabeza de algún rebaño y sienten con
su corazón. Productos de su clima, son irresponsables: ayer de su oquedad,
hoy de su preeminencia, mañana de su ocaso. Juguetes, siempre, de ajenas
voluntades.
Entre ellos eligen
las repúblicas sus presidentes, buscan los tiranos sus favoritos, nombran
los reyes sus ministros, entresacan los parlamentarios sus gabinetes. Bajo
todos los regímenes: en las monarquías absolutas y en las repúblicas
oligárquicas. Siempre que desciende la temperatura espiritual de una raza,
de un pueblo o de una clase, encuentran propicio clima los obtusos y los
seniles. Las mediocracias evitan las cumbres de los abismos. Intranquilas
bajo el sol meridiano y timoratas en la noche, buscan sus arquetipos en la
penumbra. Temen la originalidad y la juventud; adoran a los que nunca podrán
volar o tienen ya las alas enmohecidas.
Adventicias jaurías
de mediocres, vinculadas por la traílla de comunes apetitos, osan llamarse
partidos. Rumian un credo, fingen un ideal, atalajan fantasmas consulares y
reclutan una hueste de lacayos.
Eso basta para
disputar a codo limpio el acaparamiento de las prebendas gubernamentales.
Cada grey elabora ;u mentira, erigiéndola en dogma infalible. Los tunantes
suman esfuerzos para enaltecer la prohombría de su fantasma: llamase lirismo
a su ineptitud, decoro a su vanidad, ponderación a su pereza, prudencia a su
impotencia, distracción a sus vicios, liberalidad a su briba, sazón a su
marchitez. La hora los favorece: las sombras se alargan cuanto más avanza el
crepúsculo.
En cierto momento la
ilusión ciega a muchos, acallando toda veraz disidencia.
La irresponsabilidad
colectiva borra la cuota individual del yerro: nadie se sonroja cuando todas
las mejillas pueden reclamar su parte en la vergüenza común.
De esas baraúndas
salen a flote unos u otros arquetipos, aunque no siempre los menos
inservibles.
Viven durante años
en acecho; escúdanse en rencores políticos o en prestigios mundanos,
echándolos como agraz en el ojo de los inexpertos. Mientras yacen
aletargados por irredimibles ineptitudes, simúlanse proscritos por
misteriosos méritos. Claman contra los abusos del poder, aspirando a
cometerlos en beneficio propio. En la mala racha, los facciosos siguen
oropelándose mutuamente, sin que la resignación al ayuno disminuya la
magnitud de sus apetitos. Esperan su turno, mansos bajo el torniquete. Se
repiten la máxima de De Maistre: "Savoir attendre et le grand moyen de
parvenir" .
La paciente
expectativa converge a la culminación de los menos inquietantes. Rara vez un
hombre superior los apandilla con muñeca vigorosa, convirtiéndolos en
comparsa que medra a su sombra; cuando les falta ese denominador absoluto,
desorbítanse como asteroides de un sistema planetario cuyo sol se extingue.
Todos se confabulan entonces en tácita transacción, prestando su hombro a
los que pueden aguantar más alabanzas en justa equivalencia de méritos
antiguos- El grupo los infla con solidaridad de logia; cada cómplice
conviértese en una hebra de la telaraña tendida para captar el gobierno.
Compréndese la
arrevesada selección de las facciones oligárquicas y el pomposo
envanecimiento del mediocre que ellas consagran.
Sus encomiastas,
empeñados en purificarlo de toda mancha pecaminosa, intentan obstruir la
verdad llamando romanticismo a su reiterada incompetencia para todas las
empresas. Otros llaman orgullo a su vanidad e idealismo a su acidia; pero el
tiempo disipa el equívoco, devolviendo su nombre a esos dos vicios
arracimados en un mismo tronco: el orgullo es compatible con el idealismo,
pero el primero es la síntesis de la vanidad y el segundo lo es de la
acidia.
Repujados los
prohombres de hojalatería, sus cómplices acaban de azogarles con demulcentes
crisopeyas. Sus lacras llegan a parecer coqueterías, como las arrugas de las
cortesanas. Ungiéndolos árbitros "Saber esperar es el gran medio para
llegar". (N. del E.) del orden y de la virtud, declaran prescritas sus
viejas pústulas; incondicionalismo para con los regímenes más turbios,
intérlopes pasiones de garito, ridículos infortunios de donjuanismo
epigramático. Los labios de los adulones abrévanse en aquella agua del,
Leteo que borra la memoria del pasado; no advierten que después de chapalear
una vida entera en el vicio, todo puritanismo huele a bencina, como los
guantes que pasan por el limpiador.
Donde medran
oligarquías bajo disfraces democráticos prosperan esos pavorreales
apampanados, tensos por la vanidad: un travieso los desinflaría si los
pinchase al pasar, descubriendo la nada absoluta que retoza en su interior.
Vacuo no significa alígero.
Nunca fue la
tontería cartabón de santidad. Sin sangre de hienas, que han menester los
tiranos, tampoco tiénenla de águilas, propia de iluminados; corre en sus
venas una linfa tontivana, propia en estirpe de pavos y quintaesenciada en
el real, simbólica ave que suma candorosamente la zoncería y la fatuidad.
Son termómetros morales de cierta época: cuando la mediocracia encuba
pollipavos no tienen atmósfera los aguiluchos.
La resignada
pasividad explica ciertas culminaciones: el porvenir de algunos arquetipos
estriba en ser admirados en contra de otros.
Huyen para
agrandarse. Con muchos lustros de andar a la birlonga no borran sus culpas;
en su paso descúbrese una inveterada pusilanimidad que rehuye escaramuzas
con enemigos que les han humillado hasta sangrar. No puede haber virtud sin
gallardía; no la demuestra quien esquiva con temblorosos alejamientos la
batalla por tantos años ofrecida a su dignidad. Ese acoquinamiento no es,
por cierto, el clásico valor gauchesco de los coroneles americanos; ni se
parece al -esto del león agazapado para pegar mejor el salto. Ellos
vagamundean con el "don de espera del batracio oportunista", de que habla
Ramos Mejía. El hombre digno puede enmudecer cuando recibe una herida,
temiendo acaso que su desdén exceda a la ofensa; pero llega su sentencia, y
llega en estilo nunca usado para adular ni para pedir, más hiriente que cien
espadas. Cada verbo es una flecha cuyo alcance finca en la elasticidad del
arco: la tensión moral de la dignidad. Y el tiempo no borra una sílaba de lo
que así se habla.
Los arquetipos
suelen interrumpir sus humillados silencios con innocuas pirotecnias
verbales; de tarde en tarde los cómplices pregonan alguna misteriosa
lucubración tartamudeada, o no, ante asambleas que ciertamente no la
escucharon. Ellos no atinan a sostener la reputación con que los exornan:
desertan el Parlamento el día mismo en que los eligen, como si temieran
ponerse en descubierto y comprometer a los empresarios de su fama.
Complétase la
inflazón de estos aerostatos confiándoles subalternas diplomacias de
festival, en cuya aparatosidad suntuaria pavonean sus huecas vanidades. Sus
cómplices adivínanles algún talento diplomático o perspicacia
internacionalista, hasta complicarles en lustrosas canonjías donde se apagan
en tibias penumbras, junto al resplandecer de sus colaboradores más
antiguos. Nunca desalentadas, las oligarquías siguen mimando a estos
engendros, con la esperanza de que acertarán un golpe en el clavo después de
afirmar cien en la herradura. Ungidos emisarios ante una nación hermana, su
casuística de sacristía envenena hondos afectos, como si por arte de
encantamiento germinaran cizañas inextinguibles en los corazones de los
pueblos.
Archiveros y
papelistas se confabulan para encelar el fervor de los ingenuos y captar la
confianza de los rutinarios. Plutarquillos bien rentados transforman en miel
su acíbar, quintaesenciando en alabanzas sus vinagres más crónicos, como si
hipotecaran su ingenio descontando prebendas futuras. Rellenan con vanos
artilugios la oquedad del tonto, sin sospechar la insuficiencia de la
tramoya. Ni el pavo parece águila ni corcel la nula: se les reconoce al
pasar, viendo su moco eréctil u oyendo el chacoloteo de su herradura.
Su gravitación
negativa seduce a los caracteres domesticados: no piensan, no roban, no
oprimen, no sueñan, no asesinan, no faltan a misa, ¿qué más? Cuando las
facciones forjan al Fénix, lo encumbran como su símbolo perfecto. Poseen
cosméticos para sus fisonomías arrugadas: la grandílocua rancidez de
programas a cuyo pie buscaríase de inmediato la firma de Bertoldo, si los
vastos soponcios no traslucieran prudentes reticencias de Tartufo. Es
preferible que estén cuajados de vulgaridades y escritos en pésimo estilo;
gustan más a la clientela.
Un programa
abstracto es perfecto: parece idealista y no lastima las ideas que cree
tener cada cómplice. De cada cien, noventa y nueve mienten lo mismo: la
grandeza del país, los sagrados principios democráticos, los intereses del
pueblo, los derechos del ciudadano, la moralidad administrativa. Todo ello,
si no es desvergüenza consuetudinaria, resulta de una tontería
enternecedora: simula decir mucho y no significa nada. El miedo a las ideas
concretas ocúltase bajo el antifaz de las vaguedades cívicas.
No se avergüenzan de
escalar el poder a horcajadas sobre la ignominia. Obtemperan a toda villanía
que converja a su objeto: cuando hablan de civismo su aliento apesta al
pantano originario. Su moral encubre el vicio, por el simple hecho de
usufructuarlo. Empujados por torcidos caminos, siguen sembrando en los
mismos surcos. Para aprovechar a los indignos han tenido que humillárseles
mansamente; los honores que no se conquistan hay que pagarlos con
abajamientos. "No puede ser virtuoso el engendrado en un vientre impuro",
dicen las Escrituras; los que se encumbran cerrando los ojos e implicándose
en mañas de estercolero, sufriendo los manoseos de los majagranzas,
mintiéndose a sí mismos para hartar la acucia de toda una vida, no pueden
redimirse del pecado original aunque, Faustos insubordinados, pretendan
escapar al maleficio de sus Mefistófeles.
El pueblo los
ignora; está separado de ellos por el celo de las facciones. Para prevenirse
de achaques indiscretos retráense de la circulación: como si de cerca no
resistieran al cateo elle los curiosos.
Mantiénense ajenos a
todo estremecimiento de raza. En ciertas horas las turbas pueden ser sus
cómplices: el pueblo nunca. No podría serlo; en las mediocracias desaparece.
Diríase que consiente porque no existe, substituido por cohortes que medran.
Depositarios del
alma de las naciones, los pueblos son entidades espirituales inconfundibles
con los partidos. No basta ser multitud para ser pueblo: no lo sería la
unanimidad de los servilos.
El pueblo encarna
la conciencia misma de los destinos futuros de una nación o de una raza.
Aparece en los países que un ideal convierte en naciones y reside en la
convergencia moral de los que sienten la patria más alta que las oligarquías
y las sectas. El pueblo -antítesis de todos los partidos- no se cuenta por
números. Está donde un solo hombre no se complica en el abellacamiento
común; frente a las huestes domesticadas o fanáticas ese único hombre libre,
él solo, es todo: Pueblo y Nación y Raza y Humanidad.
Los arquetipos de la
mediocracia pasan por la historia con la pompa superficial de fugitivas
sombras chinescas. Jamás llega a sus oídos un insulto o una loa, nunca se
les dice "héroes" o "tiranos"; en la fantasía popular despiertan un eco
uniforme, que en todas partes se repite: "¡el pavo!", en una síntesis más
definitiva que una lápida. Su trinomio psicológico es simple: vanidad,
impotencia y favoritismo.
Viven de
aspavientos, que sólo atañen a las formas. La austera sobriedad del gesto es
atributo de los hombres; la suntuosidad de las apariencias es galardón de
las sombras. Después de incubar sus ansias, temblorosos de humildad ante sus
cómplices, nublándose de humos y empavésanse de defatuidades; olvidan que
envanecerse de un rango es confesarse inferior a él. Acumulan rumbosos
artificios para alucinar las imaginaciones domésticas; rodéanse de lacayos,
adoptan pleonásticas nomenclaturas, centuplican los expedientes, pavonéanse
en trenes lujoso:, navegan en complicados bucentauros, sueñan con
recepciones allende los océanos. Ofrecen ambos flancos a la risueña ironía
ele los burlones, poniendo en todo cierta fastuosidad de segunda mano, que
recuerda las cortes y señorías de opereta. Su énfasis melodramático
cuadraría a personajes de Hugo y haría cosquillas al egotismo volteriano de
Stendhal.
En su adonismo
contemplativo no cabe la ambición, que es enérgico esfuerzo por acrecentar
en obras los propios méritos. El ambicioso quiere ascender, hasta donde sus
propias alas puedan levantarlo; el vanidoso cree encontrarse ya en las
supremas cumbres codiciadas por los demás. La ambición es bella entre todas
las pasiones, mientras la vanidad no la envilece; por eso es respetable en
los genios y ridícula en los tontos.
Empavónanse de
permanentes altisonancias. Sospechan que existen ideales y se fingen sus
sostenedores; incurren en los más conformes a la moral de su mediocracia.
Sospechan la verdad, a veces, porque ella entra en todas partes, más sutil
que la adulación; pero la mutilan, la atenúan, la corrompen, con
acomodaciones, con muletas, con remiendos que disfrazan. En ciertos casos,
la verdad puede más que ellos; salta a la vista a pesar suyo y es su
castigo. Se paramentan de buenas intenciones cuando menos fuerzas van
teniendo para convertirlas en actos; la innata pavada se trasunta en sus
parloteos puritanos.
Tórnase cómica la
ineptitud en su disfraz de idealismo; son deleznables los vagos principios
que aplican a compás de oportunistas conveniencias. El tiempo descubre a los
que tienen la moral en piezas, para mostrarla, aunque de su paño jamás
corten un traje para cubrir su mediocridad.
Son tributarios del
séptimo pecado capital: en su impotencia hay pereza. Renuncian la autoridad
y conservan la pompa; aquélla podría bruñir el mérito, ésta adorna la
vanidad. Gustan de holgar; desisten de hacer lo muy poco que podrían; evitan
toda firme labor; se apartan de cualquier combate, declarándose
espectadores. Pueden practicar el mal por inercia y el bien por
equivocación; se entregan a los acontecimientos por incapacidad de
orientarlos. "Les paresseux -decía Voltairene sont jamais que des gents
médiocres, en quelque genre que ce soit" .
Por detestables que
sean los gobernantes, nunca son peores que cuando no gobiernan. El mal que
hacen los tiranos es un enemigo visible; la inercia de los poltrones, en
cambio, implica un misterioso abandono de la función por el órgano, la
acefalía, la muerte de la autoridad por una caquexia inaccesible a los
remedios. Gran inconsciencia es gobernar pueblos cuando la enfermedad o la
vejez quitan al hombre el gobierno de sí mismo.
La falta de
inspiraciones intrínsecas tórnales sensibles a la coacción de los
conspiradores, a la intriga de los domésticos, a la adulación de los
palaciegos, a los apremios de los cotahures, a las intimidaciones de los
gacetilleros, a las influencias de las sacristías. Su conducta trasluce
febledad con cuantos les acechan; ni basta para ocultarla su aparatoso
enfestar contra molinos de viento. Cuando llegan al poder lo renuncian de
hecho, convencidos de su impotencia para usarlo; se entregan al curso de la
ría, como los nadadores incipientes. Jinetes de potros cuyo voltijeo
ignoran, cierran los ojos y abandonan las riendas: esa ineptitud para
asirlas con sus manos inexpertas llámanla sumisión a la democracia.
El favoritismo es su
esclavitud frente a cien intereses que los acosan; ignoran el sentimiento de
la justicia y el respeto del mérito. El verdadero justo resiste a la
tentación de no serlo cuando en ello tiene un beneficio; el mediocre cede
siempre. Profesa una abstracta equidad en los casos que no hieren el
valimiento de sus cómplices; pero se complica de hecho en todas sus
cirigañas. Nunca, absolutamente, puede haber justicia en preferir el lacayo
al digno, el oblicuo al recto, el ignorante al estudioso, el intrigante al
gentilhombre, el medroso al valiente. Ésa es la corruptela moral de las
mediocracias: anteponer el valimiento al mérito. En el favoritismo se
empantanan los que pisan firmes y avanzan los que se arrastran blandos: como
en los tembladerales. Cuando el mérito enrostra sus yerros a los arquetipos,
arguyen éstos humildemente que no son infalibles; pero está su vileza en
subrayar la disculpa con tentadores ofrecimientos, acostumbrados a comerciar
el honor. No puede ser juez quien confunde el diamante con la bazofia;
cuando se acepta la responsabilidad de gobernar, "equivocarse es una culpa",
como sentenció Epicteto. En las mediocracias se ignora que la dignidad nunca
llega de hinojos a los estrados de los que mandan.
Repiten con
frecuencia el legendario juicio de Midas. Pan osó comparar su flauta de
siete carrizos con la lira de Apolo. Propuso una lid al dios de la armonía y
fue árbitro el anciano rey frigio. Resonaron de Pan los acordes rústicos y
Apolo cantó a compás de sus melopeas divinas. Decidieron todos que la flauta
era incomparable a la lira, unánimes todos, menos el rey, que reclamó la
victoria para aquélla. De pronto crecieron entre sus cabellos dos milagrosas
orejas: Apolo quedó vengado y Pan se refugió en la sombra. El juez, confuso,
quiso ocultarlas bajo su corona. Las descubrió a un cubiculario; corrió a un
lejano valle, cavó un pozo y contó allí su secreto. Pero la verdad no se
entierra: florecieron rosales que, agitados por las brisas, repiten
eternamente que Midas tuvo orejas de asno.
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